No muy a menudo la naturaleza nos regala a la humanidad personajes que logran desarrollar una nueva manera de ver el mundo y que nos permiten a todos los demás acercarnos, aunque sea por algún resquicio, a reinterpretar ese mismo mundo ya conocido, pero a través de su obra y admirarnos como si de algo nuevo se tratara.
Tal es el caso del poeta galés Dylan Thomas (Swansea, 1914-Nueva York, 1953), poco leído en América latina y cuya humanidad sólo se explica a través del lenguaje, ese lenguaje que le dio voz a sus pensamientos, a su dolor a su vértigo de vida, que abraza en sus poemas más allá que el simple canto musical o de formas literarias, las colinas, los árboles, los cielos, las nubes, el mar en una perfecta sinfonía poética.
Debo confesar que, antes de la invitación que me hiciera Celia Pedrero a escribir para un homenaje en el centenario de su nacimiento, no conocía a este maestro de las ideas en una ignorancia mía que me lamento, porque al leer cualquiera de sus poemas o cuentos, el éxtasis se desborda. Su genialidad salta inmediatamente a los ojos. Pero, cuando uno va conociendo su biografía, el imán crece implacablemente, ya que su continuo encuentro con la muerte hiciera parecer que su propia vida es un poema, lo cual sabemos que es completamente una falacia, pero sin duda, como en el caso de otros grandes, alimenta el mito. Sobre todo cuando equiparamos esa imagen del hombre permanentemente alcoholizado con ese rostro carismático, ya hasta cierto punto, angelical. No sé, por momentos imagino caminado al poeta por las antiguas y frías calles de Gales, solo, con las manos dentro de las bolsas de su chaqueta de lana, con todas las ideas en su mente combinadas con el alcohol de todo el día; o departiendo y debatiendo con Allan Poe en alguna cantina sucia.

Poeta bucólico, soñador, parlanchín, bonachón, pero nunca ingenuo. Su malicia y suspicacia pueden notarse en el conjunto de su obra que nace en medio de esta vida bohemia y desenfrenada. Así, entre la miseria y la aristocracia artística de su época, entre la depresión y la genialidad, dio vida a poemas que contrastan con el resto de la poesía de su tiempo. Aquí un fragmento del poema Y la muerte no tendrá dominio, en una traducción de Juan Carlos Villavicencio:
| Y la muerte no tendrá dominio. Los desnudos muertos serán uno con el hombre en el viento y la luna del poniente; cuando sus huesos sean descarnados y los descarnados huesos se consuman, en el codo y el pie tendrán estrellas; aunque se vuelvan locos estarán cuerdos, aunque se hundan en los mares se volverán a levantar; aunque se pierdan los amantes, no se perderá el amor, y la muerte no tendrá dominio. |
Sin embargo, no me detendré en su poesía, o más bien en su poesía escrita en verso, ya que mucha de ella está en su prosa, cuya melodía e intensidad sobrepasa, incluso, la fuerza devastadora de la traducción.
Revisemos a groso modo su narrativa, que requiere mucho más que una simple ponencia o artículo. Pero haremos un intento, si atenemos a ciertos relatos podremos observar como su manejo del lenguaje, ese estilo tan suyo, devasta categóricamente la historia a contar. El lector se dejará llevar, más que por la historia, por esa armonía, entre sonora y precisa, de las palabras.
Pensemos en cuentos como El árbol, El limón, Las orquídeas, El ratón y la mujer, El mapa del amor y El vestido como ejemplos en donde el lenguaje alcanza momentos verdaderamente mágicos que nos conmocionan en una experiencia casi mística, pero que se pierden en la simplicidad de la historia o en su temática:
«En el paseo del domingo, de la mano de su marido, por los campos y las calles del pueblo, los niños habrían de sonreír detrás de ellos. Su ceñida cintura levantaría una murmuración de viudas. Se deslizó en su vestido nuevo y comprobó, al mirarse en el espejo que había sobre la chimenea, que estaba más guapa de lo que hubiera podido soñar. Le hacía más blanco el rostro y más negra su obscura melena.
«Un perro, levantando la cabeza, estremeció la noche con un aullido. Ella volvió dejando a un lado las visiones, se acercó a la ventana y corrió las cortinas. Fuera, andaban buscando a un loco. Tenía los ojos verdes, decían, y estaba casado. Decían que el loco había cortado los labios a su mujer porque sonreía a los hombres. Se lo habían llevado, pero él, después de robar un cuchillo en la cocina, había apuñalado a su celador y andaba escapado por el valle.
«Desde lejos el loco vio una lucecita en la casa y se acercó hasta el seto del jardín sigilosamente. Sin llegar a verla, advirtió que el jardín tenía un cercado. Las manos se le habían desgarrado en las puntas de un oxidado alambre y bajo sus rodillas crepitaban unas hierbas húmedas. Después de deslizarse entre los alambres del cercado, las criaturas del jardín y sus escarchas vinieron a recibir su cabeza de flores. Se había destrozado los dedos, aún le manaban otras viejas heridas.
«Convertido en un hombre de sangre salió de la obscuridad del enemigo y alcanzó las escaleras. Y dijo en un murmullo: «Que no me disparen.» Y abrió la puerta (Dylan Thomas, El vestido, frag.).
Pero cuando leemos así los excelentes relatos como Después de la Feria, Los enemigos y El visitante sabemos que estamos ante textos completos en lenguaje, historia y clímax, nunca perdemos la ansiedad por el enigma a descubrir:
“Las manos le pesaban, aunque toda la noche las había tenido posadas sobre las sábanas y no las había movido más que para llevárselas a la boca y al alborotado corazón. Las venas, insalubres, torrentes azules, se precipitaban hacia un blanco mar. A su lado una taza desportillada despedía un vaho de leche. Olfateó la mañana y supo entonces que los gallos volvían a asomar las crestas y cacareaban al Sol. ¿Qué eran aquellas sábanas que le envolvían sino un sudario? ¿Y qué era aquel fatigoso tictac del reloj, situado entre los retratos de su madre y su difunta esposa, sino la voz de un viejo enemigo? El tiempo era lo suficientemente generoso como para dejar que el Sol llegara a la cama y lo bastante misericorde como para arrancárselo por sorpresa cuando se cernía la noche y más necesitado estaba él de luz roja y claro calor.
“Rhiana estaba al cuidado de un muerto: acercó a aquellos labios muertos el borde descascarillado de la taza. Aquello que latía bajo las costillas era imposible que fuera el corazón. Los corazones de los muertos no laten. Mientras esperaba a ser amortajado y embalsamado, Rhiana le había abierto el pecho con una plegadora, le había extirpado el corazón y lo había metido en el reloj. La oyó decir por tercera vez: «Bébete la leche.» Y al sentir que su amargor se le deslizaba por la lengua y que las manos de ella le acariciaban la frente, supo que no estaba muerto. Aún vivía. Los meses, serpenteando entre secos días, seguían su cauce de millas y millas en pos de los años” (Dylan Thomas, El visitante, fragmento).

En El Visitante, Thomas traspasa los umbrales de la muerte, en un delirio en el que se entremezclan las visiones cotidianas de un moribundo y sus quiméricos viajes por las sombras de su mente y los paisajes del valle de Jarvis, en el que se desarrollan los fragmentos de esta autobiografía espiritual del autor.
Este cuento se encuentra en su obra póstuma El visitante y otras historias, reeditado recientemente por Alfaguara-Nostromo y que reúne relatos seleccionados por él mismo, que abarcan cronológicamente desde 1930 hasta 1953, poco antes de su muerte que se da en ese mismo año cuando, según se cuenta, que estando profundamente alcoholizado y después de recordar la muerte de su primera amada de juventud Rose Souther y la hija de esta, se lanzó a las vías del tren en Van Cortlandt Park en New York, no sin antes regalarle uno de los ejemplares de su libro a una joven que transitaba por la estación.
La deuda que tenemos con Dylan Thomas en América Latina es enorme, las acciones realizadas a partir del centenario de su natalicio en 2014 apenas nos llevan a una mirada rápida por su magnífica obra, que por fortuna comienza ya a trascender más allá de su corta y polémica vida.








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