La obsolescencia de la paz

Nací en 1972, de modo que formo parte de una generación bisagra, en medio de los, como decía Eco en los sesentas del siglo pasado, apocalípticos e integrados a la nueva modernidad tecnológica de las redes sociales. Y ni siquiera puedo decir que soy un rescoldo de la influencia de los mass media en el frenesí de la post-verdad, porque no nada es cierto.

Curiosa y paradójicamente fue una serie de Netflix la que me hizo darme cuenta de mi ubicación en este nuevo mundo. Stranger Things hizo lo que otras no al devolverme justo a 1984 en su primera temporada, en aquel tiempo en el que te lanzabas a la buena de Dios, en aquellos días en los que salir de tu casa era dar un salto de fe a la calle. Y ay de ti que no supieras cuidarte, administrarte, volver sano y salvo, quizá porque muchas conductas que hoy son aberraciones sancionadas por la ley estaban más que normalizadas.

Las sociedades van evolucionando, por eso cuando alguien juzga la historia no debe hacerlo bajo los ojos de su actualidad, sino de los del momento que observa. Esa, creo, ha sido una de mis mayores capacidades de adaptación. He sabido enfrentar decididamente los instantes de la vida sin dejarme llevar por los avasallamientos culturales, es decir, sólo influenciado por las cosas que merecen la pena.

No se puede dividir ni apartar de la cultura el uso y abuso de la tecnología, porque como dice Byung-Chul Han, al evitar las llamadas telefónicas e intercambiarlas por mensajes de texto o de voz, no sólo estamos haciendo uso de un aparato, sino que también lanzamos una declaración al mundo de cómo somos, la manera en la que evitamos cuestionamientos e indagaciones al margen de la personalidad. En ese sentido, aún soy de aquellos que prefieren una llamada telefónica rápida que conlleve un cómo estás en vez de un qué haces.

Porque cuando nací, tener una cámara fotográfica, una grabadora de voz, un termómetro, un reloj, una brújula, un mapa, un álbum fotográfico, algo que jugar, una máquina de escribir, una máquina de traducir otros idiomas, un televisor, un proyector de películas, una radio, un reproductor de música, la cartelera cinematográfica, una tarjeta bancaria y, last but not least, un teléfono y de encima ¡Un aparato para hacer videollamadas!, todo en un solo lugar, era imposible.

Y de pronto, en un salto, hoy cualquiera tiene todo eso en sus manos y sin darse cuenta del alcance que tiene la tecnología, prefiere imbuirse en una pereza mental que asusta. Creo que esa es la principal pérdida de las generaciones que nacieron bajo el signo de la Internet y del teléfono celular, la capacidad de pensar, de atreverse a retar no sólo el status quo, sino a sí mismos. Prefieren encerrarse en la comodidad de Google o de alguna aplicación que provea videos y si son cortos mucho mejor. Es decir, mientras menos duren los videos será mucho mejor, porque, de otro modo, se pierde el gusto.

De paso, todo lo anterior se lleva nuestra privacidad. Ya no existe ninguna barrera entre las máscaras que uno lleva a diario porque sólo queda una, la de las redes sociales, donde se exponen no solamente los memes del pensamiento sino los dramas que a nadie le importan. Implorar a Dios desde una publicación del féisbuc es tan fariseo como el castigo que el Sanedrín le dio a Jesús en la cruz. Martirizarse para causar dolor, para generar reacciones del otro, es lo de hoy.

Y ya no se puede ni estar en desacuerdo con nadie. El otro día estuve buscando el botón de no me gusta y no lo hallé. Y si no pones ninguna reacción y comentas algo que va a contracorriente o se sale del cardumen, de inmediato eres juzgado y crucificado sin ninguna opción de defensa. La ejecución a mansalva con tiro de gracia es impone desde el anonimato que provee un teléfono llamado inteligente y es así porque como tú andas sumido en la pereza mental, dejas que lo haga todo el aparatito que de encima vale más que muchas cosas de tu vida.

Quedará obsoleto incluso el amor y las generaciones de la bisagra, aquellas afortunadas que surgieron al amparo de lo análogo, las que disfrutaban de un beso, un abrazo, aquellas que cogían sin el condón de la tecnología y del anonimato.

Rafael Gómez Chi
Es licenciado en Ciencias Antropológicas, con especialidad en Lingüística y Literatura, por la Universidad Autónoma de Yucatán y también cursó la Licenciatura en Periodismo y Ciencias de la Comunicación en el Instituto de Estudios Superiores Las Américas. Además, es reportero, oficio que ha desempeñado en medios como: Por Esto, Enfoque Noticias de Núcleo Radio Mil, Detrás de la Noticia y ABC Radio. Ha colaborado con algunos diarios estadounidenses en la cobertura de desastres naturales. Actualmente, dirige el medio digital de noticias "El cronista Yucatán".