Queridos lectámbulos:
El 9 de agosto se conmemora el Día Internacional de los Pueblos Indígenas, con el objetivo de reivindicar su inclusión, participación y aprobación en la constitución de un sistema con beneficios sociales y económicos para todos.
De acuerdo a la Organización de Naciones Unidas hay más de 476 millones de pueblos indígenas que viven en 90 países de todo el mundo, lo que representa el 6,2% de la población mundial. Sólo en México, según el Instituto Nacional de las Lenguas Indígenas, INALI (2019), 25 millones de personas se reconocen como indígenas, de ellos siete millones 382 mil son hablantes de una de las 68 lenguas indígenas que se hablan en el país: náhuatl, maya, zapoteco, mixteco, otomí, totonaco, tzotzil, mazateco, entre otros.
Por esta razón, México ha adoptado la Convención de Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas y se reconoce como una nación pluricultural desde 1992. Sin embargo, la población indígena del país se sigue enfrentando a numerosos desafíos. La pandemia ha dejado en evidencia, principalmente, la exclusión social y el acceso a los servicios de salud, educación y de justicia.
Los pueblos indígenas o pueblos originarios, para muchos, son sociedades antiguas y en ocasiones desaparecidas. Pero, esta antigüedad, que implica historia y sabiduría, no representa lejanía, pues están presentes y participan de la vida económica, política y cultural de nuestra sociedad.
Lamentablemente, como la modernidad —o postmodernidad—, proveniente del pensamiento occidental, nos lleva a caminar dentro de una cultura de lo individual y es muy fácil olvidarnos de mirar al otro, al que consideramos diferente, y digo que es lamentable, porque seguramente, si miráramos a ese otro podríamos reconocernos a nosotros mismos, como casa vez que nos miramos al espejo y reconocemos algo nuevo de nuestra fisonomía, de alguna manera, todos somos producto de un largo proceso de mestizaje, por lo cual estamos hermanados.
En particular, todo el continente americano, de norte a sur, merece recobrar la memoria, y recordar aquellas culturas, cuyos desarrollo y discurso fueron interrumpidos con la invasión extranjera, con la colonización que aún está presente en el racismo y el olvido.
Y esto, no tiene nada que ver con pedir perdón o disculpas de un pueblo a otro, porque la única manera de restituir tales agravios —que siguen saliendo a la luz, como las fosas comunes de niños recién descubiertas alrededor de las iglesias en Canadá—, es entender que los pueblos originarios están vivos y merecen el respeto y reconocimiento de sus tradiciones, cosmovisión y derechos humanos.
En esta edición que hemos denominado Cultura y Pueblos Originarios, no pensamos de ningún modo abarcar todo lo que esto implica; sino únicamente contribuir en lo que nos corresponde a recobrar la memoria y extender un puente de armonía entre quienes convivimos a diario y nos cruzamos por los caminos de toda Nuestra América.
| Verónica García Rodríguez Agosto, 2021 |









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