Validarse o morir en el intento

Me escama la necesidad de validación. Y me preocupa aún más que la necesitemos de los demás.

A veces me paro a pensar si realmente la necesitamos o si es nuestro peor enemigo.

Porque entiendo que, para uno mismo, validarse, tiene un puntito de aceptación, comprensión e incluso de cierre de identidad. Pero creo que también es bueno a veces caerse mal. Y aceptar que no, que no tienes que entenderlo todo de ti mismo, que no todo tiene una explicación o justificación. Y que sí, la cagamos. Y quizás eso es parte del juego. Algo igual de necesario. Una regla más, que, de alguna forma, hay que cumplir para pasar a la siguiente pantalla.

Imagino la vida de cada uno como un camino curvo con muchas paradas, con subidas y bajadas. Creo que nos tropezamos con piedras, nuestras, de otros, del camino en sí. Hay momentos en los que, por alguna razón, decidimos que alguna de esas piedras nos gustaría guardarla de recuerdo y las metemos cuidadosamente en nuestra mochila. Otras, enfurecidos, decidimos deshacernos de ellas tirándolas por un acantilado. Y la mayoría de las veces, las guardamos durante unos pasos más y las dejamos cuando entendemos que nos pesan demasiado.

Foto: Silvan Gllm

Andamos solos por ese camino, pero con la necesidad de cruzarnos con otros, para sentarnos en un punto del trayecto y sacar nuestras piedritas, y mostrarlas, y decir, «mira, yo tengo esta».

Hay acompañantes por tramos, como si del Camino de Santiago se tratara, y decidieras compartir esa etapa y compartir esos «tesoros» que tienes dentro de la mochila.

Y buscamos la validación. La sensación de lo correcto, lo justo. Y si no nos lo dicen otros, nos lo decimos nosotros mismos. Que normalmente pensamos que es incluso más válido. Y he aquí el error.

No. El camino es duro, a veces está oscuro y no puedes ver bien qué hay más allá, pero te aseguro que es el camino el único que puede validarte de verdad.

Foto: Alexander Milo

Te valida esa caída desde la montaña, cuesta abajo y sin frenos, esa que te hizo rodar hasta golpearte con algo que resultó ser lo que detuvo tu caída.

Te valida ese atajo que elegiste en su momento para llegar antes al que creías que era tu destino.

Te valida ese cielo estrellado cuando tienes que parar porque tienes hambre, sueño y estás agotado.

Te valida ese momento en el que miras hacia atrás y no puedes ver ni entender cómo has hecho para llegar hasta ahí, y sientes que te falta el aire, que tus costillas se hacen pequeñas y oprimen tu corazón.

Te validan las mil y una lágrimas que brotan cuando te das cuenta de que elegiste la bifurcación equivocada a veces por ti, porque aún no habías aprendido lo suficiente y a veces porque otros creyeron haberlo aprendido por ti.

Foto: Oliver Roos

Te valida el dolor y también la esperanza y, sobre todo, te valida la fe. No en los otros, tampoco en ti, sino la fe en el camino. La certeza de que hay que seguir andando, corriendo o lo que tus pulmones te permitan. No quiero sentir la necesidad de validar cada uno de mis movimientos y tampoco quiero que nadie lo haga por mí. Lo que realmente quiero es seguir en el camino, formar parte de él, ver mis huellas las pocas veces que me dé por mirar hacia atrás y comprender que no soy la mejor persona del mundo, que la cago, me caigo, me levanto, a veces con más o menos acierto, que tengo miedo y que no pasa nada. Y que mis piedras no son bonitas ni feas, ni tengo necesidad de mostrarlas una a una. Y que será el camino en sí, el trayecto, el que valide cada uno de mis aciertos y errores.

En su DNI pone que es vallisoletana de nacimiento. Aunque, a veces por necesidad y otras por elección, ha vivido en tantos lugares que se siente parte del mundo. Estudió periodismo en Madrid por vocación y desde hace más de 12 años se dedica de lleno a la publicidad. Escribe para entenderse. Terrenal y espiritual a partes iguales. Se denomina una persona intensa por naturaleza, con sus partes buenas y malas. Amante de la música, los animales, las personas transparentes y la comunicación directa, sin rodeos. Empezar de cero fue durante años su mayor práctica hasta que nació Martina. Actualmente escribe un libro de reflexiones y pensamientos