Por Osvaldo Cardosa Samón e Iván Torres
Desde el día uno en la Oficina Oval de la Casa Blanca el magnate norteamericano, en su segundo mandato, ha ido destruyendo a golpes y porrazos el ligero equilibrio de la postguerra: todo lo que afecte al monopolio de capital estadounidense o sus intereses o contradiga su versión de momento de libertad y democracia, Trump lo convierte en peligro para la seguridad nacional de un gobierno que apuesta por crear enemigos.
En un escenario global cada vez más polarizado su política exterior se consolida como estandarte de incertidumbre y confrontación. Y mientras el orden multilateral heredado de la posguerra se desmorona, la administración republicana ha desplegado una “campaña de máxima presión” contra Cuba, con consecuencias devastadoras para la población civil y para el normal desarrollo de las relaciones internacionales.

El Cerco a Cuba: Asfixia Económica y Castigo Colectivo
Desde su regreso a la Casa Blanca en enero de 2025, Trump ha desarticulado, sistemáticamente, los tímidos, pero positivos avances de la administración Obama y los casi nulos del viejo Biden, reinstaurando un bloqueo de una crudeza sin precedentes. La reedición del Memorando Presidencial de Seguridad Nacional y la reinclusión de Cuba en la lista de países patrocinadores del terrorismo ha sido un cañonazo a quemarropa a los vínculos entre ambos países y a cualquier actividad económica de Cuba en el mundo.
El punto álgido llegó el 29 de enero de 2026, con la firma de una orden ejecutiva que declaró a Cuba una “amenaza inusual y extraordinaria” para la seguridad nacional de Estados Unidos. Esta medida habilitó la imposición de aranceles punitivos y sanciones secundarias a cualquier país, empresa o naviera que exportara combustibles a la isla, un acto de violación flagrante de la soberanía de terceros Estados y un abuso a todas las normas del derecho internacional.
El resultado ha sido un asedio energético que, según el propio gobierno yanqui, impidió la entrada de una sola gota de petróleo a Cuba durante más de tres meses, provocando apagones diarios, una parálisis casi total de la economía y la irritación de la población de la Isla caribeña.

El impacto humanitario es desgarrador. La congresista demócrata Pramila Jayapal, tras visitar la isla, calificó esta política como “un bombardeo económico” y “un castigo colectivo cruel” que ha provocado daños permanentes en la infraestructura del país.
Las restricciones a las remesas familiares, limitadas a mil dólares trimestrales y con la prohibición de envíos no familiares, han eliminado los canales formales, agravando la crisis alimentaria y médica que ya sufre una población bastante deteriorada.
Conflictos y Aislamiento
La estrategia de Trump trasciende con creces el cerco a Cuba. Su política de “ Hacer a América grande de nuevo ” consiste en la ruptura del orden multilateral construido durante décadas, retirándose de instituciones internacionales, abandonando imprescindibles organismos y acuerdos con un desprecio sin precedentes a las normas del derecho internacional.
Las consecuencias para las relaciones internacionales son alarmantes. Europa, el vasallo infeliz atado de pies y manos y ocupada por bases militares norteamericanas, se ha visto humillada, desplazada y obligada a aceptar acuerdos desfavorables para abastecer de gas y petróleo. El canciller alemán, Friedrich Merz, ha declarado que el orden mundial basado en reglas “ya no existe”, mientras que publicaciones como Foreign Affairs sentencian que “el mundo de la posguerra, construido en torno a una mayoría de aliados democráticos que podían confiar en Estados Unidos, ha desaparecido”.
En América Latina, la tensión ha sido máxima: además del bloqueo a Cuba, Trump ordenó una operación militar, ilegal y terrorista, que culminó con la captura del presidente Nicolás Maduro en Venezuela y su posterior traslado a territorio de Estados Unidos. Al mismo tiempo, ha lanzado amenazas de intervención a México y Colombia y creado fuertes discordias con Brasil.
Por otra parte, ha mostrado un agresivo interés por la soberanía de Groenlandia, tensando las relaciones con aliados históricos como Dinamarca; sin dejar de mencionar los constantes desencuentro con la sólida China y el mal calculado ataque, con su siempre fiel Israel, a Irán, una nación que plantó bandera y les ha dado una lección de respeto. Países como Canadá y España se han desligado, en forma explícita, de la política exterior de EEUU.

La guerra comercial desatada por Trump ha sido igualmente disruptiva. Mediante la imposición de aranceles generalizados, la administración elevó el tipo arancelario medio de Estados Unidos del 3% al 17% en menos de un año, desatando una ola de represalias y negociaciones forzadas que han fracturado las cadenas de suministro globales. El enfoque del emperador norteamericano es transaccional y de corto plazo, enfocado en la obtención de concesiones inmediatas mediante la coerción económica y militar, en lugar de fomentar la cooperación sostenible.
La Lógica del Caos: Negocios, Poder y Beneficio Personal
¿Cuál es el hilo conductor de una política exterior aparentemente errática y destructiva? Trump ha fusionado sus intereses empresariales con la diplomacia, utilizando la amenaza y la intimidación como herramientas de negociación para obtener concesiones que, en última instancia, consolidan su poder.
Desde esta perspectiva, el caos es un instrumento deliberado. La desestabilización de Cuba, la captura de Maduro o las guerras arancelarias crean un estado de incertidumbre permanente que le permiten imponer su agenda.
El régimen de máxima presión sobre Cuba, cuyo objetivo confeso es el “cambio de régimen”, busca deliberadamente infligir sufrimiento a la población civil como mecanismo de coerción política. Al mismo tiempo, las negociaciones secretas entre bastidores permiten a Washington presentarse como un árbitro indispensable, creando una crisis artificial para luego aparecer como el único actor capaz de resolverla. Cuba, como cualquier otra nación, no es una estructura monolítica. Muchos cubanos, exhaustos, culpan a su gobierno por la crisis en que está sumido el país. En muchas ocasiones, con razón porque las erráticas decisiones internas también añaden peso a los hombros de los de a pie y por mucho que los dirigentes revolucionarios traten de explicar las causas del bloqueo, éste no se ve, pero se siente y existe, en una amalgama de causas que agravan la situación de la isla.
Y la mayor prueba de la existencia del bloqueo es la propia propaganda de Trump y el señorito Marcos Rubio, el cubano arrepentido y confeso que apoya, como otros del exilio cubano de extrema derecha, una intervención militar directa sin importarles que las sanciones, como los proyectiles, no se detienen en sujetos con una ideología especifica.

Conclusión: Un Legado de Fractura
Las políticas de Trump hacia Cuba y el mundo dibujan el retrato de un presidente que ha convertido el caos en un método de gobierno. Su legado inmediato es una isla sumida en la penumbra, donde los médicos racionan los cuidados intensivos y los niños esperan un tratamiento que quizá nunca llegue; su legado global es un orden internacional fracturado, donde la fuerza y la amenaza han sustituido al diálogo y la cooperación.
La pregunta que queda flotando en el aire es si esta estrategia, basada en el cálculo egoísta y la imposición unilateral, logrará algún día sus objetivos declarados, o si, por el contrario, está sembrando las semillas de un mundo más peligroso y desigual, donde el precio del “progreso” lo pagan siempre los más vulnerables o sencillamente el colapso del Estado Imperio









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