Ciclos y continuidades

En el corazón del tiempo, donde el sol y la luna se abrazan en un eterno juego de luz y sombra, los antiguos mayas supieron ver lo que muchos olvidamos: el tiempo no es una línea recta, sino un círculo sagrado. No camina hacia adelante como una flecha disparada al vacío, sino que gira, retorna, se reinventa. Para ellos, el día y la noche eran parte del mismo aliento cósmico, y cada vuelta del calendario era un recordatorio de que todo lo que nace, muere, y todo lo que muere, puede renacer. En ese entendimiento, profundo y poético, los ciclos no eran una prisión, sino una promesa.

Hoy, en pleno 2025, con guerras que parecen no terminar y acuerdos políticos que se rehacen al ritmo de intereses ajenos, esta visión cíclica del tiempo se hace más necesaria que nunca. La relación entre Estados Unidos y Venezuela, por ejemplo, sigue marcada por un vaivén de tensiones y acercamientos, como una pareja que no sabe si volver a intentarlo o firmar el divorcio definitivo. Este año, los intentos de normalización diplomática trajeron consigo nuevos acuerdos energéticos, discursos de reconciliación, pero también sospechas de intervenciones veladas y protestas en las calles. Todo cambia, pero también todo se repite.

En lo íntimo, también habitamos ciclos. No somos las mismas personas que fuimos hace cinco, diez, veinte años. A veces basta con ver una foto vieja, leer un diario olvidado o escuchar una canción para reconocer que aquel “yo” que alguna vez lloró, amó o soñó ya no está. Ha muerto. No con luto ni flores, pero con un silencio que deja espacio para un nuevo comienzo. Cada ruptura amorosa, cada mudanza, cada fracaso, cada despedida de un amigo es una pequeña muerte del yo. No hablamos lo suficiente de esas muertes suaves que nos atraviesan sin pausa, pero son ellas las que nos enseñan a vivir.

El inicio de cada año, por más que sepamos que el tiempo es una invención humana, tiene el poder simbólico de abrir una puerta. Al sonar las doce campanadas del 31 de diciembre, no ocurre ninguna magia real, pero sí una magia emocional: sentimos que podemos soltar lo viejo, dejar ir lo que pesa, volver a comenzar. Y eso es todo lo que necesitamos a veces para continuar. Esa es la fuerza de los ciclos. No nos salvan del dolor, pero nos recuerdan que el dolor no es eterno. Que lo que ahora duele, mañana puede sanar. Que lo que hoy es pérdida, en otro ciclo puede ser encuentro.

En América Latina, donde la historia se repite con ritmos distintos, pero estribillos parecidos, también vivimos ciclos de esperanza y frustración. Este 2025 ha sido un año intenso: protestas en Ecuador por reformas laborales impuestas sin diálogo; elecciones en Argentina que dividieron aún más a un país cansado de promesas rotas; luchas campesinas en Colombia exigiendo tierras y dignidad; migraciones masivas desde Centroamérica que continúan desafiando fronteras y humanidades; y por supuesto, la amenaza de invasión a Venezuela. Pero también hubo semillas de cambio: movimientos juveniles que se organizan, comunidades indígenas que recuperan sus lenguas, mujeres que no sueltan las calles.

Mientras tanto, al otro lado del mundo, la guerra en Palestina persiste como una herida abierta en el cuerpo de la humanidad. Las bombas siguen cayendo, hombre, mujeres y niños siguen muriendo de hambre, de sed, y el mundo parece acostumbrarse a esta pesadilla. ¿Cómo puede el ciclo de la vida continuar entre tanta muerte? Tal vez la respuesta esté en las madres que, a pesar del duelo, siguen contando cuentos por las noches, o en los jóvenes que se enamoran en medio de los escombros. La vida se abre paso, incluso en el dolor. Incluso en la guerra.

El tiempo, nos dicen, es una construcción. Una manera de ordenar la experiencia. Pero también es una herramienta: nos da pausas, nos permite cerrar capítulos. Si el tiempo no se midiera, ¿cómo sabríamos que ya no somos los mismos? Los ciclos —ya sean mayas, solares, lunares o escolares— nos dan la oportunidad de hacer balance. De preguntarnos si estamos donde queremos estar, si aún reconocemos nuestro rostro en el espejo, si seguimos eligiendo la vida que llevamos.

A veces, una relación se termina no porque haya odio, sino porque ese ciclo llegó a su fin. Las amistades también mueren, de forma más silenciosa, como cuando dejamos de escribirnos, de llamarnos, de compartir lo cotidiano. No siempre hay drama. A veces, sólo hay distancia. Pero incluso en esa pérdida, hay una continuidad: las memorias quedan, las enseñanzas nos acompañan. Nada se pierde del todo. Los afectos tienen su propio calendario, su propio modo de volver o quedarse.

Recuerdo una frase que escuché en un mercado de Chiapas: “La tierra también se cansa, por eso hay que dejarla descansar.” Me pareció tan simple y tan profunda. Como nosotros, la tierra necesita pausas, silencios, inviernos. No podemos exigirle cosechas infinitas, como tampoco podemos pedirnos estar siempre bien, siempre felices, siempre productivos. En ese sentido, los ciclos también son una forma de resistencia: al individualismo, al consumo sin freno, a la cultura de la eficiencia. Nos recuerdan que está bien parar, que está bien no saber, que está bien volver a empezar.

En los pueblos originarios de nuestra América, el tiempo es algo que se vive, no algo que se cuenta. En la lengua quechua, por ejemplo, el pasado está adelante, porque es lo que podemos ver; y el futuro está atrás, porque es lo que no conocemos. Esa inversión nos obliga a repensar: ¿qué es lo que realmente guía nuestros pasos? ¿Lo que ya hemos vivido o lo que soñamos vivir?

2025 también ha sido un año de luchas simbólicas. En Brasil, los pueblos indígenas siguen exigiendo la demarcación de sus territorios ante el avance de los agronegocios. En México, los colectivos feministas no han dejado de alzar la voz frente a los feminicidios, aunque las cifras sigan doliendo. En Bolivia, el litio ha vuelto a ser motivo de disputas entre comunidades, empresas y gobiernos. Y en Chile, el proceso constituyente sigue su curso, con nuevas tensiones, pero también con la esperanza de un texto que realmente represente a todos.

Cada una de estas luchas tiene su propio tiempo, su propio ritmo. A veces avanzan, a veces retroceden. Pero en todas ellas hay una continuidad: la dignidad, la búsqueda de justicia, la defensa de la vida. Aunque cambien los gobiernos, los discursos y los contextos, hay una memoria colectiva que no se rinde. Y esa memoria también es un ciclo que regresa, que llama, que convoca.

Somos seres cíclicos en un mundo que insiste en ser lineal. Nos empujan a crecer, producir, acumular, avanzar, como si la vida fuera una competencia. Pero el cuerpo nos recuerda que no: que hay días fértiles y días secos, noches de insomnio y mañanas de calma, estaciones del alma que no obedecen al reloj. Tal vez por eso nos atraen tanto los rituales: los cumpleaños, los aniversarios, los duelos, las celebraciones. No porque midan el tiempo, sino porque nos permiten habitarlo.

Y así, año tras año, volvemos a encender velas, a escribir listas de propósitos, a brindar por lo que fue y por lo que será. No porque creamos que el mundo cambiará mágicamente con el calendario, sino porque necesitamos decirnos, aunque sea en voz baja: «Puedo comenzar de nuevo».

Hoy, mientras las noticias hablan de alianzas estratégicas entre potencias, de amenazas nucleares, de crisis climáticas y de inteligencia artificial, yo pienso en los ciclos pequeños. En la abuela que enseña a su nieta a tejer, en el campesino que vuelve a sembrar tras una sequía, en los abrazos que nos damos después de pelearnos. Esos gestos que no salen en los titulares, pero que sostienen la vida, que la continúan.

Por eso, esta edición de Lectámbulos se titula “Ciclos y Continuidades”, porque al final, los ciclos no son sólo una forma de entender el tiempo. Son una forma de entendernos a nosotros mismos. De aceptarnos cambiantes, frágiles, humanos. De saber que, aunque todo pase, algo queda. Y aunque todo termine, algo comienza.

Nació en Mérida, Yucatán el 3 de enero de 1978. Licenciada en Educación Secundaria con la especialidad en Español por la Escuela Normal Superior de Yucatán y Maestra en Cultura y Literatura Contemporánea de Hispanoamérica por la Universidad Modelo. Diplomada en Competencia Lectora: un Enfoque para la Vida y el Aula (Tecnológico de Monterrey, 2013); Investigación Literaria con enfoque de estudios culturales (Univ. Modelo, 2008); Periodismo, protocolo y Literatura (IECY, 2004-2005) y Literatura y Crítica Literaria (ICY-Santillana, 2002-2003). Actualmente, estudia el Doctorado en Ciencias Filosóficas en la Universidad de la Habana. Narradora, poeta y editora. Ha recibido el Premio Estatal de Cuento Corto El espíritu de las Letras (2015); el Segundo Lugar del Premio Nacional de Cuento Jesús Amaro Gamboa (2005); el Premio Estatal de Poesía Joven Jorge Lara (2005) y la beca del Programa Creadores del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Yucatán (FOECAY- 2004). Becaria en dos ocasiones del Programa de Fomento y Coinversiones Culturales del Fondo para la Cultura y las Artes en 2006 y 2016, la primera por su proyecto Palabra Viva (2005-2008) para mujeres internas, jóvenes acusados de delitos violentos y enfermos de VIH y SIDA internos en el Cereso de Mérida. La segunda, fue por el proyecto Ko’olelo’ob, migrantes del tiempo que tejió un puente de memoria a partir de la palabra entre hijas, madres y abuelas de cuatro comunidades mayas de Yucatán. Es presidenta de Zedík, A. C., miembro del Centro Yucateco de Escritores, A. C. y miembro distinguido del Colegio de Profesores de Educación Básica de Yucatán, A. C. por su labor educativa dirigida generar estrategias de fomento a la lectura con niños, como el proyecto Kanules del Mundo Maya (2012-2018) y públicos vulnerables. Titular la cápsula radiofónica A salto de página, en Grupo Rivas dentro del noticiero Arcadio en la Radio, un breve espacio dedicado al placer de la lectura (2013-2016). Ha participado como ponente y conferencista en diversos encuentros y coloquios nacionales e internacionales de escritores y de educación. Coordinadora fundadora de la Escuela de Creación Literaria del Centro Estatal de Bellas Artes y de su programa de formación (2008-2011), así como del programa Biblioteca Básica de Yucatán de la Secretaría de Educación del Gobierno del Estado de Yucatán (2009-2013) y de la Unidad Editorial de la misma Secretaría de 2013 a 2018. Creadora y organizadora del Foro Regional Educación y Cultura, con el tema En los espacios que habitamos en octubre de 2014 y La filosofía y la imaginación en las lenguas originarias de América en 2016; asimismo del Coloquio Internacional de Filosofía de la Ciencia y de las Grandes Ideas en octubre de 2015 y que en su emisión del 2017 llevó el subtítulo Cosmogonías de los pueblos vivos de América; y el Seminario Internacional de Periodismo que reúne a colaboradores del periódico Por Esto!, evento que se realiza desde 2015. Directora editorial del suplemento infantil MUNDOS del periódico Por Esto! (2016-2020) donde también publica artículos periódicamente. Entre sus publicaciones se encuentran Cartas a Sofía, epistolario filosófico para niños publicado por entregas en el periódico Por Esto!, el libro digital Ko’olelo’ob, migrantes del tiempo, hijas, madres y abuelas escribiendo la memoria (FONCA, SEGEY/2017), la colección infantil interactiva Kanules del Mundo maya (SEGEY/2012-2018), el libro de cuentos Vestido rojo y sin tacones (H. Ayuntamiento de Mérida/2008) y Memorias de mujeres en prisión y otros relatos (ICY, Zedík/2006), entre otros.