I
Entre miles de hordas no me reconozco,
me asfixia lo terrenal,
no te escucho en este hábitat antediluviano,
me observo con ojos de extrañeza.
II
Se me desliza la memoria embalsamada de la mano.
El amor, ¿quién puede precisar este sentimiento eterno?
El brillo de tu rostro en el mío lo conservo,
no quiero aceptar tu muerte,
no quiero admitir que estoy exhausta.
Reconozco mis noches inquietas,
sé que llegas con la sal del amor y tú esencia seca mis lágrimas.
III
El baúl sin fondo tiene nuestras primaveras acumuladas,
las hojas de jade verde frágiles y encerradas.
Sí, mi juventud desapegada
como el agua que corre por la bruma de los montes.
¡Qué bueno es vivir en paz y contarse sus historias en reuniones extemporáneas!










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