La gente, presuntamente, se lo pasa de puta madre cuando está a punto de perder el metro. Suena el pitido que avisa que van a cerrar las puertas de los vagones y los recién llegados al andén corren para entrar en el último momento mientras se mean de risa. Y cuando consiguen entrar se descojonan más. Todos, sin excepción. Risa de triunfo, risa de aventuras. Miran a su alrededor a la espera de que le devolvamos miradas cómplices. No los quiero juzgar, debe de ser supercómico, muy muy divertido, la emoción del día, una anécdota para fortificar vínculos con tus amigos mientras la relatas bebiendo cañas, recordarla por enésima vez a tus nietos en tu lecho de muerte como una vivencia memorable, para no exagerar no diremos que la mejor, pero sí situada en el top 20 de tus highlights vitales.
Perderlo, que se te vaya el tren en la cara, también es divertidísimo. El aviso, el sonido mecánico que te advierte que se cierran las puertas y te puedes quedar sin dedos o sin cabeza si no te apartas rápido, y los pseudo pasajeros corren hacia el vagón, corren con timidez, un esfuerzo mínimo, no te vayas a implicar demasiado, churrita. Llegan a las puertas recién cerradas y pulsan la manivela a ver si hay suerte. No la hay, el metro se marcha. Ríen, pasean por el andén y los que estamos dentro les miramos la puta cara de derrota, esa sonrisa que pretende falsear el fracaso. Sonrisa de frustración, sonrisa de disimulo. Observamos la tensión en los labios y sus dientes uniformes amarillos y, mientras el tren va ganando velocidad, sus caras de mamahostias se difuminan para perderse. La gente en el metro es fea de cojones. Quédate ahí, a esperar ocho minutos más.
¿A quién le sonreías, imbécil?
Perdonad este salto, me voy muy atrás, teniendo yo 19 años, no en un metro, en un tren de verdad, de los Media Distancia mortuorios de la Renfe, cuando vendían más billetes que asientos tenía el puto tren y había gente de pie un par de horas para llegar a su destino. Maletas en los pasillos, viejos abandonados sin que los jóvenes les cedan el asiento, el aire acondicionado podía funcionar o no. De esos viajes tengo grabada a fuego en la mente la imagen del revisor picando los billetes y una chica que le da los buenos días con una sonrisa tímida. Ella le sonríe, el tipo ni la mira. ¿Qué mensaje le estás mandando? ¿Que eres simpática? ¿Existía la necesidad de dejar claro esto? ¿Soy buena persona mira mi billete no me multes? Desde mi prisma, has hecho el ridículo. Deja de comportarte como una mentecata, dale el billete, que se vaya y sigue sorportando el hastío del trayecto
No la culpo, nos lo inculcan desde pequeños. Vas a un colegio y han pintado en una pared con letras hippies de los años 60: NUNCA PIERDAS LAS GANAS DE SONREIR. Junto al texto, una margarita feliz nos dispara su sonrisa infantil.
¿Ante qué quieres que sonría, margarita de mierda? Dame un motivo, ¿o quieres que vaya sonriendo a diestro y siniestro como si tuviese una tara? SONRÍE CUANDO TENGAS QUE SONREÍR, ANTES NO QUE PARECES GILIPOLLAS sería un buen mensaje.

La risa es algo natural. En las películas de época, sobre todo las victorianas, comienzan con jóvenes corriendo por el campo mientras se orinan vivos. Corren y ríen. Nos lo comemos sin pensar, pero lo pongas en la época que los pongas reir mientras corres por el campo es de retrasados.
Me hice un juramento: Abandonar toda risa o sonrisa protocolaria. Si solo sirve para subrayar que soy amable o que entiendo y practico las convenciones sociales, no estoy diciendo más que que soy un apocado borrego. Hay cosas que se sobreentienden, soy un ser social, te respeto a ti y a nuestros semejantes.
Prepárate, voy un poco más allá: no soy un animal, soy un homo sapiens sapiens y debo comportarme como tal. Que el resto de mis congéneres hagan lo mismo se escapa a mi control.
¿Qué nos diferencia de los animales? Al resto de personas no lo sé, hablo de mí, no voy a responder por la gente que sonríe porque pierde el metro. La desemejanza con el reino animal es obvia, te explota en la cara: Soy capaz de razonar y tengo intelecto. Se comenta que otra de las diferencias principales es la conciencia de la muerte, los animales no son conscientes de que van a morir. No me explico entonces porque mi gata corre como una hija de puta a esconderse debajo de la cama cada vez que oye que abro el tendedero. Si saben que algún día, inevitablemente, van a morir me importa tres pepinos mustios. No pueden elaborar una base de pensamiento, un discurso racional que contemple varios puntos de vista, no tienen autocrítica, como la tengo yo.
Yo leo, no todo el mundo puede decir lo mismo. Me encantan las librerías. Las bibliotecas algo menos, pero tienen su rollito. Compro libros.
COMPRO LIBROS.
LOS COMPRO.
Los pongo en las estanterías. Mis estanterías están to guays repletas de libros. Los ordeno.
Tengo una lista mental de los siguientes libros que voy a comprar.
Estoy en continua evolución intelectual porque compro libros. La gente en el metro mira sus teléfonos, mira tutoriales de peinados en TikTok. No van a arreglar el descalabro de su genética con un vídeo de cincuenta segundos realizado por otro perdedor emocional. Antes de que las naves espaciales nos lleven a otro planeta por la falta de aire puro y el aumento de las temperaturas, nos sacarán porque el mundo se está poblando de youtubers.
Ante esta marcha cuesta abajo y sin frenos de la humanidad, me niego a rebajarme con una sonrisa de debilidad. SOY LA RESISTENCIA.
Ojalá tú, que estás leyendo esto, te unas a mi bando y podamos empezar a hablar en plural.
De momento, SOY LA RESISTENCIA.







Me encanta!