Debo confesar que, como me imagino pasa a millones de mexicanos y mexicanas, en algún punto del mes de diciembre se apodera de mi mente un estribillo que de manera irremediable y al margen de mi voluntad me lleva a cantar: “yo no olvido al año viejo, que me ha dejado cosas muy buenas. Ay, yo no olvido al año viejo, porque me ha dejado cosas muy buenas. Me dejó una chiva, una burra negra, una yegua blanca y una buena suegra, me dejo, me dejo, me dejo…”