Team work de Ricardo Mena Rosado

La primera vez que le dije team work, cogí sus manos entre las mías y puse los billetes enrollados para no darle tiempo a ver lo que era. Se negó a aceptar el dinero e intentó devolvérmelo. Entonces le dije que no eran propinas, que no me movía la compasión, sino el trabajo en equipo. Al fin y al cabo, había sido mi intérprete.

This is team work, le dije.

Él había perdido su cartera la noche anterior, se le cayó en el taxi que nos llevó del barrio donde él pagó la cena hasta el hotel donde me alojaba yo. Antes de caminar por el paseo marítimo que nos llevaría a su tienda de dulces favorita, le vi limpiarse las lágrimas que le provocó la obra de teatro. Goterones que saltaban de los ojos que serían mi tumba.

Esos ojos que no se acaban nunca.

Teníamos un par de horas para estar tranquilos en mi habitación de hotel si cogíamos un taxi a la salida del teatro. Pero la obra le había calado hondo. Y no fue el único. Pude ver a hombres y mujeres tapándose la boca y disimulando algunas lágrimas ante la tragedia del protagonista. Él, sin disimulo, estiraba el cuello y abría más (si cabía) esos ojos de búho. Meses después me haría reír con un parpadeo veloz y una forma de inclinar la cabeza que casi podían abanicarme sus pestañas. Pero esa noche no. Sentado a mi derecha y sin parpadear, esferas de miel cristalizada chorreaban la sal de un pecho.

Prefiero caminar un poco y respirar, me dijo. Yo asentí y despaché al taxi que acababa de parar. Me explicó que la obra tenía un mensaje manipulado sobre la tolerancia, que no era una oda a la diferencia. Sino que el rechazo que sufría el protagonista por ser discapacitado, se trataba de un castigo que sufren los que no son como el resto. Por eso había llorado él. Si no hubiera huido conmigo esa noche y me hubiera llevado a su tienda de kanafeh favorita, la obra hubiera sido un simple melodrama para mí. Compró koshari y bebidas, y lo pagó con el dinero que llevaba en esa cartera que minutos después perdería en el taxi de camino al hotel. Parte de un sueldo que no llegaba a los 300 euros mensuales.

This is team work, le dije al darle los billetes la noche siguiente. Estaba a punto de volar de vuelta a Europa y las libras que me quedaban apenas llegaban a 400, más un billete de 20 euros. Un poco más de lo que él había perdido. El dinero me da igual, me dijo, son los documentos y el periplo burocrático que tendré que sortear para recuperarlos. Cómprate una cartera nueva con este dinero, le dije, empieza de cero.

Es complejo el amor. Sentirlo. Y darlo aún más. La forma de dar condiciona. La manera de expresarlo cuando no se habla la misma lengua. El lugar condiciona más. En un país homófobo donde no solo es pecado, sino crimen, amarse entre hombres, él y yo cambiamos los abrazos por caricias imperceptibles. Nos rozábamos las rodillas con los meñiques, luchando contra los posa brazos de las butacas del teatro. Aprovechando la oscuridad.

Elegimos el inglés como vehículo para hablar con fluidez. Yo en árabe solo sabía decir gracias. Y su español era bueno, pero lento. Y no teníamos  tiempo. El vehículo se convertiría en la lengua del caos meses más tarde, pero aquella noche de verano alejandrino aún no lo sabíamos. Así que caminamos después del teatro.

Me contó su situación desoladora y sin futuro. Me habló de sus amigos activistas perseguidos, encarcelados y exiliados. Y si decía dictadura bajaba la voz a un susurro imperceptible, y miraba de reojo hacia ambos lados. Yo le seguía por las calles tratando de alcanzar su paso, sin medir el volumen de mi voz, envalentonado por mi pasaporte europeo. No presumía de ello, pero me sentía intocable en medio de esa tierra de ojos vigilantes, pendientes de cualquier contradicción al Corán.

Vamos a casarnos, solté sin dudarlo, tienes derecho a ser libre.

Es complejo el amor. Saber darlo es importante. Se puede entregar como una orquídea, o se puede lanzar como una piedra.

Quiéreme (sálvame)

Yo quiero salir de mi país por mis medios, respondió, por una oferta de trabajo o una beca de estudios. Odiaría la idea de que te sientas usado, remató.

Hagámoslo en nombre del amor y la libertad, respondió mi cabeza. Pero mi corazón ya estaba enamorado. Y el suyo no.

Team work

Te am w o rk

Te am o

Lo repetí durante las semanas de comunicación previa al reencuentro. Y, garabateando en mi cuaderno de notas, sin aparente conexión —qué ceguera la mía—, escribí esto:

Estrellarme en un muro, el pecho de un hombre
Que me estrujen sus brazos y, después de calentarme
Aplaste mi cráneo
Que yo no sea más que polvito de esqueleto
Restos de la caja que guarda al músculo incansable y tonto
Qué ganas de desaparecer
Reventarme en un pecho
Cual burbuja de jabón
Pompa efímera
Que no quiere nada
Ni desea ni merece
Porque no existe

Lancé mi amor como una piedra contra el muro de su corazón. Su migración radical, sus veintidós años, su incertidumbre, su pánico a la dependencia, sus ganas de estar fuera mientras yo quería estar en casa, sus gustos musicales opuestos a los míos, su afán de hacer de todo una story mientras yo quería que nos quedáramos tranquilos y en silencio.

Mientras tanto yo leía, para no pensar, para no llorar y conciliar el sueño. La lectura definía el amor como una capacidad de poner los medios para que la otra persona se desarrolle, sin esperar nada a cambio. Como concepto es bello, elevado y místico. Como práctica requiere hundirse en el abismo del pasado y bucear entre los recuerdos del apego. Las cicatrices del control ejercido por las matriarcas que subyugaron a sus hijos por no poder controlar a sus maridos. Revisitar la ausencia de las figuras paternas y la neurosis de las mujeres que espían a través de las cortinas, esperando la llegada del marido a quien no se atreverán a decir nada porque habrán descargado su frustración sobre los hijos. Medeas contemporáneas que no necesitan matar para quitar la vida.

Cuántas piedras lanzadas a ciegas. Y qué pocas flores. Para amar con las ventanas abiertas hay que estar presente. No se puede desaparecer.

Es complejo el amor. El propio aún más. Y hay que ser valiente para arrojarse a la vida. Él se lanzó sin pensarlo, confiando en mi palabra, y lo dejó todo por venir aquí. Yo también fui valiente al abrir la puerta. Al abrirle todas las puertas. Pero olvidé, o no quise recordar, la promesa de libertad que hice en su día. Y arrojé mi amor como una piedra: quiéreme.

Y la fluidez del inglés nos permitió soltar demonios por la boca y alcanzar un volumen que daña, casi tanto como el silencio de hielo que viene después de la gresca. Ojalá (ʾin šāʾa -llāh) hubiéramos hablado en español, con más pausas, más silencios. Nunca llegamos a adoptar al gato que completaría la familia.

Ahora me sumerjo en la reconstrucción de mi vida sin él. Tengo un equipo que trabaja conmigo: un recién nacido, un niño de dos años y ojos grandes, otro de nueve —gordito y taciturno—, y un adolescente inquieto y sensible, todos con mi nombre. Acuden a mí en medio de la agitación y la angustia, y nos abrazamos fuerte. Team work.

Con las piedras también se construyen puentes.

A él le abrí las puertas y las ventanas para que fuera libre, y se fue contento. Le hice reír en el rellano para que su eco se quedara flotando mientras su cuerpo desaparecía en el ascensor. Me quité los zapatos, puse una vela en mi altar y busqué el sol en el salón. Ahí me esperaban los demás. El adolescente con el recién nacido en brazos, y los niños atentos y sonrientes, nos agarramos fuerte de las manos y empezamos a bailar.

Ricardo Mena Rosado
Artista binacional (México-España) residente en Madrid. Actor, director, escritor y pedagogo teatral. Licenciado en Arte Dramático con Especialidad en Interpretación Textual por la ESAD Sevilla (España) y Licenciado en Educación Secundaria con Especialidad en Inglés por la ENSY de Mérida (México). Su obra teatral como actor, director y pedagogo se ha desarrollado en España, México, Alemania, Italia, Egipto, Rumania y Bangladesh, tanto en producciones locales como festivales internacionales. En 2011 crea Ekkyklema Teatro, sello bajo el cual escribe, dirige e interpreta un teatro que investiga la transversalidad de lo narrativo y lo escénico: Macario, muerto de hambre, Monstruo, Acullá. Más allá de aquí y Czech dream son algunos ejemplos. Su carrera como actor de cine y televisión incluye las series Malviviendo, Flaman, Valeria, Intimidad, Las pelotaris, Silent witness, Ella es tu padre; y largometrajes como Obra 67, La flor de lis y Els nens salvatges. @ricardo_mena_rosado / www.ricardomenarosado.com