Divagaciones: dejar ir

Foto: Bobby Stevensor

Habitamos nuestro cuerpo pensando que los cambios son externos e inevitables, y esa premisa es frágil, se resquebraja como la pintura reseca de una pared. Nuestro espacio interno sufre grandes transformaciones que se perciben con el alma y también con los ojos. Si decidimos hacer reformas, hemos de contemplar la arquitectura interior. Parece evidente, sin embargo abundan las fachadas recién pintadas tras las cuales se despliegan obras negras, grietas e incluso esmerados trabajos de interiorismo, que solo hablan de la disposición de los objetos. El layout del escaparate.

Hace falta reformar el interior, cuestionar la utilidad de los diques construidos en lugares antes abiertos. Repensar las habitaciones donde nos resguardamos de las situaciones que demandan refugio. Abrir el desván, ese enorme bolso de Mary Poppins, al que le caben los recuerdos de toda una vida, polvorienta acumulación y desorden.

Isaac Nolan

Al filo de terminar una década me he metido en reformas estructurales y estéticas de mí misma. El escrutinio diario de mi rostro no es un evento amable. Lo que antes lucía terso y luminoso se ha vuelto opaco, descolorido y con imperfecciones. Me fijo en cada pequeño detalle y me pregunto si eso estaba ahí ayer. Me obsesiono con esa arruga y la aliso con las manos soñando con hacerla desaparecer. La ropa ya no me sienta igual. No es una cuestión de peso, las formas cambian y me desesperan.

Seguramente te pasa también: la imagen del espejo te devuelve ecos de tus mayores, como las piernas de tu madre o el rictus del abuelo. Eres un collage del ADN familiar. El pelo pierde lustre, fuerza y grosor. Las vetas plateadas aparecen en cualquier vello del cuerpo. Un buen día, sin aviso, ni la flexibilidad ni la postura de comerte el mundo te acompañan. Y, en cambio, el dolor empieza a abrirse camino entre las carnes. El peso de la vida es tal, que cada mañana cuesta levantarse. La mirada está más cansada y triste, acumula cientos de horas de imágenes aleatorias. A los treinta ya hemos visto y sentido el mundo entero desde la palma de nuestra mano. Ningún otro ser humano de generaciones anteriores pudo hacerlo tan rápido. Nos siguen vendiendo que envejecer es la antítesis de la vida: que ya no hay nada que aportar, nada que crear. Nos repiten hasta el hartazgo que, envejecer, es la crónica de nuestra muerte anunciada.

Mejorar el exterior es importante para la autoestima y la salud, pero mejorar el interior es imperante para el alma…

En la reforma de antiguas ideas, he tirado unos cuantos muros de carga. Sobre todo los que sujetaban los conceptos de lo joven y lo viejo. Me reafirmo en el aburrimiento que me produce el canto perenne de la oda a la juventud. Qué maravilloso es aceptar que hay cosas que ya no nos representan y no volverán. Como esos pantalones vaqueros que guardas con la talla 36 esperando volver a ponértelos algún día. Hazte un favor, ya ni se llevan. Qué error es convertir el cuerpo en un enemigo, con lo extraordinariamente bien que responde cuando se le cuida y se le valora como la infalible herramienta que es.

Mejorar el exterior es importante para la autoestima y la salud, pero mejorar el interior es imperante para el alma. Nunca imaginé que los frutos de la madurez fueran tan exquisitos: serenidad, aceptación y tranquilidad han dotado a mi interior de nuevos espacios amplios y llenos de luz. Ya no hay una necesidad perpetua de validación.

Creo que ya no somos amigas. Después de escuchar la frase me quedé sin respiración unos segundos. Mi mente iba a mil por hora sopesando y recordando los últimos tiempos. En esos momentos mis sentimientos fueron como colores en una paleta, y yo los mezclaba frenética buscando un color nuevo. Estaba tratando de encontrar qué éramos entonces. Es difícil mantener una amistad a lo largo de la vida, cambias tú y cambian los otros. Volver a elegirse es una proeza y un trabajo que, si es mutuo, es un regalo. Ella tiene razón, ya no somos amigas, y aún sigo sin saber qué somos. Y le digo adiós en mi jardín interior, dándole una carta en la que cuento todo lo que nos unió y lo que amé de nosotras. Mi reforma ha llegado hasta el jardín. Y con las flores en la mano, reviso mis relaciones, para evitar la inercia. Refuerzo mis cimientos, mis valores, mi coherencia. Y agradezco los lazos construidos a lo largo de mi vida; solo así entiendo mi suerte de aprender de aquellos, de gozar del cariño. Y si al revisar no queda nada, suelto.

Pero sin una buena reforma, aquello será solo un arreglo menor y no cambiará tu 2023. Así que te deseo paciencia, mucho cariño y, sobre todo, que sueltes todo el lastre que puedas...

Lo que más me cuesta de las reformas, y de la vida en general, es dejar ir. Termino el año más liviana por desprenderme de objetos, ideas y trabajos que ya habían llegado a su fin y no cumplían ninguna función.  Lo que me ha costado hacer ciertas cosas, no lo sabrá nadie. Anclas oxidadas que impiden avanzar. Jesús Torres lo cuenta muy bien en uno de sus artículos: necesitamos velas y orza para avanzar.

Terminar el año quemando todo lo inútil es un buen plan. Tanto como comerse las doce uvas de la suerte, tirar monedas por la casa para atraer la prosperidad o bañarse en agua salada para limpiarse energéticamente. Pero sin una buena reforma, aquello será solo un arreglo menor y no cambiará tu 2023. Así que te deseo paciencia, mucho cariño y, sobre todo, que sueltes todo el lastre que puedas.

Los planos de mi reforma están sobre la mesa y brindo por cómo van las obras a estas alturas del año. Os diré cómo acaba y con qué vino celebro, pero eso será en otra divagación.

Karmen Tamayo
Barcelonesa de adopción y milenial con alma de generación X. Comunicadora y oradora nata, aunque la comunicación audiovisual le sirvió para saber lo que no quería ser. La declaración de la renta siempre le sale a pagar, y eso que abona muchos impuestos debido a sus comisiones como consultora de ventas en cosmética selectiva. Se desarrolló en el lujo trabajando en Dior y conoció la farmacia con Nuxe, así que sabe mucho de tratamientos faciales como sobre la verdad de los diablos que huelen a J´adore. Sus conocimientos en marketing, publicidad y atención al cliente hacen que sea la consumidora más exigente que te puedes encontrar. Aficionada al mar y a que le echen las cartas. Retoma su actividad en la escritura después de que su último artículo fuera escrito desde la cafetería de la universidad.