Zafra, y el estiércol de brujas: Narrativa de un colapso prepandémico

Castúo es un concepto impreciso para referirse a las hablas de Extremadura. La denominación castúo fue acuñada por el poeta extremeño Luis Chamizo Trigueros:

FRASCO —» ¡Si yo no soy güeno;
si yo bien quisiera jacerle miajas
al hijo del hombre que t’ha deshonrao…
Pero es que no pueo… Las juerzas me fallan
porque es también tuyo; tié tu sangre…
Y a mí, pa quererle, con eso me basta! Ya ves…, yo no soy.
Yo, no. Tú, tú mesma eres quien le salva.
Fragmento del poema dramático de ambiente extremeño en tres cantos y en verso.
Las brujas de Luis Chamizo.

Hace poco una amiga me descubrió la obra de este autor, enganchándome ojiplático a uno de sus textos dramáticos, que casualmente enlazaba con el título de mi primera novela Estiércol de brujas y de donde sus trágicos poemas coinciden en esencia con los míos.

¿Qué dirá la gente? Ni dios ni el diablo tienen tanta juerza
como esta pregunta ¿ Qué dirá la gente?

Estas frases de la obra del dramaturgo extremeño me llevaron como psicometría la cuarentena, al toque de queda en el que me vi inmerso en 2016. Cada mañana, dentro de este encierro que yo mismo me había impuesto, antes de que conociéramos los términos post pandémicos, yo inicié una purga. Recuerdo que aunque preparé mi cueva para convertirla en mi templo de salvación, no pude evitar la tormenta que me estaba persiguiendo. La dermatitis decidió acampar en todo mi cuerpo, como si todo lo que quisiera gritar, estuviera supurando dentro de mí, yo quise luchar contra eso, tratando por primera vez de comprenderlo, de comprenderme, de ver cuál es la razón de esas heridas que yo mismo provoco con mis uñas, de un picor constante, que me hace desconfiar hasta de mi reflejo.

Cada mañana me despertaba con la certeza, con el pensamiento de que la vida había terminado ahí, ya había sido suficiente, quería pasar el resto de mis días metido en mi cueva, viendo el sol desde mi ventana, escuchando Christina Aguilera, leyendo y poco más, cualquier plan que fuese salir de mi casa, provocaba en mi sudores fríos, me paralizaba, yo quería ya ser un anciano que esperaba sus últimos días, observando cómo crecen las ramas, cómo va cambiando el clima.

¿Qué pasaría si me deshago de todo y me quedo sin nada? ¿Qué pasaría si dejo de luchar? ¿Qué pasaría si rompo con este hechizo familiar de estar disponible siempre para los demás? ¿Es posible romper este maleficio? ¿Puedo conseguir que alguien piense que soy la persona más despreciable del mundo? ¿Puedo conseguirlo?

Odiaba cada vez que se referían a mí como esa “buena persona”, ese sujeto inanimado, correcto, tímido y frío.

De todo este pozo lejano de desesperación silenciosa, surgió el apoyo para escribir Zafra, y el estiércol de brujas, un libro que a día de hoy sería diferente, pero en el que he escupido mucho  y he drenado emociones con las que no podía lidiar en ese momento.

Desde el hastío inicial de aislamiento me fueron rodeando muchas sogas de vida a las que tuve que agarrarme para orientarme, para no permanecer inerte. Comencé una rutina mágica gracias a mi amiga Aurora, pude conseguir serenar mi mente en nuevos rituales de los que saltaban a puñaos flores de limonero, nacieron Bruno y Olivia que me golpeaban en la cara para mantenerme despierto, para no dormirme en ese frío invierno lleno de jirones de piel muerta.

En una de mis sesiones de bioneuroemoción, Eva, mi terapeuta, me dijo, aparte de muchas cosas, no luches, no hay prisa, date tu tiempo y escribe. Márcate tu tiempo y ni opines ni mires el de los demás, cada uno sabe cómo tiene que hacerlo.

Rescaté con esto, unas historias, un homenaje a mi madre, un homenaje a mí mismo. Recordé una cosa de la que nunca se habla en mi casa, yo nací de la muerte, nací para devolver la vida al dolor de una pérdida, y siempre que voy al cementerio a visitar la tumba de mi hermano situada en lo más alto, es imposible encontrar una escalera que suba tanto, sin hablar del vértigo, aun así lo intento y  me pregunto ¿Estaré a la altura? Podré ser capaz de rellenar el dolor de tu ausencia. Todo este pensamiento vino a mí en esos momentos, y jamás se me contó mucho de él, por lo que esa llegada a mis ideas, me llevó a pensar que somos lo mismo, un espejismo eterno.

Trabajé de cara a esto, y creo que encontré la forma de canalizar y valorar la sensibilidad que tanto me atormenta y con la que me apropio de todo lo que ocurre a la gente de mi entorno. Estoy aprendiendo a crear mi cueva sin estar escondido en una gruta en medio del desierto.

En esta novela quise desarrollar un relato obsesivo, acciones que conocemos de sobra,  Fermín es un personaje que debido a una falta de referentes, desconocimiento, o por no saber entender sus sentimientos, por negarse tanto, se ve desbordado finalmente por una pasión que no puede evitar. No puede seguir engañándose, pero como desconoce la forma de materializar esos sentimientos, elige la forma bruta, la apropiación.

Nos queremos apropiar de algo, cuando no sabemos gestionarlo, no sabemos comprenderlo y queremos que sea nuestro por miedo a que se aleje, a que nos ridiculice, ya que nosotros vemos ridículo ese sentimiento. Tenemos la creencia de que nuestros sentimientos tienen que ser correspondidos, para que tengan valor, si sentimos algo muy fuerte por alguien y esa persona no siente lo mismo, no nos corresponde de la misma manera, nos sentimos inferiores, arrastrados, humillados.

Allí permaneció inmóvil, observando cómo aquellos dos chavales se unían, como dos amantes furtivos lamiéndose, cada una de las partes del cuerpo con las que Fermín soñaba cada noche, solo bajó la mirada cuando los gemidos y embistes iban en aumento, bajando su boca hasta el muro, mordiendo la tierra para contener su ira, hasta que se produjo el último jadeo.
Fragmento Zafra y el Estiércol de brujas de Luis Carlos Agudo.

Justo en el momento en el que confías tu amor romántico a alguien, justo en ese instante ya sabes la respuesta, aunque no hable. Desechemos “el que la sigue la consigue”. No es cierto. Todo se decide en esos segundos, en esos gestos. Lo perseguido, es manipulado, no es correcto.

Luis Carlos Agudo
Artista nacido en Zafra (Badajoz), graduado por la Escuela Superior de Arte Dramático de Sevilla en la especialidad de Interpretación y Licenciado en Comunicación Audiovisual. Comenzó su carrera profesional vinculado a la radio, trabajando como redactor para Radio Nacional de España y Canal Extremadura. En la universidad participó como actor protagonista en el festival MITEU de Ourense. Mientras se formaba como actor y dramaturgo en Sevilla, co-fundó la compañía La tarara teatro, donde ha participado en los proyectos que más libertad le han dado para poder desarrollar e investigar su propia técnica actoral y vocal. Se ha formado además como intérprete junto a Juan Dolores Caballero y A. Strasberg. Ha ganado premios a mejor actor y mejor creación por El niño Adefesio en el Festival internacional FITU México D.F. 2014, además de mención Especial del jurado en Festival internacional ITSELF Varsovia 2015. Ha participado también con varios montajes de su compañía en varias ediciones de EMERGENTES. Próximamente publicará su primera novela, Estiércol de brujas.