Claridades en la penumbra: sobre el libro «Otras claridades» de Nadia Contreras

En la poesía mexicana contemporánea, donde el yo lírico suele oscilar entre la introspección desgarrada y el análisis social, Otras claridades de Nadia Contreras se alza como una pieza que trastoca, interpela y transforma la experiencia de la lectura. No se trata de una obra que se deja leer de manera pasiva: cada página demanda un pacto afectivo e intelectual con el dolor, la enfermedad, la locura y, finalmente, con la palabra misma como única forma de redención. Publicado en 2025 por Buenos Aires Poetry, el libro se compone de cuatro partes y un epílogo que actúan como estaciones de un descenso íntimo hacia el núcleo del cuerpo vulnerado y la mente fracturada. Su arquitectura está sostenida por una pluralidad de voces que dialogan entre sí (Liam, Ava, Nil, la narradora) y se superponen en una atmósfera de delirio, ciencia y memoria.

El libro inicia con un epígrafe de Líber Falco: “Los locos no descansan”, una frase que resume el nervio temático que lo atraviesa. Desde las primeras líneas, la voz poética se instala en una espacialidad liminal, donde los objetos cotidianos —una cama, una pared, un pañuelo— son desplazados de su función habitual para transformarse en elementos de una escena alucinatoria: “Una mancha como un pañuelo azul con un círculo amarillo. Donde mirara, fuera la pared, la cama o el tapiz, el pañuelo se colocaba delante”. Esta poética de la percepción distorsionada recuerda a las experiencias de la esquizofrenia o el trastorno bipolar, aunque el libro no se encierra en una patología concreta, sino que trabaja con la idea de una mente poética —profundamente lúcida y fragmentaria a la vez— que se niega a rendirse ante el colapso.

La escritura es aquí una tabla de salvación, pero también una carga. Hay un gesto de complicidad entre Ava y Liam, personajes evocados una y otra vez en distintos planos narrativos, como si representaran diferentes desdoblamientos de la misma conciencia. La propuesta de “escribir un libro a cuatro manos” entre ambos es, al mismo tiempo, una manera de resistir al vacío: “La locura es más uniforme si escribes”, se afirma, estableciendo así un principio ético y estético que guiará el resto del libro. En ese universo, escribir equivale a respirar.

Uno de los logros mayores de Otras claridades es su forma de conjugar registros discursivos que, en apariencia, resultarían inconciliables: la voz clínica, los estudios sobre la radiografía, las placas, los contrastes, conviven con referencias al arte, a la física, a Paul Klee, a Newton, a la alquimia incluso. En un poema se lee: “La luz se excede en artilugios, contrastes, vapores complejos… Las estructuras densas como los huesos bloquearán la mayoría de las partículas de rayos y aparecerán en color blanco”. Más adelante, ese mismo lenguaje técnico se transfigura en visión: “La astilla, Ava, es una página en blanco”. Así, la metáfora se construye no desde lo ornamental sino desde el conocimiento material del cuerpo y su vulnerabilidad, de la medicina y sus formas de control.

Contreras arma un dispositivo poético en el que las imágenes se suceden con una fuerza que evoca tanto la escritura de Alejandra Pizarnik como la de Dolores Dorantes o incluso la narrativa de Sylvia Plath: el cuerpo es intervenido, nombrado, desplazado y finalmente reapropiado a través del lenguaje. Los temas de la maternidad no deseada, del cuerpo medicalizado, de la psiquiatría como espacio de encierro simbólico y literal, atraviesan todo el texto. “Quiero tener una vida, Liam; una vida de atardeceres en las terrazas… No puedo cuidarte. Estoy cansada”, dice la voz femenina, no como una confesión débil, sino como un acto de afirmación. Hay aquí una crítica feroz a la imposición del cuidado como destino de las mujeres, a la romantización de la entrega.

En los poemas de la tercera parte, el encierro hospitalario aparece con crudeza. El personaje de Nil, quizá un psiquiatra o terapeuta, establece un vínculo de poder y ambigüedad con la narradora. Se describe la sujeción física a una cama, el dolor como detonador de visiones, los electroshocks como “estrellas metálicas”. La relación entre trauma y poesía se hace explícita, sin caer en el efectismo: “Dentro de la cabeza, todo es fugaz, el fondo de los sueños es humo”, se escribe con una sencillez que hiere. El lenguaje es, de nuevo, la única herramienta para nombrar lo innombrable. El dolor no tiene metáfora posible, pero el poema la intenta: “La habitación, Liam, dejaba de existir, / lo que soñabas y veías / era una mancha oscura de sangre / que se extendía, cubriendo el bosque y la ciudad”.

El uso de elementos visuales como el espectro, la mancha, el claroscuro, el pañuelo, actúan como leitmotivs que vinculan lo perceptivo con lo emocional. Las referencias a la infancia, al abuelo muerto, a las habitaciones con “muebles ennegrecidos como escolleras”, construyen un álbum familiar atravesado por la pérdida, la enfermedad y una forma de ternura brutal. El lirismo nunca se torna cursi; por el contrario, la autora sabe sostener un tono contenido, casi clínico, que por eso mismo se vuelve más perturbador.

El epílogo no cierra el libro, sino que lo abre a otra posibilidad: la de la cordura como decisión, como un último acto de resistencia. “No perdamos la cordura, / nos pertenece como una revelación”. Esa afirmación, que podría leerse como redención, está cargada de ambigüedad. No hay final feliz, ni reconciliación plena. Lo que hay es el impulso de seguir escribiendo, de volver al cuaderno, de llevar consigo la memoria del abuelo, las teorías de Newton, la mirada de Paul Klee, los nombres de los muertos. Y ese impulso, en el contexto de una cultura que ha patologizado la disidencia emocional, es profundamente político.

Otras claridades no es un libro ornamental. No busca la belleza por la belleza, sino que se instala en el temblor, en el colapso, en lo abyecto, para devolvernos algo más honesto que la calma: una mirada. En ese sentido, es un libro indispensable para quienes quieran entender cómo se escribe hoy desde los márgenes, desde la ruina y la ternura, en la poesía mexicana. La voz de Nadia Contreras, que ya ha encontrado un lugar sólido en el panorama nacional, se muestra aquí en plena madurez: rigurosa, compleja, radicalmente humana.

(Ciudad de México) es promotor cultural y aspirante a escritor. Interesado en la poesía, la narrativa breve y la gestión de proyectos literarios, ha colaborado en diversas iniciativas independientes de difusión cultural. Actualmente desarrolla su primera obra de ficción mientras participa activamente en talleres y espacios de creación colectiva.