Es interesante la paradoja que esta situación implica: el encierro resultado de un privilegio y la esclavitud laboral que nos obliga a salir, lo que nos lleva a reflexionar sobre los diferentes muros físicos y sociales que nos aprisionan.

Podemos afirmar que si bien los modelos de lo femenino y lo masculino contenidos en el cosmos de un pueblo no son un reflejo fiel de las relaciones reales y concretas entre los géneros, podemos encontrar en ellos elementos simbólicos y valorativos que legitiman las formas de participación de hombres y mujeres en la sociedad.

No es lo mismo leer en libros académicos la intensión patriarcal de invisibilizar nuestro importante papel en la historia que conocer el enorme templo de Hatshepsut de la dinastía XVIII de Egipto, la faraóna que reinó de 1490-1468 a. C. en una de las etapas más importantes del florecimiento de la cultura egipcia.

Debe ser terrible para quien ha luchado casi toda su vida contra el neoliberalismo, la corrupción, por una sociedad más justa y que piensa que al fin ha ganado, que atestigua ese triunfo antes de llegar a la tumba, que alguien le diga que eso no es verdad, que todo fue una trampa del sistema para inmovilizarnos.

Toda expresión humana se puede analizar con perspectiva de género y aunque no soy artista ni mucho menos estudiosa del arte, hace varias décadas que me coloque los lentes violetas. Es imposible que yo deje de mirar el mundo, todos los días y en todos los espacios, con dicha perspectiva.

Para comprender la trascendencia del legado de Rita Cetina (1846-1908) y de sus compañeras, y colegas que participaron en la revista literaria La Siempreviva, hay que considerar dos aspectos de su obra: su participación en el movimiento de “emancipación” de las mujeres y su aportación en la construcción de la Patria.

Debo confesar que, como me imagino pasa a millones de mexicanos y mexicanas, en algún punto del mes de diciembre se apodera de mi mente un estribillo que de manera irremediable y al margen de mi voluntad me lleva a cantar: “yo no olvido al año viejo, que me ha dejado cosas muy buenas. Ay, yo no olvido al año viejo, porque me ha dejado cosas muy buenas. Me dejó una chiva, una burra negra, una yegua blanca y una buena suegra, me dejo, me dejo, me dejo…”

Ahora, los profesores-investigadores de las universidades, somos calificados con desprecio como “fifís” por nuestro presidente y al parecer nos convertimos en “los enemigos del pueblo bueno”, sustituyendo como villanos a los grandes empresarios neoliberales, aliados de los anteriores gobiernos y de este.