Ecofeminismo para salvar al mundo

La respuesta se encuentra en el movimiento feminista, en una corriente en particular llamada Ecofeminismo Latinoamericano, la cual entiende las explotaciones del cuerpo de la mujer y las de la naturaleza con un hilo conductor en común: el pensamiento patriarcal, renacido en el actual sistema capitalista, y su percepción de las personas y los territorios como recursos, o bienes, al servicio del “desarrollo”, el “progreso” y la economía.

Estamos al borde, ¿o será que ya caímos? Pero, definitivamente lo que se asoma es una distopía bastante dantesca. La humanidad corre rápida y torpemente hacia su propia destrucción, poniendo fechas, plazos y agendas como estudiante que deja para último momento su tarea de ciencias, pues en realidad lo que quiere es seguir reposando en su zona de confort, succionando océanos por popotes, incendiando selvas al calor capitalista del sillón frente a la televisión, mientras su madre le sirve la cena con ojeras y desespero.

En esta triste metáfora se representan dos tipos de violencias tan entrelazadas como dos ramas del mismo árbol con un tronco de origen en común.

Sabemos que, como especie, estamos a muy poco de llevar al planeta a una catástrofe ambiental irremediable, que nos queda muy poco tiempo para dar marcha a atrás a nuestras formas de producción y consumo y que, a final de cuentas, los recursos del planeta sí son finitos; sobre todo cuando se trata de saciar las necesidades de una sociedad como la nuestra. Sin embargo, pareciera que la vida sigue como si nada.

Lo que ayer eran advertencias apocalípticas de la comunidad científica internacional, hoy son realidades normalizadas en el noticiero. Varamientos masivos de animales marinos en todo el mundo, osos polares famélicos buscando comida en botes de basura, aumento del nivel del mar, aumento de la temperatura, fenómenos meteorológicos evolucionando de forma extrema, aumento de la actividad de huracanes y debilitación del sistema de corrientes oceánicas en el Atlántico, desertización de grandes territorios, el deshielo.

Apenas hace unos días se desprendió de la Antártida un iceberg del tamaño del área metropolitana de Londres. Irónicamente, estamos en una crisis planetaria de recursos cuyo bien más peleado es, y será, el agua. Paralelamente, en la Península de Yucatán, donde se encuentra la reserva hidrológica de aguas subterráneas más importante del mundo, se autorizan megagranjas porcícolas sobre cenotes y se privatiza el caribe mexicano para convertirlo en un folclórico y contaminante centro de atracciones para el turismo internacional.

También sabemos que, aunque no queremos hablarlo o admitirlo, las violencias de género heredadas por generaciones se han extremado los últimos años de forma tan rápida y alarmante como lo es la falta de acceso a la justicia. Si bien esto se da en todo el mundo, nuestro país es un perfecto ejemplo. Diariamente, en México, mueren once mujeres en manos de feminicidas y hay 34 nacimientos cuyas madres son niñas menores de 14 años.

Las mujeres terminamos por no encontrar seguridad o respiro, ni siquiera dentro de nuestros hogares con nuestras familias o parejas. Según la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDIREH) 2016 del INEGI, del 43.9% de las mujeres que manifestaron haber sufrido violencia en algún momento de su vida la recibieron por parte de su pareja sentimental; y es que estas violencias siempre nos pasan por el cuerpo, el cual está bajo un control y sometimiento constante de su sexualidad.  Somos percibidas como objetos, para uno u otro tipo de consumo.

En el COMUNICADO DE PRENSA NÚM. 568/20 emitido en noviembre del 2020 por el INEGI se retoman cifras claves sobre la violencia de género y se señala que en las averiguaciones previas iniciadas y/o carpetas de investigación abiertas, los principales delitos cometidos en contra de las mujeres son los relacionados con el abuso sexual (42.6%) y la violación (37.8 por ciento). Talvez por eso, tristemente, a muchos no sorprenda que un personaje como Félix Salgado Macedonio, político con denuncias de mujeres por violencia sexual, se atreva a lanzarse para la gubernatura del estado de Guerrero; o, aún peor, que apropósito del tema lo que el presidente de México tenga que decir es que no debe haber linchamientos por politiquería.

Ya sea por su capacidad reproductiva para dar a luz mano de obra para el capital, por generar descendencia que asegure la herencia de los bienes a generaciones procedentes de su conyugue, por su connotación como objeto de placer sexual, o por su papel en el cuidado de los(as) niños(as) y personas mayores de la comunidad, la mujer termina por ser para los demás y no ser para sí misma, en función de un sistema jerárquico que la oprime y explota.

Reconocemos y entendemos entonces, al menos hasta cierto punto, el desenvolvimiento y la urgencia de ambas problemáticas. Sin embargo, es en el común denominador de ambas donde radica el origen de nuestra tragicomedia “civilizatoria” y todas las catástrofes que de ella se derivan.

“La revolución será feminista o no será”. No porque otras revoluciones no sean válidas, sino que, si no tienen perspectiva de género, no son verdaderas revoluciones, pues siguen y seguirán reproduciendo los mismos esquemas de dominación y violencia que combaten.

La respuesta se encuentra en el movimiento feminista, en una corriente en particular llamada Ecofeminismo Latinoamericano, la cual entiende las explotaciones del cuerpo de la mujer y las de la naturaleza con un hilo conductor en común: el pensamiento patriarcal, renacido en el actual sistema capitalista, y su percepción de las personas y los territorios como recursos, o bienes, al servicio del “desarrollo”, el “progreso” y la economía.

Históricamente se ha conformado una sociedad misógina donde las deidades y los hombres resultan producto de una masculinidad violenta y dominante, con una visión de la otredad en función de sus necesidades, donde los ecosistemas se perciben como recursos infinitos y donde las mujeres resultan trabajadoras no remuneradas, ni reconocidas, por ser considerado su papel como un deber social atribuido a su género.

Los territorios, como los cuerpos femeninos, también han sido despojados de decisión y protección, como vemos en la lucha de los pueblos indígenas por la defensa de sus territorios ancestrales y los ecosistemas que han dado vida y salud a sus comunidades por generaciones. Así es como entendemos una de las famosas frases de este movimiento Ni la tierra, ni las mujeres, somos territorio de conquista.

La Asociación Civil “Agua y Vida: Mujeres, derechos y ambiente” en su texto Defensa del territorio cuerpo-tierra. Apuntes Ecofeministas, define el Ecofeminismo latinoamericano de la siguiente manera:

Como unión entre feminismo y ecología, el Ecofeminismo visibiliza la asociación entre la desvalorización de las mujeres y la desvalorización de la naturaleza en el sistema patriarcal capitalista. Denuncia la identificación asimétrica de la naturaleza con lo femenino (la emoción, la reproducción, la intuición, el caos, la oscuridad, lo salvaje) y la cultura con lo masculino (la razón, la producción, el conocimiento, la luz, el orden, lo civilizado). Esta asimetría se agudiza a partir de la Ilustración y Modernidad, atribuyendo como positivas las características masculinas y negativas las femeninas. (pág. 3)

Sumado a ello, Nancy Santana Cova describe este movimiento en su artículo El Ecofeminismo Latinoamericano. Las Mujeres y la Naturaleza como Símbolos, donde menciona lo siguiente:

“Hasta ahora, la visión mecanicista-cientificista y patriarcal de las sociedades modernas ha colocado a la naturaleza como un sistema externo que aparentemente no tiene nada que ver con los seres humanos, y a las mujeres en el ámbito del hogar donde han permanecido tal y, como ya se señaló, invisibilizadas” (pág. 42)

Leyendo a esta autora se explica cómo se enlazan los patrones culturales y simbólicos del capitalismo patriarcal, a través de los cuales se justifica y plantea de forma natural e inevitable la explotación de la naturaleza y de las mujeres.

El entendernos como humanidad de forma separada a la naturaleza es un pensamiento del inconsciente profundo que nació y evolucionó de la mano con el androcentrismo y el ímpetu civilizatorio, los cuales, de la mano con la filosofía griega y el derecho romano, terminaron por instaurar las bases del pensamiento, el orden y la justicia que hoy conocemos en occidente.

De nuevo citando el texto Defensa del territorio cuerpo-tierra. Apuntes Ecofeministas, la Doctora en Teología Feminista Mary Judith Ress apunta, en síntesis, que “…el Ecofeminismo propone una nueva perspectiva para percibir la realidad.” (pág 7), ya que nos invita a descubrirnos como especie humana reubicándonos en el gran tejido de vida existente en la tierra, esto como propuesta ante la destrucción del planeta, apuntando hacia una cosmovisión más en armonía con el universo que nos rodea.

Es importante resaltar, aunque a estas alturas del escrito tal vez pueda resultar redundante, que un cambio no es posible sin el otro, no podemos salvar el planeta mientras exista violencia de género. Siempre que el pensamiento patriarcal-capitalista siga siendo la base de nuestra cultura, continuaremos percibiendo a la otredad mujer-naturaleza como un objeto/recurso en función de necesidades androcéntricas.

Por ello, “la revolución será feminista o no será”. No porque otras revoluciones no sean válidas, sino que, si no tienen perspectiva de género, no son verdaderas revoluciones, pues siguen y seguirán reproduciendo los mismos esquemas de dominación y violencia que combaten. “El macho, aunque se vista de izquierda, macho se queda”, por tanto, para ser verdaderamente de izquierda, ambientalista y humanista, se tiene que ser, necesaria e inevitablemente, feminista.

No todas las veces se camina hacia adelante, la historia ha probado que a veces caminamos hacia atrás y la mayoría de las veces en círculos, pero creo que, si tenemos suficiente conciencia y cuidado, talvez logremos girar a tiempo la dirección a la que estamos llevando a esta hermosa nave espacial que llamamos hogar.

María Cristina Martín Rosado
Nacida en la ciudad de Mérida, Yucatán, México. Licenciada en Artes Visuales por el Campus de Arquitectura, Hábitat, Arte y Diseño de la Universidad Autónoma de Yucatán. Durante sus estudios en dicha institución fue elegida como representante estudiantil y miembro del H. Consejo Universitario en la gestión 2013-2015 y fungió como coordinadora del área de equidad de género y diversidad sexual de la Nueva Federación Universitaria. Locutora certificada con más de 10 años de experiencia en producción y conducción de programas radiofónicos, teniendo una especial inclinación a la promoción de la cultura y las artes, el análisis crítico de problemáticas sociales con perspectiva de género, divulgación de la ciencia, protección del medio ambiente y difusión de luchas sociales. Actualmente es co-productora y co-conductora de “Entre Letras y En Letrades”, programa radiofónico ecofeminista con más de 8 años de transmisiones en vivo por Radio Universidad UADY. Así mismo trabaja para la estación radiofónica Yucatán 92.9FM, emisora local del Instituto Mexicano de la Radio, como conductora de los programas “Son de vida” y “Mujeres en Punto”, siendo este último un programa de enfoque feminista producido en conjunto con la Secretaria de las Mujeres del estado de Yucatán.