Sentada frente al ordenador. El cursor parpadea en la página en blanco. No es falta de ideas, es exceso de voces.
Durante años creí que era solo una mujer. La que espera. La que tiene la portada morena húmeda. La que guarda fotografías de él y que todavía no tiene canas. Esa era mi identidad y yo no la había elegido. Me la había dejado un pensamiento repetido.
El pensamiento era este: “hoy no viniste, te espero, aquí estoy”.
Primero lo pensé un miércoles. Luego todos los miércoles. Después ya no necesité que fuera miércoles para pensarlo. El pensamiento se hizo cama. Se hizo cuarto. Se hizo piel. Y sin darme cuenta, ya no era una mujer que tenía ese pensamiento. Yo era ese pensamiento.
Eso es lo que no nos dicen sobre la identidad. Nos dicen que somos lo que hacemos, lo que estudiamos, de dónde venimos. Pero nadie aclara que la identidad es, sobre todo, un pensamiento que se quedó a vivir demasiado tiempo en nosotros.
En mi casa había libros acomodados como soldados empolvados. Mi madre me enseñó que una mujer decente no pide, solo debe esperar. Que, si un hombre se va, es porque no pudiste retenerlo. No escuché esa frase en voz alta, pero la pensé cien veces. “No intentaste”, escrita con mi propia letra, aunque yo nunca la escribí. Era un pensamiento prestado. Y, sin embargo, me quedó exacto. Como unas manos que todavía caben en la espalda.
Un día entendí que hay pensamientos que son ropa ajena. Te los pones porque es lo que hay en el cajón. Porque hace frío. Porque todas en tu calle se visten igual. Me vestí con el pensamiento de “la que se queda”. Y me quedé. Veinte años en un mismo miércoles.
Hasta que un día el teléfono vibró. No era una llamada, era un respiro. Y del otro lado una voz dijo: “Estoy enfermo, quiero verlos”. Era el mismo hombre del calcetín tirado. El mismo del que yo había hecho identidad. Y por primera vez, en lugar de pensar “hoy sí, pero no te quedaste”, pensé otra cosa: “tengo un tema para escribir”.
Apagué el celular. No por rabia. Es la necesidad de escuchar mi propia respiración sin su eco. Me levanté por una copa de vino. Volví a la página en blanco. Y entendí que la identidad no es lo que piensas de ti. Es lo que haces con lo que piensas de ti.
Yo tenía dos opciones con ese pensamiento viejo. Seguir usándolo como sábana o deshojarlo.
Me gusta esa palabra que se me ocurrió en otro cuento: deshojar. La libreta se deshoja. No se rompe. Se suelta. Hoja por hoja, cae el “te tardaste”, cae el “no pude”, cae la G borrada de un nombre. Y lo que queda no es vacío, es una libreta abierta. Lista para escribir nuevos miércoles.
Ahora, cuando me preguntan quién soy, ya no digo: “soy la que espera”. Digo: “Soy la que escribe donde otros dejaron ausencias”.
Mi cama ya no es una cama llena de abandonos. Es una libreta abierta. Mi identidad ya no es un calcetín tirado en el suelo. Es la mano que decide si escribe sobre él.
Porque al final, eso somos: no el pensamiento que nos dejaron, sino el renglón que escribimos debajo.Y el mío es: “Hoy sí vine, me quedé conmigo”.
Imagen tomada de: https://culturacientifica.com/










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