Me reconozco hija de todas aquellas que labraron el camino a golpe de amor al oficio. Mujeres de teatro. Ese oficio que, a veces, hoy se cotiza caro.
Siento de cerca el aliento de las que marcaron el ritmo para hacer del teatro, lo que es actualmente.
Me gustaría empezar este recorrido mirando a los márgenes y planteando algunas cuestiones.
¿Cuánto hay de verdad en el ejercicio teatral? ¿Cuánto cuerpo y cuánta sangre se derrama en la escena? ¿Cuántos hijos no paridos y cuántos personajes alumbrados en las tablas? El dolor de la humanidad medido con los grandes personajes de la historia. La temperatura de un diálogo entre la vida y la muerte.
Dicen que uno se construye a sí mismo a través de sus personajes que, para crear, como suspiraba Pessoa en el Libro del desasosiego, hay que destruir. La búsqueda incansable de lo que no existe, el poder de decisión y no sentarse a esperar lo que no llega.
No es simplemente mirar, sino descubrir
Ahí encontramos uno de los indicadores principales entre el teatro y la mujer.
Si el teatro está dentro de la vida, no nos es difícil caminar por las fronteras que delimitan las tierras. Si el reflejo de esa vida nos lo devuelve el espejo de la escena, no nos es difícil vernos en nuestra condición de mujer que lucha, que grita, que siente, que combate por y contra.
Una mujer que se ha acostumbrado a mirarse a través de los ojos del hombre, que por momentos se pierde y tiene que poner en marcha la brújula de la razón para encontrarse.
El teatro no escapó a mirar lo femenino a través de ese cristal de masculinidad. Buen ejemplo de ello da Grecia y sus personajes creados bajo la atenta mirada del autor masculino y aunque tenemos en nuestros dramaturgos más de un intento por acercarse a la psicología femenina; pienso en Lope con su Laurencia o en La Serrana de la Vera, de Vélez de Guevara, no dejarán de ser una tímida brisa que acaricia el imaginario femenino.
Al final, todo acaba resumido al duro trabajo de ser la mujer que esperan que seas.
Un orden que se establece a partir de un modelo de exclusión e injusticia que silencia las lenguas de las que mantienen dicho orden sin más pretensión que soñar con sus secretos porque soñar, como decía María Zambrano, es la posibilidad inagotable de creación. El soñador que se despierta se convierte en creador de su obra.
Los sueños en la mayoría de los casos alimentan el ansía de ser, de llegar.
Si nos dejan soñar, soñamos. Si nos dejan llegar, llegamos. En España, al abrir los ojos vemos que solo el 20% de los papeles son femeninos, que la diferencia que separa el salario de una actriz, del salario de un actor es de un 40%, que la mujer está atada a una falsa juventud que tiene que esforzarse en mantener.
Aun así, seguimos construyendo ilusiones. Alguien sin sueños es un corazón vacío, inerte, que se mueve sin más pretensión que la de vivir pasando, vivir casi a medias. Es triste una sociedad que no abre los ojos y sueña despierta, y es desgraciada una sociedad que se conforma con mujeres cuyo único fin vital es el de ser esposa y madre. Presas de la especie.
Los secretos están cosidos sobre la memoria, son contenedores de luces y sombras demasiado inmensos, demasiado “verdad” para ser dichos.
Y de verdades sabe mucho el teatro, el oráculo de la escena a veces nos devuelve certezas, aunque otras, nos revuelve la conciencia y nos preña de dudas la razón. Las mujeres hemos participado activamente en la creación del discurso teatral. Lo hemos sido todo: palabra y cuerpo, inspiración y materia.
Toda mujer alberga un secreto, a veces velado en los labios de aquellas que viven con miedo a romper los modelos que nos están llegando impuestos y que se aferran a nuestro ADN con la mayor y más triste de las fuerzas. Mujeres que pasan por la vida sin querer ser vistas. Bajan la mirada y se esconden como los niños cuando juegan, pasando de puntillas por el camino del tiempo que la vida nos regala.
Atravesamos el túnel de una sociedad patriarcal que el capitalismo extiende y justifica, y que relega a la mujer a un trofeo de guerra, una guerra que ya huele a rancio, a naftalina, a lo que huelen los espacios cerrados. Demasiadas licencias se han tomado para grabarnos a fuego la subordinación de la mujer respecto al hombre. Marcada la piel con el sentimiento de culpa, con el estigma incluso, del no saber amar.
Un sentimiento de culpa extendido como una enfermedad en las células femeninas. Por querer: culpable. Por no querer: culpable. Por ser: culpable. Por no ser: culpable. Si te vas: culpable. Si me voy: culpable.
Han cincelado huellas para que calcen nuestros pies: “Detrás de todo gran hombre, hay una gran mujer”. ¿Detrás? ¿Y por qué no al lado? ¿Por qué ser una extensión de las sombras?
Se me viene a la memoria María Lejárraga y el fuego de un amor atribuido a su marido, Martínez Sierra. O María Teresa de León, que braceó en lo oscuro, agonizante paso atrás de su esposo Alberti. Zenobia Camprubí, que cuidó de Platero y su autor, Juan Ramón Jiménez.
Larga la lista de mujeres-sombra que han colocado su mano en el hombro de la Historia y la han hecho avanzar. La misma Historia que ha negado a la mujer tres veces, al amanecer y en el campo de los olivos; y que ha borrado el rastro de muchas que sin miedo se quitaron el sombrero 27 veces[1] para caminar con las ideas libres, prefiriendo la libertad peligrosa a la servidumbre tranquila porque solamente se es de verdad libre cuando no se pesa sobre nadie.[2]
El teatro, vivir el teatro como oficio, supone la aceptación de muchas renuncias. Incluso la renuncia del “yo”, la desnudez más absoluta, las pasiones más bajas. El teatro es caminar sobre la línea del abismo viendo el vacío bajo nuestros pies y descubrir que en ese salto no se pierde la vida, se le gana a la muerte un día más.
En ese momento en que la oscuridad teatral previa a salir a escena, me ha envuelto por completo; ahí donde los sentidos se agudizan y perfora el tímpano esa frase que sentencia: Quedan cinco minutos para que comience la función, el miedo al fracaso, la responsabilidad adquirida, la ausencia de mi “yo” toman cuerpo en aquellas mujeres que me empujan a pisar el escenario.
Me doy cuenta que, si cayeran mis máscaras, no podría mirarme en el espejo. Tengo en la masa de la sangre, no hambruna de posguerra sino la gula de una mujer que quiere ser libre. No el delantal pegado a la cadera sino un mandil tejido con retales de alguien que no acabo de ser.
Me gustaría descubrirme en el delito, sean testigos.
Me descubro en la estafa de haber construido una farsa, un personaje, una mujer que se proyecta fuerte e independiente. Que lee a María Zambrano, a Simone de Beauvoir, a Clara Campoamor. Una mujer que, como en el teatro, me he dirigido y, sin embargo, ¿qué queda de aquel rosal que nace cada mañana? Sin duda, queda la peor de las batallas, la que me enfrenta conmigo misma, la que debe arrasar los campos sembrados de miedo a ser la que no quiero ser. Me debato entre modelos sociales establecidos y un modelo propio que me invite a crear una obra, Mi obra. Ese papel que algunos llaman “el papel de mi vida”
Tu nombre es Sacrificio, mujer, aprende a llevar tu nombre.
[1] Las Sinsombrero. Generación del 27.
[2] María Zambrano.









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