Minificciones musicales

La última marcha

El violín chirriaba desafinado. En el jardín la mujer de blanco y larga cabellera, con los ojos cerrados se extasiaba en el subir y bajar del brazo para arrancar la triste marcha de Mendelssohn. Tras ella se veían las mesas ordenadas con sus intactos adornos festivos. La ceremonia ni siquiera pudo comenzar. La noticia de la muerte de su novio llegó a cambiarlo todo. Los invitados se fueron sigilosos sin querer incomodarla.

La mujer de pie frente al altar observó el violín de uno de los músicos contratados, lo sacó de su estuche, y dándole la espalda a los invitados, apretó los ojos y comenzó a tocar la melodía que por tantos años tarareó extasiada aspirando al sueño, esa música anunciaría el “para siempre juntos” que ya no pudo nombrarse.

El fantasma del amor la encontró y enjugó sus lágrimas con una nueva proposición. De afuera del jardín llegaba el rugir de los vehículos, la vida continuaba y la mujer repitió la misma melodía hasta volverse polvo y alejarse con el viento.

* * *

Si no creyera en lo que creo

“¿Qué cosa fuera la maza sin cantera?” cantaba Carolina mientras afuera del bar todo era un corretear de botas, gritos, sirenas que aullaban lanzando sus rojos y azules hacia todas partes. Ahora se incorporaba lenta sobre el escenario, lloraba silenciosa.

No hubo tiempo de cerrar las puertas, dos hombres entraron corriendo, y tras él llegaron las balas perseguidoras. Todos corrimos a resguardarnos, y algunos proyectiles cruzaron por todo el local hasta impactarse en el escenario. Aquellos que escapaban cayeron muertos.

Carolina me había invitado a escucharla, y me vio sentarme en una mesa de primera fila, al lado izquierdo, sumido en la oscuridad. Las luces iluminaban las guitarras de los músicos que la acompañaban, Carolina me miraba con esos ojos de leopardo: “un eternizador de dioses del ocaso / júbilo hervido con trapo y lentejuela / ¿Qué cosa fuera, corazón, qué cosa fuera? / ¿Qué cosa fuera la maza sin cantera?” Yo la miraba enamorado cuando todo se volvió violencia. Sus músicos quedaron destrozados en el escenario. Carolina se volvió alarido.

Mérida, Yucatán, (1975). Doctor en Ciencias Marinas. Becario del FONCA, Jóvenes Creadores, en Novela (2005-2006) y del FORCAN, en novela (2020). Radicado en Matamoros, Tamaulipas desde 2018. Columnista en periódicos impresos y portales como Nota Tamaulipas. Segundo Lugar en el Premio Nacional de Cuento Gabriel Borunda (2021). Premio Estatal de Literatura Infantil Elvia Rodríguez Cirerol (2011), Nacional de Literatura y Artes Plásticas El Búho 2008 en poesía, Nacional de Poesía Tintanueva (2008), Nacional de Poesía Rosario Castellanos, (2007). Ha publicado en poesía El ropero del suicida (2002), Delirios de hombre ave (2004), Xenankó (2005), La sonrisa del insecto (2008), Tremévolo (2009), La confusión creciente de la alcantarilla (2011), En espera de la noche (2015), Trapacería y fiesta (2015), Ciudad abierta (2019); los libros de cuentos Fuga de memorias (2006), Compañeros todos (2015), Mover la sangre (2019) y Tutlefem/Lerotic (2020); y las novelas Arena (2009), Seremos tumba (2011), El corredor de las ninfas (2017). En literatura infantil ha publicado Las sombras de Fabián (2014).