Tu nombre resuena como los chirridos de la puerta del patio trasero. Desde que Leonel se fue no has podido repararla. Las últimas palabras de tu madre antes de la embolia se han aliado con ella para despertarte cada madrugada, tomar un café caliente y no volver más a la cama.
Limpias la cocina, aunque en la noche ya lo has hecho, das comida al gato, barres la terraza y riegas las macetas. Te sientas en la mecedora que está en el balcón y miras la vida a través de la ventana. Sin peinarte, ni siquiera lavarte el rostro, respiras. Esperas. Ya casi serán las ocho. Ves a los hijos de doña Lancha salir de su casa, una niña de trenzas cafés y un joven bien parecido con la sombra del reciente bello sobre los labios. Caminan hacia el colegio. Y tú estás ahí, sentada, meciéndote, jugueteando las pantuflas de tela con tus pies
Hoy cumples cuarenta y cinco años.
Tienes el vientre plano, los pechos redondos y firmes. Tus pezones, aún pequeños. Soltera, sin hijos ni compromisos. El dinero no te hace falta, Víctor, Rodrigo y Manuel te envían lo suficiente. No tienes de que quejarte, te respondió Rodrigo la última vez, cuando tu madre se cayó de la cama por intentar bajarse. Tardaste más de una hora sin ir a acomodarle las almohadas por estar haciendo pasteles para la iglesia. Las vecinas se apenaron mucho y por más que les insististe, no te volvieron a encargar pasteles.
El sol ya está frente a tu rostro. Miras el reloj en la pared. Casi serán las ocho. Esperas, y su voz pronuncia tu nombre —¡Claudia!— y nuevamente, esperas. Sabes que Rodrigo anda de viaje por Australia; Víctor, abogado al fin, no tiene minuto de respiro y Manuel, con sus siete hijos… Como cada año, seguramente te enviarán por correo una tarjeta de felicitación. Sacas de la bolsa de tu bata un cigarrillo y con él acaricias el filo de tu nariz. Lo enciendes. Observas las espirales de humo perderse en el aire. Sonríes. Cuántas veces has deseado ser una espiral de humo. Te concentras en el sabor del tabaco y lo inhalas como si quisieras no dejarlo escapar. No dejarás más escapar nada. Ayer, como todos los martes, te llamó Jaime, el veterinario. Puntual, te regala un breve halo de luz desde hace tres meses. Y tú, aún no sabes porqué aceptaste salir hoy a cenar con él; sobre todo después de mantener a Eduardo parado por horas en la puerta de tu casa sin abrirle. De eso ya hace tres años. Tú, con el vestido escotado y los tacones negros, lo dejaste ahí, parado tras la puerta por horas, hasta que el timbre cesó. Ella siempre lo consigue. Esa noche le dio la embolia. Sentada a su lado, veías su cuerpo temblar de ira mientras escuchabas tu nombre una y otra vez. La veías retorcerse en la cama, gruñendo, intentando gritar. Con el delineador corriéndose por tus mejillas y con tus uñas rasgándote las medias. Nunca más volverías a ver a Eduardo.
—¡Claudia!
Miras nuevamente la hora. Las ocho.
—¡Claudia!…
Inmovilizas los dedos de tus pies que jugueteaban el borde de tus pantuflas. Te las pones, las ajustas a tus pies. Te meces una vez más en la silleta y te levantas.
—¡Claudia!
Atraviesas la sala, el comedor y caminas por el pasillo que lleva hacia su recámara mientras el sonido de tu nombre se intensifica. El olor de los orines de toda la noche inundan poco a poco tu lengua como la imagen decrepita de la anciana inunda tus ojos café oscuro. Te detienes junto a ella. Tus manos enguantadas en las bolsas de tu bata. La miras. Sus labios te llaman. Serán más de las ocho. De la bolsa derecha sacas una hoja de afeitar plateada. Te sueltas la bata y la dejas caer, sólo te cubren tu camisón y tus pantuflas. La anciana te mira, te ves en el reflejo de sus ojos cansados. Levantas tu brazo izquierdo desnudo, con la hoja de afeitar acaricias tu muñeca, la deslizas por tu palma hasta bajar por tu antebrazo. Y la miras. Vuelve la hoja de afeitar a subir por la sombra verdosa de tus venas. La miras. Has conseguido su atención. No habla. Siempre te dijo que las niñas tontas se cortaban alrededor de la muñeca para que sean rescatadas, sólo para llamar la atención. Pero, tú no eres tonta. Tú te cortarás en vertical, de arriba a bajo; o por qué no, mejor en cruz para no fallar. Presionas el filo de la hoja de afeitar sobre tu piel. La miras. Sientes dolor, pero pronto pasará. Presionas. Los gritos de ella ensordecen tus oídos. Y presionas. Gritos. Es demasiado.
Sueltas la hoja de afeitar, que cae entre tus pies. Gritos. Quitas los tubos de oxigeno de su nariz y con tus manos en su cuello le pides, le exiges, la obligas a callar. Su cabeza golpea una y otra vez la cama gastada por el tiempo.
Por fin, silencio. Silencio profundo. Cierras el dispensador de oxígeno y caminas hacia la puerta de la recámara. Apagas la luz y el ventilador antes de cerrar la puerta. Recorres de nuevo el pasillo del comedor, hasta el balcón de la sala. Te sientas en la mecedora. Tus dedos juguetean la orilla de tus pantuflas. Ya casi serán las nueve. Saludas a las vecinas que caminan por la calle.










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