A 60 años de las Palabras a los Intelectuales

La memoria y actualidad del discurso conocido como Palabras a los intelectuales, pronunciado por Fidel Castro el 30 de junio de 1961 en la sala de actos de la Biblioteca Nacional José Martí, no pueden encerrarse en una frase –“dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada”- ni en una formulación generalista como la que apunta a calificar aquella intervención como la primera que expresó la política cultural del nuevo estado. 

Habría, ante todo que considerar el contexto y ser fiel a la línea sucesiva de pronunciamientos y acciones del líder en una etapa de cambios políticos, sociales y económicos radicales, acontecidos entre el primerio de enero de 1959 y la medianía de 1961. 

Cuando Fidel plantea “dentro de la Revolución, todo” está delineando una pauta inclusiva ante las dudas de varios de los escritores y artistas reunidos a lo largo de tres sesiones en la institución bibliotecaria. Téngase en cuenta que apenas dos meses antes se había proclamado el carácter socialista del proceso cubano, en vísperas de la invasión mercenaria por Playa Girón. Y que el ICAIC acababa de prohibir la exhibición del documental PM, de Sabás Cabrera Infante, producido por el magazine Lunes de Revolución.

En la mente de unos cuantos planeaban las sombras que sobre la creación artística y literaria arrojaron los dirigentes políticos y culturales de la Unión Soviética y los países aliados de Europa oriental, donde la norma consagraba una opción estética, la del realismo socialista, y casi todo lo que se apartaba de esta era apartado, criticado o al menos mal visto. 

La experimentación artística se hallaba reducida a la mínima expresión, al punto que corrientes como el abstraccionismo en las artes plásticas y el serialismo y el atonalismo en la música no prosperaban. 

Fidel no exigió a ningún creador que para llevar a cabo su obra tenía que ser explícitamente revolucionaria ni que debía hacer pública una profesión de fe. Tras despejar temores, puntualizó : “La Revolución no puede renunciar a que todos los hombres y mujeres honestos, sean o no escritores o artistas, al margen junto a ella; la Revolución debe aspirar a que todo el que tenga dudas se convierta en revolucionario; la Revolución debe tratar de ganar para sus ideas a la mayor parte del pueblo; la Revolución nunca debe renunciar a contar con la mayoría del pueblo, a contar no solo con los revolucionarios, sino con todos los ciudadanos honestos, que aunque no sean revolucionarios, es decir, que no tengan una actitud revolucionaria ante la vida, estén con ella. La Revolución solo debe renunciar a aquellos que sean incorregiblemente reaccionarios, que sean incorregiblemente contrarrevolucionarios”.

Llamó a los cuadros a “comprender esa realidad y por lo tanto debe actuar de manera que todo ese sector de los artistas y los intelectuales que no sean genuinamente revolucionarios, encuentren que dentro de la Revolución tienen un campo para trabajar y para crear”. 

Es decir, dentro de la Revolución todo. Participación inclusiva y confianza en los creadores. Ningún dogma y plena libertad. Como único límite, el derecho a la Revolución de defenderse, más antes poderosos enemigos que intentaban entonces, como ahora, derrocarla. Con el agravante de que no sería un simple cambio de sistema político, sino como se ha visto hasta hoy la pretensión de destruir la nación y la identidad misma desde sus bases más profundas. 

Desde luego que la construcción de una cultura inclusiva desde la perspectiva socialista presuponía un reto que se nos presenta como exigencia permanente. No hemos sido ajenos en determinados momentos a errores, interpretaciones espurias, desviaciones oportunistas, repuntes dogmáticos y posicionamientos encontrados entre directivos y creadores, que también los ha habido, que han luchado por cuotas de poder. 

Al analizar el texto y contexto de Palabras…, el notable pensador Fernando Martínez Heredia, afirmó: “Fidel habla aquí como el dirigente máximo de la Revolución, y logra mantener una relación íntima entre los principios, la estrategia y la táctica en medio de una situación política e ideológica muy compleja. Su largo discurso mantiene siempre un tono persuasivo, maneja argumentos y trata de influir y convencer. No ordena ni comunica decretos, no condena al documental PM y es muy cuidadoso en cuanto a no pretender que unos u otros tengan la razón, reconoce que se han expresado pasiones, grupos, corrientes, querellas, ataques, que incluso hay víctimas de injusticias. No utiliza nunca expresiones como las de ‘problemas ideológicos’ o ‘servir consciente o inconscientemente al enemigo’, que han sido tan funestas para la cultura en el curso de la Revolución. Al contrario, su discurso contiene gran cantidad de giros como estos: ‘la Revolución no puede ser, por esencia, enemiga de las libertades’; ‘la Revolución no le debe dar armas a unos contra otros’; ‘cabemos todos: tanto los barbudos como los lampiños…’; ‘tenemos que seguir discutiendo estos problemas (…) en asambleas amplias, todas las cuestiones’”.

Las rectificaciones a tiempo y, sobre todo, la consecuente aplicación de los principios fidelistas, asumidos e interpretados desde el Partido y el sistema de instituciones educacionales y culturales en su conjunto en años sucesivos, han preservado el carácter participativo e inclusivo de la vida cultural cubana y su enlace y comunicación con otras culturas del mundo.

Dicho sea no de paso sino a conciencia cómo, más que un concepto reduccionista, constituye una aviesa tergiversación, la especie que repiten algunos más allá de nuestras fronteras: en lugar de contra la revolución, nada; modifican la frase: “fuera de la Revolución, nada”. Lo cual niega la esencia misma del planteo fidelista.

En cuanto a la inauguración ese día de la política cultural de la Revolución, se trata de una atribución inexacta. Cierto que hubo formulaciones medulares, pero desde el propio 1959 se dieron pasos inequívocos que definieron el nuevo rumbo. En tal sentido resulta pertinente recordar la fundación del Icaic, de la Casa de las Américas, de la Imprenta Nacional de Cuba, de la Orquesta Sinfónica Nacional, del Instituto de Etnología y Folklore, del Teatro Nacional de Cuba, y la refundación del Ballet de Alicia Alonso como Ballet Nacional de Cuba.

Pero sin lugar a dudas el hecho cultural más importante de la época fue la Campaña de Alfabetización, que se llevaba a cabo justo cuando Fidel sostuvo el memorable encuentro con los intelectuales. La triunfante batalla contra el analfabetismo, precedida por la conversión de cuarteles en escuelas, la atención al sistema de educación pública y la dignificación del magisterio, sentaría los pilares de un proceso de expansión y democratización de la cultura que se yergue como columna de la política cultural de la Revolución.

El 12 de abril Fidel, que se hallaba en el público, participó en un panel televisivo donde dio noticias de la formación de instructores de arte. Dos días después inauguraba la primera Escuela Nacional de esa especialidad. A la vez se planeaba la creación de las Escuelas Nacionales de Arte en el hasta entonces exclusivo espacio de Cubanacán, al oeste de la capital. De manera firme y vertical el liderazgo revolucionario propiciaba proyectos pedagógicos que abrían amplias posibilidades de realización creativa para niños y jóvenes sin distinción de extracción social y a la vez ensanchaban las oportunidades de acceso al arte.

De modo que el valor de Palabras a los intelectuales trasciende su coyuntura. Si en aquel contexto Fidel puso sobre la mesa sólidos argumentos en aras de la unidad y conjuró las fricciones entre capillas y tendencias en el campo cultural, también, y con mucho mayor alcance, estableció principios para el trabajo en esa esfera, válidos para la ética en la conducción del proceso revolucionario, y formuló compromisos cumplidos y plenamente vigentes hoy día.

Entre los primeros, el establecimiento de un canal directo de diálogo entre la vanguardia política y la intelectual que a lo largo de los años ha propiciado un clima de identificación y confianza ajeno a subordinaciones instrumentales de una y otra parte; la concepción democratizadora de la política cultural revolucionaria; y el diseño inclusivo de esa política.

En cuanto a compromisos satisfechos, el apoyo del estado a la creación sobre la base de un sistema institucional en función de la creación y los públicos, la consolidación de un sistema renovado y abarcador de la enseñanza artística y, sobre todo, el respeto a la expresión artística con independencia de credos estéticos.

Pedro de la Hoz
Nació en Cienfuegos, Cuba, en 1953. Escritor, periodista y crítico. Premio Nacional de Periodismo José Martí 2017 y Premio Nacional de Periodismo Cultural 1999. Ha publicado una decena de libros de ensayos, crónicas y entrevistas sobre temas políticos y culturales. Colabora habitualmente con medios de prensa de Cuba y México. Pertenece al capítulo cubano de la Red En Defensa de la Humanidad y se desempeña como vicepresidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba.