Queridos Lectámbulos:
América Latina despierta este 2026 entre el humo de la incertidumbre y el eco de los tambores de guerra. En las primeras horas del nuevo año, el mundo fue testigo de un acontecimiento que ha sacudido el tablero geopolítico: la invasión de Estados Unidos a Venezuela y la captura de Nicolás Maduro, presidente electo de una nación soberana. Con helicópteros sobrevolando Caracas y tropas extranjeras pisando tierra latinoamericana, la historia parece repetirse… pero en un siglo que prometía ser distinto.
El argumento esgrimido por Washington —la lucha contra el narcotráfico y el terrorismo— no es nuevo. Ya lo escuchamos antes en Irak, en Libia, en tantos rincones del mundo donde la excusa de la “libertad” termina siendo sinónimo de ocupación y saqueo. La llamada “Operación Determinación Absoluta” resultó en el traslado de Maduro a suelo estadounidense y en una anunciada “transición democrática” gestionada, cómo no, por empresas petroleras y asesores del norte.
La respuesta no tardó en llegar. México, Cuba, Colombia, Bolivia y otros países latinoamericanos alzaron la voz en defensa de la soberanía venezolana. Desde La Habana hasta Ciudad de México, los gobiernos y pueblos de la región emitieron condenas firmes, recordando que ningún Estado tiene el derecho de imponer su voluntad sobre otro, menos aún bajo la sombra de la fuerza militar. Celebrar esta invasión es aplaudir la colonización, es abrirle la puerta a una próxima ocupación que podría caer en cualquier país: Cuba, Brasil, México.
Rusia y China, actores clave en el tablero global, no han permanecido en silencio. Moscú condenó el acto como una amenaza neocolonial directa, mientras Beijing advirtió sobre la fragilidad del equilibrio internacional. Ambos países han reiterado su apoyo a la soberanía venezolana, generando un ambiente que muchos analistas no dudan en llamar el preludio de una nueva guerra fría, o algo peor.
Mientras tanto, en Palestina, continúa un conflicto sangriento que ya ha cobrado decenas de miles de vidas. El apoyo incondicional de Estados Unidos al gobierno de Netanyahu, señalado por múltiples organismos internacionales por crímenes de guerra, ha encendido la indignación global. ¿Cómo hablar de democracia y derechos humanos desde la potencia que hoy bombardea Caracas y ayer armaba al ejército israelí en Gaza?
En este escenario incierto, la derecha política gana terreno en América Latina. Figuras como Javier Milei en Argentina y Nayib Bukele en El Salvador encarnan un nuevo autoritarismo disfrazado de renovación, que seduce a sociedades cansadas pero vulnerables a los cantos de sirena del orden y la mano dura.
Pero no todo está perdido.
América Latina ha demostrado, una y otra vez, su capacidad de resistir y renacer. Desde las montañas de Bolivia hasta las barriadas de Caracas, desde los pueblos originarios hasta las juventudes digitales, hay una conciencia que despierta, que pregunta, que exige y que se organiza. En cada manifestación, en cada declaración solidaria, late el corazón de un continente que no se rinde. Porque nuestra historia no está escrita con tinta extranjera, sino con la sangre y la voz de los pueblos que luchan.
Por eso, esta primera edición de Leectámbulos, la titulamos: 2026: al rojo vivo, ya que esta historia apenas comienza; que este fuego que hoy nos sacude sea también la chispa de una nueva unidad latinoamericana, más firme, más justa y verdaderamente libre.










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