En un mundo saturado de información, hiperconectado y dominado por la inmediatez, las relaciones humanas parecen diluirse entre pantallas y algoritmos. La tecnología y las comunicaciones nos acercan y, al mismo tiempo, nos separan: vivimos rodeados de datos globales, pero desconectados del Otro. La cultura del individualismo nos empuja a pensar primero en “yo”, luego —si acaso— en “nosotros”.
Nos enseñan que el amor propio es el camino, pero pocas veces se nos invita a distinguir entre amar(se) y aislar(se). Ese individualismo, disfrazado de fortaleza personal, termina siendo una coraza frente a un mundo que ha perdido el respeto por la vida y los derechos humanos.
Y sin embargo, hay quienes resisten. Quienes siguen creyendo que la humanidad no ha perdido su pulso solidario.
Las culturas originarias, con una sabiduría que trasciende siglos, nos recuerdan que todo está interconectado. Para los pueblos mayas, el universo es equilibrio: ningún ser puede existir sin los demás. Su saludo ancestral In lak’ech —“tú eres mi otro yo”— expresa una filosofía profunda de amor y respeto mutuo.
En esa visión, no hay un “yo” separado, sino una comunidad viva. La solidaridad, entonces, no es un gesto ocasional, sino una forma de existencia.
Solidaridad en tiempos difíciles
La historia reciente nos ofrece innumerables ejemplos de esta fuerza colectiva. En México, durante el terremoto de 1985, fueron los ciudadanos quienes, con sus propias manos, removieron los escombros, rescataron vidas y compartieron alimentos. Lo mismo ocurrió tras los sismos de 2017: una generación entera redescubrió el poder del apoyo mutuo.
Durante la pandemia de COVID-19, mientras el miedo se expandía más rápido que el virus, emergieron también miles de actos de solidaridad: vecinos organizando despensas comunitarias, médicos ofreciendo atención gratuita, artistas llevando esperanza a través de la música y el arte digital. Lectámbulos es un ejemplo de lo que se puede lograr a través de la solidaridad. Como este, muchos proyectos culturales, artísticos y sociales no serían posibles sin el apoyo mutuo entre colegas, amigos y otros actores sociales.
En otros lugares del mundo, el espíritu solidario también florece: redes de mujeres en Argentina y Chile acompañando causas de justicia social; comunidades indígenas en la Amazonía defendiendo sus territorios frente a la devastación ambiental; colectivos en España y Francia ofreciendo refugio a migrantes que cruzan mares y fronteras.
Cuando la solidaridad rompe cercos
Hoy, la Flotilla Sumud —una iniciativa internacional que busca romper el bloqueo genocida impuesto a Gaza— nos ofrece una lección contundente: el poder puede levantar muros, pero la solidaridad siempre encuentra caminos para atravesarlos
Sumud, que en árabe significa resistencia perseverante, representa a quienes arriesgan su seguridad para llevar ayuda humanitaria, medicinas y esperanza a un pueblo que resiste desde hace generaciones.
Es una muestra viva de que la empatía no tiene fronteras y de que la unión humana puede desafiar incluso los mecanismos más implacables del poder.
El poder teme a la unión
El poder —en todas sus formas— teme a la solidaridad. Porque sabe que cuando las personas se organizan y actúan juntas, los muros caen y las narrativas oficiales se tambalean. Por eso sus herramientas han sido la división, la censura, la violencia, las fronteras, la indiferencia.
Pero la vida misma se encarga de recordarnos, una y otra vez, que no estamos solos. Cada acto de apoyo, cada gesto de empatía, cada mano que se tiende hacia otra, desafía las estructuras del miedo y la dominación.
Por esto, nuestra edición de octubre (número 61) de Lectámbulos lleva por título “Entre la solidaridad y el poder” como un homenaje a las víctimas del genocidio palestino y a los activistas que, desde distintos rincones del mundo, se atreven a desafiar la injusticia.
Su ejemplo nos recuerda que, a pesar de todo, aún podemos confiar en la humanidad.
Porque, incluso en los tiempos más oscuros, la solidaridad sigue siendo el gesto más luminoso del ser humano.










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