Volver al tiempo de los grandes ch’iibalo’ob, nuestros ancestros

Una máscara de venado, la tenía sobrepuesta en el rostro mientras se movía y lamentaba al ritmo del tunkúl, había alcanzado el nivel del cielo, había en ese personaje un aire de tristeza, sólo eso quedaba de su monte… todo le fue arrebatado.

Tuz

Cada palabra que alienta este escrito es sólo para dejar constancia de dónde estamos, dejar entrever en el sueño de las noches largas que avecinan las tristezas, significa también el acto de desamor con el origen, con la tierra y con la energía de nuestro universo.

Despertar por las mañanas y no saber dónde caminar, no saber dónde depositar nuestros pies entumidos y desgastados, malogrados y dolidos, por un desdeño, por una indiferencia del mundo que no entiende. Es esa representación mundana de la vida que sólo apuesta al hoy, y muy poco al mañana, es también el lento deceso de nuestra alma pura, nuestra alma original, la que nos dejaron los ancestros, pues esta existencia sólo se limita a recordar, a conmemorar y se olvida de ser, de estar y de vivir.

Al tiempo de este escrito, sólo reflexiono sobre el destino de nuestra progenie maceual, hacia dónde va y qué le espera, quizá un violento acto de rebeldía, o un sucinto dejo de servidumbre, y así como fuera, algo está en la sangre que obliga a reinterpretar, a revivir el coraje de los ch’ibaolo’ob, de nuestros ancestros, de nuestro linaje perdido.

Esos tiempos que marcaban los retumbos del tunkúl sagrado están aún en la espera, son tiempos pacientes, mucho se especula de su origen de su linaje y de su verdad, sólo quien conserva la sangre viva, la redime y la hace florecer.

“Ahora es el día en que nuestro padre el gran verdadero hombre, que fue pisoteado, está llegando aquí a esta tierra de Yucalpetén y va a convocar a los príncipes, para que los príncipes vengan a convocar a sus pueblos, en nombre de nuestro padre, el gran verdadero hombre” (Libro IV, de las pruebas, – Libro del Chilam Balam de Chumayel).

Y si entonces redimir no basta, queda entonces echar los maíces al aire y decidir el destino de nuestros hijos, ¿en qué camino se trasiega el acto de amar el linaje? Láaylie kuxa’an u muuk u k’iik’el uhcben ch’iibalil. Aún vive con fuerza la sangre de nuestros ancestros.

Las piedras de las albarradas están caídas, los palos de las casas están siendo comidos por los jejenes, cada madera había sido puesta para sostener el aura de los hombres justos y las milpas, ven perder cada día su fuerza, porque la tierra se olvida, el sol desgarra desde las entrañas el origen de nuevo, cuando debería estar para resplandecer el orden.

Así será entonces el tiempo del renacer de este pueblo, como ha definido la orden de los grandes batabo’ob que aún están en la tierra, en las cuatro esquinas de la cielo, en las cuatro esquinas de la tierra, kantits’  ka’an, kantits’ luúm, les llaman, es esta tierra del gran Yucalpeten, u lu’umil mayab, y aquí nacen de nuevo sus palabras en sus grandes escuelas ancestrales, donde la palabra  retumba, donde nuevamente se dejan ver las energías de su palabra y de su origen, hay entonces una renovación del espíritu, es en cada hombre, en cada mujer, en cada niño, en cada joven, late con fuerza, porque aún no muere, lo que se dice de su final es palabrería, porque los que desean su muerte y su desaparición son los que siempre han vivido pisoteando al linaje, los que no quieren que estemos en el mundo, pero estaremos, y nos renovamos y les demostramos que aún estamos, resistimos y regresamos con el resplandor de los nuevos soles y las nuevas lunas.

Es verdad que aún hay discordia y desentendimiento, hay confusión y desánimo, incluso entre hermanos, es entendible porque también entre hermanos nos han hecho ver el mundo discordante y aprovechan esta coyuntura para querernos confrontar, pero aun así, dentro de esta experiencia se encuentra la verdad que sigue viva y late en este corazón de los de hoy, donde aún se honra la memoria de los abuelos y los padres ausentes, así es que cada palabra y cada acto, de aquellas que salen del corazón, del alma y del espíritu, el tenue y armónico ritmo de la voz materna, nos obliga a defender el origen, comprendes entonces que cada uno de los okono’ob, cada uno de los balos y koloxche’ob de la casa donde naciste resistirán la eternidad, porque nuestro pueblo maceual es del linaje de los elegidos de nuestros señores creadores, aquellos a los que dulcemente aún llamamos padres yuumtsilo’ob.

¡Balaj, Balaj, tukum, tukum!  Ha vuelto a sonar urich, el caracol sagrado, y con él, el tunk´’ul está retumbando en cada nuevo árbol de ceibo que se está sembrando en los centros de los pueblos, lo siembran los señores grandes y los jóvenes que aprenden de ellos, ahí dicen, está renaciendo de nuevo el alma del hombre maceual, esa es la palabra y se ha de cumplir”.

Lázaro Hilario Tuz Chi
Maya Originario de Pomuch, Campeche, es Historiador y Doctor en Antropología de Iberoamérica y Profesor Investigador en la Universidad de Oriente en Valladolid Yucatán, miembro del Sistema Nacional de Investigadores SNI, Nivel 1.