Soledad, aislamiento crecido y ahondado para el que ama.
-R. M. Rilke
Cuando despierto por las mañanas, abro las ventanas y contemplo los castaños que se esparcen por los montes de alrededor, acercándome a circunstancias, geometrías y tonalidades imposibles de asumir en un primer vistazo. En ese instante, percibo la soledad.
A veces escucho entre mis allegados que el tiempo pasa demasiado rápido. Sin embargo, siento que esta aceleración del tiempo no es más que un tiempo desordenado, efímero, donde las imágenes se suceden sin trascendencia. Nuestras jornadas no se miden ya por las campanadas de la iglesia cercana; tampoco por el tiempo laboral, que cada vez es más endeble y extrañamente, abarcador (porque la comunicación a través de internet se expande en todas las esferas): nuestro tiempo es decididamente digital. Cuando miramos el móvil mientras comemos, mientras esperamos el autobús o el semáforo, incluso cuando vamos al baño o nos tomamos una copa de vino con personas a las que apreciamos, nuestros dedos corren, pulgar hacia arriba y hacia abajo, demoliendo las imágenes que pasan a ser infértiles, planas, desgastadas, después del éxito reciente. La soledad de la hipercomunicación es hostil e infecunda porque nos hunde en estimulaciones que piden ser renovadas, insaciablemente, como si fuera imposible dejarse permear por los matices de lo que nos rodea. Por eso, cuando liberamos nuestros ojos de las pantallas y nos topamos con nuestras manos, con una hormiga haciendo equilibrio sobre nuestros zapatos o simplemente con el lápiz que se cayó antes de comenzar a escribir, el tiempo se expande, se nutre de oxígeno: observamos el silencio de los seres y las cosas. En esta otra soledad repleta de silencio, sin ruidos de historias de instagram ni estados publicitarios, en la que nos demoramos ante los hechos simples y únicos de la vida, las posibilidades de regocijo, comunicación y aprendizaje se multiplican.
¿Cuánto tiempo necesitamos para ver a un cerdo revolcándose; a una avispa posándose en las flores; o a un pájaro construyendo su nido? ¿Cómo podría medirse la soledad en el grillo que frota su música con insistencia? ¿Y en el graznido del burro que a veces suena como un gallo? ¿Hemos observado la mirada de aquel músico callejero, la conversación de los vecinos con sus hijos, el crepitar de la bicicleta por las calles adoquinadas?

Cuando entramos de fondo en nuestra soledad, la fecunda, la que no nos aliena, caemos en el vacío. La oscuridad comienza a acunarnos y es entonces, cuando nuestros impulsos inconstantes, vagos, quisquillosos, quieren que nos detengamos. Sin embargo, es ahí donde debemos permanecer. Gracias a la caída en ese horizonte inquietante y misterioso, en esa búsqueda permanente a través de la curiosidad, el artista al igual que el niño, ordena su mundo interior y lo dispone según la honestidad más profunda que alberga en sí mismo. Las ideas se van agrandando en cada recogimiento interior, en cada puerta transitada e incómoda, para dar cabida a la forma de la intuición abstracta: la obra.
Los creadores que quieran adentrarse en lo más profundo de su ser, como una reconciliación con su yo íntimo —el único espacio donde transitar lo trascendente— deben arroparse con el silencio y la soledad. Las extenuantes publicaciones, la imposible aceleración de producción de la que nos alimentamos en las redes sociales, la necesidad de crear imágenes superficiales e impactantes (exitosas y caducas en un día), son sólo entretenimiento, deformaciones estilizadas de la realidad circunscritas a lo digital, y que bajo ningún concepto, pueden anteceder a lo humano; al cuerpo que somos dispuesto a ser ocioso, alquímico, orgánico, compañero del tiempo.







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