Habiendo estudiado la proporción del espacio y la kinesfera, tenemos dos herramientas de estudio que, más allá de la matemática y la geometría, revelan un mundo vibrante concebido en proporciones que se corresponden unas a otras. En esta progresión, que se llama estructura de la vida, cada forma contiene otra forma, cada distancia resuena con otra, y cada medida sugiere una ley secreta que apenas comenzamos a escuchar.
Las revelaciones que trae la secuencia Fibonacci en la concepción de cómo todo está construido en la naturaleza abren un panorama completamente distinto de percepción: un mundo poblado de ritmos y espacios que se contestan unos a otros, en un diálogo invisible pero constante. En estos cantos proporcionales habitan figuras geométricas que coexisten en nuestros cuerpos y en los cuerpos que nos rodean, cuerpos cuya estructura había permanecido oculta, no por la ignorancia, sino por la ausencia de un lenguaje para nombrarla. Pero quizá no sea el conocimiento el que revela, ni la información. Tal vez sea la intuición la que, desde la intimidad del espacio, se comunica con la vastedad del exterior, en un canto de distancias y ángulos. Porque al pensar en diagonales, inevitablemente pensamos en un arriba y un abajo o un atravesar; y si en esa dirección colocamos la mirada humana, el ojo le muestra al alma un camino, narrado por el hablar de las formas, dictado por la naturaleza en estructuras parlantes de la creación.
Si la creación del todo encierra revelaciones capaces de perturbar el sueño, también lo hace la capacidad de ver el mundo estructuralmente. Nos obliga a reposar sobre conceptos que son base, gravedad, inercia, momentum; principios que sostienen no solo el movimiento, sino la expresión espacial en la superficie de lo real. ¿Nos hemos detenido a pensar en lo que la proporción trae a nuestra concepción del mundo?
En el terreno del estudio de las cosas y los seres vivos, la forma se insinúa como un camino que se despliega ante nuestra experiencia perceptiva para entender el mundo y reaccionar. Saber que la mutación de lo vivo responde a un discurso propio nos transforma. Se trata de un discurso activo que moldea el pensamiento, que nos permite entrever los patrones que articulan la existencia. Porque sin esa visión, sin esa estructura, solo nos queda el azar, la ignorancia de navegar sin saber,
como eterno despistado, sin conocer, como aquel inconsciente que existe sin pensar y que, al accionar, se convierte en provocador de todo aquello que desconoce y no le importa.
Forma, proporción, sección y multiplicación configuran un lenguaje sordo, pero omnipresente. Apenas nos damos cuenta y ya ha inundado nuestros sentidos. Estas revelaciones estructurales constituyen el cuerpo de investigación de todo creador, de todo observador consciente de la vida, capaz de transformar su percepción en nueva vida. Porque, ¿cómo responderle a la vida, si no es con vida? La manera de no ser presa de un destino predeterminado por leyes ajenas es construyendo nuestras propias reglas, porque esas reglas definen nuestro territorio y nos acercan a la forma concreta.
Hay que huir de lo impreciso, observarlo con sospecha: tal vez encierra una forma más compleja de la que alcanzamos a concebir. Para ello, es necesario avanzar en capas de entendimiento, evitar la linealidad. Hemos visto cómo nuestra percepción de seres tridimensionales se transforma al recorrer este trayecto. Nos volvemos hacedores de carácteres, arquitectos de arquetipos de abstracción que, al comprender su estructura, dejan atrás el asombro estéril y se enfrentan al fenómeno de su desarrollo en la existencia. Ahí, donde todo es energía, donde la lucha interna se construye, donde habita el espíritu de supervivencia de las cosas.
Uno a uno emergen caminos que parecen separar y unir al mismo tiempo. Tres reglas devienen en ocho textos milagrosos, y mientras el milagro no se comprenda, continúa la expansión: trece tomos transforman la visión del mundo en veintiún verdades infinitas. Del cero al uno, el universo se detiene en su forma por un instante. Y en ese instante, el lenguaje de los números se hace música.










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