Revoluciones

En primer lugar, podemos definir la palabra «revolución» como un retorno a uno mismo, una e-volución que vuelve, un eterno retorno. Como el movimiento de las configuraciones astrales, el ritmo de las estaciones, de los ciclones, la revolución es un movimiento cíclico que se produce con un ritmo conocido y reconocido.

Fue en el siglo XVII cuando la palabra «revolución» abandonó el registro científico para convertirse en política. Más concretamente en 1649, el año de la decapitación del rey inglés Carlos I. A esta Guerra Civil Inglesa,(1641-1649) como la llaman los historiadores británicos, le sigue el Commonwelth, palabra inglesa que traduce la Res publica (cosa pública) con la idea de un bienestar común.

En Francia, la fecha en la que la palabra “revolución” fue empleada en ese sentido es muy conocida. Durante la noche del 14 de julio de 1789 el Duque de Rochefoucauld-Liancourt informa a Luis XVI de la toma de la Bastilla “Es una revuelta” dice el Rey, “No Señor, es una revolución”.

Entonces, ¿cuál es la naturaleza de esta agitación gubernamental? Es una ruptura política, un cuestionamiento de los fundamentos del Estado, de su continuidad. Por definición, se opone a los diferentes intereses y tradiciones.

Estos conflictos internos y externos también forman parte del proceso revolucionario.

Funciona como si se tratara de una aceleración del tiempo y transforma la realidad a menudo con violencia y derramamiento de sangre. Movimiento humano, voluntario y colectivo, siempre lucha «contra» un orden establecido que considera desigual e injusto. Una vez pasado el momento de la crisis -el tiempo de la propia Revolución- se instala un nuevo poder y un orden aparentemente nuevo: A menos que el eterno retorno en sí mismo, no coincida con la metáfora astronómica… dice Caroline Dorindot.

Dar vueltas en uno mismo para después, algún día, poder movernos todos juntos. En esas vueltas cambia el paisaje, el sentimiento, la idea. ¿Somos realmente otros al final del día?

Encontré en una agenda las últimas notas de mi padre en un periodo de enfermedad y profunda depresión. Antes de su fallecimiento en 2020, escribió: “No pude hacer la revolución”.

Andrés, mi papá : Historiador, sindicalista, anarquista, luchador social, profesor, radical en su pensamiento, agudo en su análisis, culto, lector ávido de su materia y otras de su interés como psicología, teología y filosofía. En sus últimos años estudió y se dedicó a los Derechos Humanos.

Andrés quería una revolución, él era un revolucionario de tiempo completo (eso decía). Llegar al final del camino con un cuerpo fatigado y enfermo era duro para un espíritu incansable con una misión que cumplir. Él quería vivir el despertar de una sociedad adormecida, deseó una transformación social desde las raíces, quiso ver un mundo nuevo y ser parte de ese proceso, quiso que se moviera todo, que cambiara todo.

A sus ojos, nada estaba yendo hacia donde debía ir y en sus notas leí su sentimiento de fracaso.

Pero observemos a detalle: Andrés nace y crece en un barrio popular, sin grandes posibilidades académicas. Se las busca, aprende por voluntad propia, estudia porque quiere y lo hace como puede, se cultiva, crece intelectualmente y descubre en el conocimiento y el estudio una de las fuentes más grandes de libertad y crecimiento interno.

Le gusta estudiar, le gusta pensar, debatir y más adelante enseñar.

Andrés fue un niño carente de amor, su ambiente familiar no era precisamente cálido y pierde a su papá cuando apenas tenía cuatro años. Sin embargo, con sus dificultades afectivas, amó a sus hijos, jugó con ellos, los llevó a los parques, les inculcó el deporte (fue boxeador amateur y corredor disciplinado).

Andrés entrega lo que tiene, se deja guiar por sus impulsos de sobrevivencia que a veces funcionan y a veces no. Tiene ira, la injusticia lo enfurece, su mirada está fija en los más necesitados, los más desprotegidos, los huérfanos de un sistema que los ignora. Habla y habla de lo que lee, su estudio está orientado a la desarticulación de las estructuras instauradas, los poderes hegemónicos, el capitalismo demoledor. No sabe muy bien cómo ser parte del aparato productivo porque lo odia y vive al margen. Conoce a fondo la marginalidad.

Andrés va y viene, se ausenta, desaparece. Su vida, su motivo y su pasión son de alto riesgo. Él lo sabe. Se aleja para proteger. Ese tipo de cosas no son fáciles de entender y duelen cuando se es niño. Su mantra es “Hay qué hacer la revolución”. Estudia la guerrilla, la mira de cerca, la entiende.

Pondera las artes y la cultura como la única salvación a la depredación de las conciencias.

No le cabe en la cabeza que la gente esté en sus casas viendo la tele mientras el mundo se cae, no lo soporta. No tolera la existencia simple del día a día, le resulta banal.

La indiferencia social frente a todas nuestras desgracias es inconcebible, insoportable. Sus compañeros de lucha en sus tiempos de juventud, se han vuelto funcionarios de gobierno, de aquellas convicciones juntos, ya no queda nada.

Andrés no claudica, seguirá fiel a su sentido revolucionario, su discurso crítico, su postura radical, su identidad.

Al leer la frase de Andrés, mi padre, con una caligrafía trabajosa y una enorme carga de tristeza, me quedo pensando en el sentido real de la palabra “revolución”.

Me gustaría decirle que se equivoca, quizá la revolución no se hizo como él hubiera querido, pero para mí, la observación de su existencia, su rebeldía, su discurso potente y brillante, sus horas con un libro en la mano, su opinión implacable, bien argumentada y obviamente incómoda, fueron mi cimiento, mi fundamento.

Su libertad incomprensible y hasta dolorosa hoy toma otro sentido, porque es la mía.

La revolución que papá fraguó por tantos años, germina día a día en mí, en mi relación profesional y vital con el teatro, mi curiosidad por aprender, el hábito de analizar.

Su desarraigo aparente y sus palabras fueron también un motor al momento de volar, cada vez más lejos.

Pude entender que las alas se expanden cuando las raíces son profundas.

Con su partida me he apropiado de todo lo que me iba enseñando en los momentos que tuvimos juntos, pude vivir sin papá y no sentirme huérfana. Supe dar cariño sin límites a mi hijo, pues él así lo hizo conmigo aún sin haberlo recibido.

Me pregunto entonces ¿Qué es entonces una revolución ?

Si para lograr una revuelta transformadora hecha de muchas voluntades se requiere dar muchas vueltas en uno mismo, ¿cuántas vueltas faltan para unir esas voluntades? ¿Quién planta las semillas del cambio y cuántos ciclos hacen falta para ver los frutos ? ¿Cuáles son esos frutos ?

En mi entender, cada órbita nueva trazada en una vida, es una pequeña o gran revolución.

Lo cierto es que el viaje sigue, la nave va, la voluntad de los ausentes se hace presente y guía nuestros pasos hacia un horizonte que enaltezca nuestro espíritu, es ahí donde nos reencontramos.

Quizá de manera inconsciente me he acercado mucho más a la Bastilla. Me inspira vivir en la cuna de la Ilustración, la Filosofía, el Teatro y los Derechos Humanos, me atrae mucho más la historia que antes.

Me moví con los impulsos profundos de mi corazón y corrí riesgos irracionales, como papá. Soy artista independiente y dirijo un espacio cultural en resistencia, porque el alma necesita su alimento y hay que generarlo. Mi hijo lleva el nombre de su abuelo y está siendo criado con los valores republicanos: Libertad, Igualdad y Fraternidad.

Andrés estaría contento aquí, lo sé.

A mi manera, estoy haciendo una revolución en mi propia historia.

Epílogo :
 
Papá: — “No pude hacer la revolución”
Yo: —La hiciste en mí.
Papá: —No mi amor, yo hablo de la otra.
Yo: —Son la misma, sólo es cuestión de tiempo.
Papá: —Oyeee, eres muy inteligente.
Yo: —Ya, estáte en paz papi, te amo.
Papá: —Yo a ti, mi amor, te quiero mucho, mucho.

Marisa Rubio
Actriz mexicana, formada en el Centro Universitario de Teatro UNAM se instala en Francia desde 2014 y desarrolla actualmente proyectos artísticos entre Francia y México. En 2020 escribe y dirije la pieza para niños La Ruta de la Vainilla estrenada en la Ville de Dreux. Este mismo año, co-funda el Colectivo Interdisciplinario Aguafuerte Histoires Vivantes. En 2019 escribe e interpreta la pieza para niños CACAO ! Un dulce regreso a la infancia estrenada en el Festival de Dreux, Francia y con presentaciones en diferentes eventos como : Festival de Dia de Muertos, Parque Floral de Paris y Festival Gastronómico Qué Gusto ! Es programadora de actividades culturales diversas en El Zókalo Bar Cultural, desde 2017, mismo año en el que estrena en el Teatro Apollo de Paris el espectáculo de música y teatro Au-delà de Frida siendo co-creadora e intérprete. Algunas de sus participaciones en México en cine, televisión y teatro son: "Gloria" Película realizada en 2014 y ganadora del premio Ariel, otorgado por la Academia Mexicana de Cine. Participa del 2010-2013 en las 3 temporadas de la Serie de televisión "XY" , nominada en 2012 en varias categorías en el Festival de Montecarlo. En 2015, regresa a México para participar en teatro en la obra "Wit" de Margaret Edson, ganadora del premio Pullitzer. El montaje gana varios premios de la crítica mexicana. En México de 2010 a 2014 forma parte del elenco original y estable de la obra Toc-Toc de Laurent Baffie en su versión mexicana, con una larga y exitosa temporada de 1000 representaciones y denominada por la crítica : La Mejor Comedia del Año 2013.