Cuento Apuntes caminando mi ciudad favorita Gonzalo Coral

Con los ojos entreabiertos, el rostro empapado de sudor por la extrema humedad que se percibía en el ambiente, descubrí una ligera melodía: … Just beat it! … Just beat it! Respiré y cerré los ojos.

Caminé sobre pisos de aire que se movían como pavimentos deslizantes, caminos autónomos de fricción, recorridos de azul y cielo, cruzando atardeceres rojos y efímeros. Las fachadas de las casas me pasaron surcando a los lados como un tren bala en movimiento.

Subí por una infinita escalera de caracol, los escalones eran de piedra y los muros blancos… 49, 50, 51 y aún faltaban otros cincuenta y tantos. Acaricié la pared húmeda mientras su pintura de cal zahería mi mano y a cada paso se hicieron más estrechas las paredes a mi alrededor. La oscuridad era dominante y sólo tuve de guía un fuerte repiqueteo metálico. Vibrante.  Siempre hacia arriba.

Mi reloj marcó las 7:00 am, pero las manecillas no dejaron de girar. El minutero seguía el orden tradicional, más el segundero se volvió rebelde e innovó su travesía en sentido contrario. Sabes que quieres detener todo cuando miras hacia la oscuridad y te sientes infinito, insignificante grano de arena y polvo de estrellas en este universo cautivo.

Una gota de sudor recorrió desde mi frente hasta mi párpado, cayó sobre mi ojo entre abierto y me hizo ver la realidad del clima extremo de colores cálidos, sudores fríos y ventiladores descompuestos. Qué retórica tan hipócrita e inverosímil se apoderó de mí.  El ligero tono musical sonó en ritmo de son cubano con  Lágrimas negras a pesar que tenía el corazón feliz y la barriga llena… Aunque tú has muerto todas mis ilusiones; en vez de maldecirte con justo encono… me cerraron los ojos con sudor y no en negro.

La calle se abrió ante mí como pergamino perdido del mar muerto; me explicaba sus hitos, mitos y límites de propiedad, todo esto mientras mis pies avanzaron sin moverse.  Encontré ritmo al pasar la mano entre los barrotes protectores de las ventanas, ventanitas y postigos, luego pasamos a los vanos, las puertas y muros ciegos que entonaron un sonido ahogado en fa.

Qué felicidad fue llegar al trozo de aire fresco que provenía de una abertura en la pared curva del poniente, dejándome observar un reloj marcando una hora muy temprana, me pareció conocido; era grande y elegante, empotrado en la parte alta de una torre bermellón sobre arcos y enmarcado por un cielo de render muy azul, tan azul como los unicornios. Respiré, proseguí a subir… 96, 97, 98. El sonido metálico se intensificaba, me faltaba casi nada para llegar.

Mientras más lejos seas más sueñas. Me quedé atorado, perdido en aquel instante efímero, porque quizá unos ojos claros me observaban para preguntarme la hora. Es hora de un siempre y para siempre, es hora de caminar hacia mis sueños, es hora de un aperitivo refrescante antes del ángelus.  El reloj se detuvo justo. En punto.

Me sequé el sudor de la frente con una triste servilleta de papel para abrir los ojos sin miedo a ser invadido por gotas ardorosas y saladas, la mesa olvidada siguió igual como la imaginé, la silla de enfrente vacía y ausente. Sonó Manu Chao:… A cosa voi di piú… A cosa inventare! Y mi corazoncito palpitó en italiano.  La libreta moleskine se abrió impróvidamente y la pluma fuente se atajó para enamorarla y persuadirla de hacer el amor con algunas palabras mutuas como luna llena, palpitaciones insistentes, alma y todo el corazón, se tacharon antipáticamente y la tinta continuó deslizándose. Miré fijamente lo negro de la tinta: Aprender como sos, quererte como sos…

De entre las calles movedizas y paseos ecuánimes; pasé del ritmo en fa a la ceguera musical y del sonido a los colores de un catálogo de tonos semipasteles; azul verdoso o rojo carmesí y amarillo naranja atardecer, todos con cornisas y rodapiés blancos. Seguí moviéndome hacia ninguna parte pero en dirección correcta, estos pies bailaron al ritmo que la noche propuso, era el tango Por una cabeza de Don Juan.  De improvisto encontré una mano que se movió igual; al mismo compás y en el mismo tono, color, ritmo y sugestión. Giramos.

Llegué.  ¡Uno, dos, tres por mí y por todos mis amigos! Ensordecí, respiré libre un aire fresco y fuerte, fijé la vista en el reloj, la torre; la plaza, la ciudad, en sus calles y paseos moviéndose, como los sueños cuando pasan y se mueven en un horario poco habitual.

Caminé y el reloj no, las calles no me decían nada, continuaba siendo polvo de estrellas. ¿Acaso esperaba otro meteorito? Y por fin volvían las calles a deslizarse y las vi venir en sus diferentes tonalidades y ritmos, todo me pareció tan familiar. ¡Deja Vú!.

El negro de la tinta también tiene brillos muy intensos. El sol se andaba ocultado y la dama fría de negro comenzaba a salir del pasado. ¡Oh! The Hollies ¡Qué himno tan enigmático para la falta de rebeldía en estos tiempos de indiferencia! Mis ojos se adaptaron al clima y al color del ambiente casi por completo. ¡Veo el sonido! ¡Vaya guitarrazos épicos rebotando en las paredes y en mi vaso! Uno muy agudo golpea mi ojo izquierdo y por reflejo cierro ambos.

Giramos en dirección a los sueños y a los frescos aperitivos para el clima extremo, nos esperaba una última curda en las calles pavimentadas de piedras prehispánicas sobrevivientes. Fluye como una corriente de agua subterránea en viaje al Xibalba. Caminando sobre la antigua T´ho. Logro llegar y me siento solo.

Cierro los ojos, mientras contemplo la ciudad en lo alto desde la torre de catedral y no advierto más; ni escalones, ni repiqueteos de campanas, ni sudores extremos goteando sobre mis ojos, ni colores blancos estrechos, ni nada.

Encuentro un breve recoveco de felicidad amargosa, tan oscura y negra como intensa y espesa, percibo con los ojos cerrados, siento el frío con el calor intenso a mi alrededor, era mayo y era Mérida, comienza de nuevo a renacer el amor por la vida con esta artesanía líquida; enjuagando mis pupilas y las promesas y los olvidos y los adioses, también las bienvenidas y los versos. ¿Qué otra cosa podemos hacer en un día sin lluvia?

Abro los ojos y permanezco sentado en la misma mesa y frente a la silla vacía, en las manos advierto manchas de pintura blanca, cal y un tono rojo con humedad, los pies cansados, ¿acaso estuve bailando? Mi reloj coexiste descompuesto y la noche nos debate desde el exterior. Observo la libreta moleskine que en la última hoja escrita dice: “Táctica y estrategia” y la cierro como quien se toma una cerveza y pide la cuenta.

Gonzalo Coral
Arquitecto y Maestría en Arquitectura por la Facultad de Arquitectura de la Universidad Autónoma de Yucatán. 2004 y 2010 Profesor de la Facultad de Arquitectura de la UADY de 2011 al 2017, de la Universidad Vizcaya de las América, del Centro Universitario de Valladolid (CUV) y la Universidad de Yucatán (UNY). Arquitecto responsable de los proyectos de Restauración de catorce edificios religiosos patrimoniales en el Estado de México derrumbados por el sismo de 2017. Asesor en dos proyectos sociales de vivienda en comunidades rurales sobre autoconstrucción asistida (en PLANCHAC 2015 Vivienda Popular como unidad doméstica sustentable; Medio ambiente y cultura) y Construcción de vivienda vernácula (en Tahdziú 2005). Y como Investigador asociado en el área de Seguridad en la construcción en los conjuntos de vivienda en serie del proyecto CONAVI – CONACYT clave 236282 y clave SISTPROY UADY 2015001. (2015 – 2016) Arquitecto copartícipe en la reconstrucción de viviendas destruidas por el sismo de 2017 en localidades de Chiapas, coordinando a estudiantes de Arquitectura participantes. Docente de las asignaturas de taller de materiales, Restauración, Taller de Proyectos y Teoría e historia de la arquitectura regional, Diseño Bioclimático, Así como de diversos cursos de materiales y sistemas constructivos, Técnicas de restauración y Autoconstrucción asistida de vivienda. Actualmente investigador sobre eficiencia en el uso de materiales entre los que destacan la madera, la tierra, la piedra y otros materiales naturales, así como la realización de proyectos arquitectónicos de vivienda.