Sigo las noticias y algo me desconcierta: cuanto más sabemos, menos nos entendemos. Parece que ya es hora de otra revuelta para terminar con los corruptos de este mundo. Donde debería haber amor, reina el odio; donde debería haber paz, estallan guerras. Todos sabemos lo que se debe hacer para que el planeta funcione, pero hacemos lo contrario.
En los conflictos, las estrategias calculadas ignoran las consecuencias humanas y geopolíticas. El uso excesivo de la fuerza siembra muerte y destrucción, alimentando resentimientos profundos.
Busco información sobre la Segunda Guerra Mundial y descubro que la narrativa dominante da el mérito a los aliados por resolver el conflicto, pero los más de 22 millones de soviéticos no cuentan. Tampoco los checos, búlgaros o polacos. Aquellos que alzaron la bandera de la hoz y el martillo en el Reichstag se desvanecen en la maraña de desinformación.
El diálogo entre Kamala Harris y Donald Trump parece acaparar toda la atención, mientras las noticias de palestinos o libaneses muertos pasan desapercibidas. Israel, el consentido del mundo, destruye, mata y viola, pero va a los Olímpicos. Rusia, por otro lado, es aislada y excluida. Europa, dividida, es empujada continuamente al conflicto con el gigante eslavo, mientras aquellos que mueven los hilos desde la distancia permanecen impunes. Europa, ajada y prostituida, se inclina ante el norte omnipotente, obedeciendo cada orden sin cuestionar.
Nuestro entorno ha cambiado. Ahora, alguien pretende obtener una carrera universitaria viendo tutoriales de YouTube, pero si eso fuera cierto, las universidades habrían desaparecido. Un influencer es más conocido que el mejor profesional, y Hollywood insiste en recordarnos que los soldados estadounidenses cometen actos heroicos por todo el mundo, siempre en defensa de su seguridad nacional.
Vuelvo la vista hacia Sudamérica, donde un híbrido entre Tony Blair y Donald Trump enarbola en Argentina las ideas más retrógradas, y nadie le impide esparcir su veneno en la Asamblea General de la ONU. Algo extraño está ocurriendo. Los que evalúan y determinan las reglas no se las aplican a sí mismos. Casualmente, son los mismos que en el pasado nos colonizaron, dividieron, saquearon y exterminaron. Hoy, invaden, bloquean, sancionan, apoyan golpes y planifican la caída de gobiernos.
El control de los grandes medios, incluida internet, es también el control de la opinión pública. Países como Cuba, Venezuela, Irán o Nicaragua, que se atreven a oponerse a los centros de poder, son vilipendiados en redes sociales. Las críticas se moldean bajo un prisma bien definido de cómo deben percibirse estas sociedades. Quienes se oponen son condenados al cadalso: bien lo saben Julian Assange, el periodista australiano y líder de Wikileaks y Edward Snowden, el consultor tecnológico norteamericano nacionalizado ruso.
Por último, hago un repaso al Consejo de Seguridad de la ONU y descubro que no tiene nada que aconsejar; las Naciones no están unidas y la inseguridad prevalece. Los líderes que no sufren las necesidades del pueblo no saben cómo resolverlas. Lo que nos ofrecen es dominación económica y dictadura financiera, o políticas de represión violenta. El país más endeudado del mundo dicta el rumbo a seguir, sin importar lo que opine la mayoría.
El mundo se desmorona frente a la utopía que alguna vez imaginé. El amor queda relegado a los libros, la poesía y la nostalgia de quienes aún veneramos la vida, la justicia y el progreso sin pisotear a otros. La violencia, en cambio, es la cruda realidad. Hace años, un trovador cubano, cuyo nombre no recuerdo, dijo: «espero que algún día el crimen más grande sea pisar una flor». Yo también lo espero.










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