Sobre el sentido de la escritura

¿Para qué escribir? La escritura es un fenómeno prescindible para toda persona. Uno puede llegar a su edad más avanzada y jamás haber escrito una oración. Otro, tras concluir o abandonar su educación formal, puede sentirse liberado de la obligación de escribir. En cualquier caso, ningún hombre ha muerto, que yo sepa, por no escribir. Por ende, queda claro que la ausencia de escritura no condiciona el existir, como sí lo hace la ausencia de trabajo en nuestro mundo contemporáneo. Desde luego el caso cambia cuando hablamos de los escritores profesionales. En esta circunstancia la escritura es el instrumento fundamental para conseguir los alimentos, como en tiempos prehistóricos lo fueron los instrumentos de caza para el hombre primitivo.

Sin embargo, no es de nuestro interés la escritura como instrumento de trabajo en nuestra actualidad. Lo que nos preocupa es pensar la relación que puede tener la escritura con el vivir de cada persona. Al aceptar la idea contemporánea de que la vida no tiene ningún sentido, nos parecería penoso afirmar de manera contundente que se escribe para afinar el pensamiento, para dejar algún testimonio o para ejercitar lo aprendido en algún manual de gramática. Cualquier razón podría ser válida y ser motivo, cada una, para el desarrollo de un ensayo; pero la que nos motiva es la relacionada con el acto de lectura. ¿El acto de lectura debe complementarse con el ejercicio de escribir? Nos parece que al menos sería lo ideal, o que sería la consecuencia coherente tras la actividad continua de leer. Por otro lado, como cualquier fenómeno no relacionado con la condición de la existencia, queda al gusto de cada lector hacerlo o no. Quien decida transitar al escenario de la escritura quizá se pregunte para qué hacerlo si parece que los grandes problemas ya han sido abordados, y que, por tanto, no hay nada que aportar al ya enorme mundo de las letras. Ese problema se resuelve al entender que uno no tiene por qué aportar necesariamente algo al mundo desde la vía intelectual.

Entonces, nos rebatimos a nosotros mismos, escribir no es un acto lógico tras la lectura. En dado caso, si es que hay lógica en ello, escribir es una consecuencia de pensarnos a nosotros mismos, pero también nos parece inválida esta afirmación, pues, sin duda, el hombre ágrafo reflexiona sobre sí mismo. La búsqueda objetiva de una respuesta es necia si ya afirmamos que cualquier sentencia es válida, y más aun en el terreno de la relación que tiene la escritura con el acto de vivir, donde las posibilidades son infinitas. En este sentido, la razón se vuelve posibilidad creativa. El acto en el contexto de libertad es cualquier cosa imaginada. Nos parece útil recordar que las denominadas artes liberales en el medioevo eran aquellas que tenían el objetivo de cultivar la sabiduría. Ellas fueron la gramática, la dialéctica, la retórica, la astronomía, la aritmética, la geometría y la ¡música! Se distinguían de las artes serviles, por no estar motivadas por razones económico-materiales, es decir, no se ejecutaban para conseguir el alimento, las prendas u otra índole que hoy son el sustento económico-espiritual. Además, otra distinción es que las artes serviles eran aquellas ejecutadas con las manos. ¡La medicina era un arte servil! La libertad de hoy es la condición servil del pasado. Volviendo a nuestra preocupación, se escribe porque se es un hombre libre y se escribe para ejercer esa condición de libertad. No es fortuito que la libertad de prensa sea una de las más fecundas características de la doctrina liberal, aunque ésta, en su desarrollo haya sustentado una de las alienaciones más execrables.   

La libertad encarna la inexistencia de la norma, obliga a crear sentido. Sólo la desmemoria nos hace creer que la humanidad tiene una dirección inamovible. La escritura materializa nuestra conciencia. La Historia nació cuando algún homo sapiens hizo suya la escritura. Quizá la relación más profunda entre la escritura y el vivir son los textos que se realizan desde la cárcel… Flores Magón, Gramsci, Mandela, San Pablo… La escritura sirve entonces como instrumento para el vivir, para habitar el sentido, para no arrojarse a la locura y al abandono. Lo interesante es que es la misma escritura la causa del exilio. Quizá entonces se escribe para cierta modalidad del vivir, aquella que implica una mirada subvertida del mundo. En ésta, la lectura es una condicionante, y la escritura, ahora sí, nos parece una consecuencia lógica, pues es la afinación de nuestra mirada, el instrumento más agudo para afirmar, comprender y transformar el mundo. Nos parece una consecuencia lógica porque la subversión implica participar de la realidad, en su sentido de comprensión y creación, pero para que ello se efectúe se necesita de la lecto-escritura como instrumento. Se escribe para entender que uno puede ser partícipe del mundo en el que vive, se escribe para saber que el hombre puede crear y moldear. Escribir es uno de los actos más humanos. Sólo el silencio es ajeno a la escritura. Entonces, sólo de manera objetiva podemos afirmar que el que quiera subvertir al mundo, o al menos entenderlo y examinar la claridad de su mirada sobre él, hace de la escritura una necesidad. ¿Pero ello es cierto? ¿No los budistas establecen una seria duda sobre las posibilidades del pensamiento para comprender la realidad, y en cambio, se entregan fecundamente al mundo experiencial, lejano a toda clase de intelectualismo?

Véase entonces la escritura como simple y bello ejercicio del vivir, sin más pretensión que el acto mismo de hacerlo, sabiendo que en aquel fenómeno hay una extensión nuestra y del mundo, si es que creemos en el dogma de la separación de individuo y sociedad, como la de mente y cuerpo. Quizá se debería escribir por la misma razón que se baila, o se canta, o se dibuja, para atisbar nuestra condición humana, como aquella que descubrieron los malhechores del cuento “Semos malos” de Salarrué. En él, los asesinos, ajenos a toda forma de civilización y de consideración por otro ser humano, al escuchar la música del gramófono robado, lloraron, pues comprendieron quiénes y cuáles eran sus actos en el mundo. Se escribe para saber quiénes somos, se escribe para que, como el artesano, veamos en nuestra obra lo que somos; pero como cualquier acto de bella humanidad, la voluntad, y no la coacción, es la determinante. Nadie está obligado a conocerse, como nadie está obligado a comprender el universo de la química gastrointestinal, o la relación de la electromagnética con los refrigeradores de nuestras casas. Pese a ello, nuestros estómagos y refrigeradores están allí, funcionando, dándole posibilidad a nuestra vida. Tampoco es que la realidad esté en espera de que la conozcamos, más bien a nosotros nos es urgente conocerla para realizar la renacentista idea de controlar la naturaleza a nuestro favor y que en algún momento podamos descubrir cómo fabricar riñones. Para subvertir al mundo se necesita de la lectoescritura como habíamos dicho antes.

Es claro que esta es una visión utilitaria de la escritura, pero no habría que desdeñar el utilitarismo, pues como nos dice Francisco Montes de Oca, en el prólogo a las obras de Píndaro y otros líricos griegos, la poesía lírica surge como forma de autorizar a la nueva nobleza, que había desplazado a la que fungió como mecenas de los escritores de la épica. La característica de la poesía lírica residía en el tratamiento individual sobre un sujeto, fue entonces sustento del poder. Los primeros líricos no eran poetas profesionales, sino sujetos que además de cultivar las letras, ejercían el arte de la guerra y la política. La poesía y el gusto por cultivar versos eran parte de la cotidianidad, y, por tanto, eran elementos que no podían sustraerse del modo de vivir. La escritura y el gusto por la palabra eran como el pan sobre la mesa. Entonces, ¿para qué se escribe? No lo sabemos, pero quizá para recordar que somos materia consciente, una piedrecilla de luz en el vacío.

Licenciado en Historia por la Uiversidad Autónoma de Yucatán. Es músico y escritor. Sus intereses de lectura abarcan la filosofía, la literatura, la historia y las artes. Actualmente sigue estudiando música de manera privada.