El 26 de julio de 1953 fue un hito en la historia de Cuba; hoy es un símbolo claro en el imaginario de la dignidad en Latinoamérica.
Permítanme una breve relectura personal:
Si los jóvenes del asalto al Cuartel Moncada fueron quienes transformaron ese acto, del sacrificio en la chispa de la Revolución; la llama luminosa de su Prometeo fue la mirada de Martí, y Fidel con la reciedumbre de sus hombros, el Atlas sostenedor.
Pero sin duda es el pueblo cubano el héroe anónimo quien ha hecho de su patria, con la fortaleza de su resistencia tenaz ante las acechanzas y mil formas del tormento, un arduo risco de la dignidad.
Haciendo hoy nuestra la visión martiana “Patria es humanidad”, podemos compartir la aventura de la Revolución Cubana y sentirla también de nosotros: los hombres y mujeres participantes de la gran experiencia humana que es Latinoamérica y aun todos los que habitamos el mundo de nuestro tiempo.
Acaso el mensaje más entrañable que subyace en la gesta histórica de la dignidad del pueblo cubano se cifre en su anhelo indeclinable de autonomía, que no es sino vocación de libertad, y a un tiempo en su actitud de solidaridad con el otro, que no es sino amor. Esto es asumir la utopía, vivir en búsqueda de la realización del ideal que se le atribuye al Che: “ser hombres y mujeres lúcidos y generosos”.
Al mirar desde la distancia del tiempo y con la cercanía del corazón el camino recorrido por el pueblo hermano y el gobierno de Cuba, se me configuran dos perspectivas primordiales: la que surge del ayer hasta nuestros días y la que desde el ahora se proyecta hacia lo porvenir.
Al observar las huellas del sendero con una óptica similar a la que el poeta cubano Rubén Martínez Villena llamó “La pupila insomne” (1959), se dibuja ante nosotros el heroísmo de la firmeza esculpido en la resistencia de su voluntad.
Desde mi puesto exterior de testigo -atento observador y cómplice de su esperanza- tal resistencia me ha tatuado el entrecejo: me asombra la obstinada pervivencia del proyecto histórico socialista de la Revolución cubana, aun tras el desplome de la URSS (1991), así como su desafío de sobrevivencia por décadas al fiero bloqueo imperial de los EEUU.
Este hecho motivó la expresión célebre del Presidente de México Andrés Manuel López Obrador. Reconociendo la estatura histórica de esta resistencia, ante el César y sus huestes él consideró a Cuba la “Numancia moderna”.
En la arena insular interna de la vida -acaso menos evidente pero igualmente indómita- se edifica en silencio la hazaña del pueblo resistiendo día a día, en su jornada y sus sueños personales o de nación, las asfixias de la precariedad y los muros del aislamiento.
Pero es en el contexto del mundo contemporáneo, en este escenario de crisis civilizatoria -agonía en el sentido clásico de decadencia y transformación de un orden- donde la Revolución Cubana afirma con resplandor propio su perfil trascendente.
En la encrucijada actual de la historia donde aún se debaten la razón y la barbarie, entre las guerras culturales genocidas, pandemias y un posible ecocidio a la vista: por una parte, frente a las evidencias de los estertores del neoliberalismo y sus agentes del imperio, y por la otra, entre la insurgencia de los brotes diversos (disímbolos pero convergentes) para construir una sociedad más humana, Cuba aflora con su resistencia en el horizonte.
En su “Residencia en la tierra” (1933) que es la de todos nosotros, aunque todavía hay reductos como Argentina de cuyas “venas abiertas” mana un borbotón amargo de niebla, “la vaga niebla cagada por los pájaros”, Pablo Neruda vislumbraba en el fondo del paisaje un “alto arrecife de la aurora humana”. He ahí una imagen temprana de Nuestra América que reconocemos: Y en un sitio claro bajo el viento, mirando al sol, Cuba y su aporte singular a la experiencia de la humanidad.
Aquí y ahora es julio nuevamente; siempre es veintiséis.
Mérida, Yucatán, México, 26 de julio de 2025.
Nota: Palabras pronunciadas por el autor, en el evento conmemorativo del asalto al Cuartel Moncada, en Santiago de Cuba, efectuado en la Universidad “José Martí” de Latinoamérica, en Mérida, Yucatán








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