La unidad dual y lo femenino en la religión de los mayas cruzo’ob

Podemos afirmar que si bien los modelos de lo femenino y lo masculino contenidos en el cosmos de un pueblo no son un reflejo fiel de las relaciones reales y concretas entre los géneros, podemos encontrar en ellos elementos simbólicos y valorativos que legitiman las formas de participación de hombres y  mujeres en la sociedad. Esto adquiere relevancia si consideramos que las representaciones divinas de lo femenino legitimaron el poder de algunas mujeres en la sociedad teocrática-militar de los mayas cruzo’ob, cruces, durante la mal llamada guerra de castas. Sobre todo, considerando que las mujeres que ejercieron un papel protagónico en el gobierno y en la conducción de la guerra eran sacerdotisas e intérpretes de la voluntad divina. 

También es importante notar que en la medida en que dichos elementos se han perdido o suplantado por otros, donde lo femenino y la unidad dual no están presentes o están restringidas a los estereotipos de la religiosidad occidental,  el protagonismo de las mujeres en las iglesias mayas tradicionales se ha perdido. En voz de don Moisés Chim, quien fuera sacerdote de Tulum, aunque su esposa tomó el cargo junto con él en la actualidad carecen de la autoridad que tenían antes, es decir: “ya no hay jefas, jefas”.       

Iniciemos recordando que recién fundada Noj Kaaj Santa Cruz X Báalam Naj, los alzados adoptaron una nueva religión retomando elementos católicos y prehispánicos que tuvo su base inicial en la adoración de una Cruz.  Esta cruz, centro de la nueva religión, no fue completamente cristiana. Entre los mayas prehispánicos existía como símbolo de la planta de maíz o como representación del árbol de la vida cuyas raíces se sumergen al inframundo y su copa se eleva al cielo. Fray Bartolomé de las Casas narró que precisamente en Cozumel había un adoratorio de la cruz relacionado con las lluvias, tan necesarias para el cultivo del maíz. En relación con las cruces, señala: “En el reino de Yucatán, cuando los nuestros lo descubrieron, hallaron cruces, y una de cal y canto, de altura de diez palmos, en medio de un patio o cercado muy lúcido y almenado, junto a un muy solemne templo, y muy visitado de mucha gente devota, en la isla de Cozumel”. (Apologética Historia Sumaria, Serie historiadores y cronistas de Indias 1, Instituto de Investigaciones Históricas Universidad Autónoma de México, México Vol. 1, 1967, p.  648.) 

El sincretismo entre estas dos cruces, la cristiana y la maya, se confirma con el hecho de que durante la Colonia, como hasta hoy en día, una de las fiestas religiosas más importantes para los milperos fue y sigue siendo la de la Santa Cruz  celebrada el tres de mayo, marcando el inicio de la temporada de lluvias. La importancia del sincretismo religioso puede confirmarse también con el descubrimiento de cruces con los extremos de los brazos labrados con mazorcas, a manera de adornos en los arcos de un edificio, a un costado de la iglesia de Yaxcabá construida en 1789.

La asociación árbol-cruz quedó establecida desde un primer momento en la nueva religión de los alzados, pero dos elementos más fueron incorporados posteriormente al culto: la trilogía que responde al concepto cristiano de la santísima trinidad y la unidad dual prehispánica, es decir, los elementos femeninos y masculinos unidos en un mismo símbolo.

Así, luego de que un coronel apellidado Novelo sorprendiera el santuario de los cruzo’ob el 4 de enero de 1851, tomara prisioneros y decomisara la Cruz, ésta fue sustituida rápidamente pero ya no por una sino por tres, una grande y dos pequeñas, consideradas las hijas de la primera. Es importante reproducir las palabras con que Reed relata el fenómeno de las cruces:

 “Se decía que esas tres eran las hijas de la cruz, y la que estaba tallada en el árbol era la madre de las cruces. Las vestían con huipil y faldas, como correspondía a su sexo, y las adoraban con cintas y vivísimos colores. Para el macehual no había contradicción en que las cruces fueran a la vez femeninas, Dios y la Santísima Trinidad; eso era una de sus personales adaptaciones del catolicismo” (Reed, Nelson, La guerra de castas de Yucatán, Ediciones Era, México, 1971, pp. 141).

El vínculo de la planta del maíz —sustancia sagrada, fuente de vida y de la creación humana — con los cruces cristianas permitió que, como acertadamente señala Reed, no resultara contradictorio para los mayas alzados que su símbolo religioso representara a Dios y a su vez tuviera un carácter femenino. Lo que reafirma su vínculo con el Dios Maíz  (Ixiim,  Ix mujer, iim seno) ya que de acuerdo a los estudios realizados por Carolyn Tate comparte ambos géneros y lleva un tocado de tiburón, asociado con las mujeres. Esto se vincula a la característica de la planta que se poliniza a sí misma, hecho que fue observado por los mayas durante el período preclásico medio. (Tate, Cuerpo, cosmos y género, op.cit. y Joyce Rosemary, “The construction of gender.in classic sculpture”, ponencia presentada en AAA, Nueva Orleáns, 1990.)

Según López Austin, el pensamiento mesoamericano no aceptaba la posibilidad de seres puros; todo lo existente, aun los dioses, era una mezcla de las esencias de lo masculino y lo femenino. El predominio de una de ellas determinaba la clasificación y el grado de pertenencia de cada uno de los dos campos taxonómicos. Las identidades de género se movían a lo largo de un continuo cambiante, donde el factor concluyente era el logro y el mantenimiento del equilibro, “Los opuestos complementarios. La parte femenina del cosmos”, Arqueología mexicana, la mujer en el mundo prehispánico, Volumen V, núm. 29, enero-febrero, México, 1998. En el Popol Vuh, a K’ucumatz, se le menciona como padre y madre de la vida y la creación, corazón del cielo. Popol Vuh es el libro sagrado de los quichés.

El sentido de unidad dual, actualmente reconocido por los especialistas en la temática como elemento importante de la religiosidad de los mayas prehispánicos, hizo posible que no sólo entre los alzados, sino en toda el área maya, hubiera cruces vestidas y consideradas femeninas. Una muestra de la complejidad de los elementos que poseen las cruces es la versión que nos proporcionó sobre las mismas, don Juan Sulub descendiente de un importante dirigente maya, el teniente Evaristo Sulub.

“Eran tres cruces y la más grande era la hermana mayor que nunca castigaba,  las menores eran las que castigaban, cuando se cometía un error o una falta. Entonces decidieron separarlas y enterrar en una cueva a las pequeñas y aunque estaban pegadas, cortaron la unión rezaron, pidieron perdón y las enterraron en la cueva, pero al día siguiente que regresaron a la iglesia, las encontraron pegadas nuevamente y en su lugar, por lo que las cortaron nuevamente y repitieron todo, y otra vez las encontraron al día siguiente pegadas con una carta junto a ellas que decía, ¡oooh mis amados hijos!, nosotras que les hemos entregado tantos dones, y ahora ustedes nos quieren separar. Está bien, háganlo, pero si no quieren morir antes nos deben entregar todas las semillas que les dimos. Y efectivamente, las separaron, y después de rezarles, pusieron en la cueva diversos frutos, sandía, maíz, calabazas, muchos, muchos, y no murieron las personas, pero ese año, todas las cosechas se perdieron, lo que se sembrara, cualquier cosa, no se lograba”. Como podemos ver, en la adoración de las cruces de los mayas rebeldes se encontraba contenida la dualidad de lo femenino y masculino. Tal como en la época prehispánica, la unidad dual se hallaba en el símbolo de la cruz: padre y madre de los cruzo’ob.

Sin embargo, en la nueva religión se incorporó  los binomios complementarios, en este caso Jesucristo y la Virgen María, quienes sustituyen a los dioses Itzamná e Ixchel. La fusión entre la Virgen María e Ixchel se facilitó por la asociación simbólica entre ambas. La primera, producto de sincretismos anteriores con otras diosas, estaba vinculada en la iconografía con la luna, los mares, el agua y la fertilidad, lo mismo que la segunda. La asociación sincrética con la antigua deidad maya permitió que el elemento femenino de la nueva religión representado por la Virgen María, no se suscribiera al ámbito de la reproducción, es decir la maternidad, sino que estuviera vinculada a la esfera pública y particularmente a la guerra.  

Cruz maya, Felipe Carrillo Puerto, 1987.

La dualidad de Jesucristo y la Virgen María quedó plasmada en los escritos elaborados por los cruzo’ob.  La proclama de Juan de la Cruz inicia con la mención de Jesús y María. En el discurso se enfatiza que el permiso para comenzar la guerra es solicitado tanto a Dios Padre como a la Virgen. Asimismo, es notoria la aparición del número siete como parte de los requisitos para acceder a lo divino. El prólogo inicia: “Jesús, María, en el nombre de Dios padre y Dios hijo y en el nombre de Dios Espíritu Santo. Amen, Jesús”. En otro párrafo se puede leer lo siguiente:

“Otra cosa les ordeno donde se encuentren, mis queridos pueblos cristianos: que tienen que saber que siete veces entré de día, siete veces entré por la noche en presencia de mi Padre y en presencia de mi Señora la Dulce Virgen María, para obtener el permiso de iniciar la guerra por segunda vez contra los blancos, de mis hijos los indios contra los blancos”.

 Lo anterior hizo que desde entonces, como hasta la actualidad, en todas las iglesias mayas se encuentren virgencitas acompañando a las cruces o santitos. La diferencia entre los símbolos religiosos es que representan principios diferentes de la dualidad. La importancia de las vírgenes ha sido para los estudiosos un aspecto difícil de comprender. Éstas guardan un tabú: no pueden ser vistas más que por unos cuantos iniciados, por ello permanecen en ánforas cerradas, lejos de las miradas de la gente común.

El descendiente del teniente Sulub es quien nos narra de nuevo el mito de la virgen de Santa Cruz: “Una joven fue a lavar al cenote que está junto a la iglesia, y se dio cuenta que dentro del agua se encontraba una virgencita alumbrada por una vela, la vela no estaba fuera sino dentro del agua y la iluminaba, le fueron a informar al general y éste dijo que iría, pero si la joven mentía, la mandaría azotar, pero al ir, vio que sí era cierto, y desde ese día, cada año le hacen su fiesta”.

Cruz maya, Chetumal, 2021

            Cabe destacar que las vírgenes, al igual que las cruces femeninas, aparecen vinculadas nuevamente a los cenotes y al agua, esto las asocia con la  diosa Ixchel. A diferencia de la cruz o santo patrón a la Virgen  de Tulum, sólo el sacerdote y unos cuantos iniciados la pueden mirar, por lo que sólo es sacada del templo, guardada en un ánfora, durante la fiesta que le dedican. No creemos que sea casualidad, dada la importancia de la Virgen María en la religiosidad de los cruzoob, que las dos Santas Patronas más importantes de la sociedad de los mayas se hayan llamado María, la primera María Hilaria Nahuat quien es nombrada en la proclama de Juan de la Cruz como Santa Patrona de la Cruz y considerada según documentos de la época como reina en 1850. Y la segunda María Petrona Uicab,  gobernadora de Muyil y, a partir de 1863, Santa Patrona y reina de los mayas cruzo’ob.   

La información presentada nos lleva a concluir que en la religión sincrética de los cruzo’ob algunos símbolos, aparentemente de origen cristiano, mantuvieron elementos de  la cosmogonía  prehispánica. A dichos elementos como las cruces y las vírgenes se les confirió un papel diferente al aceptado por la Iglesia católica oficial. Así, la vinculación de la cruz verde maya con el árbol de la vida y el maíz permitió que su representación pudiera ser masculina o femenina, lo que junto a las Vírgenes le dio a lo femenino un papel fundamental en la religiosidad maya. ¿Han cambiado con el tiempo estas representaciones en las actuales iglesias mayas? y de ser así ¿dichos cambios se reflejan o no en la participación de las mujeres en las iglesias mayas y en las comunidades? Estas preguntas están dirigidas a las nuevas generaciones de mujeres mayas interesadas en su identidad y la defensa de sus derechos.  

Georgina Rosado Rosado
Georgina Rosado Rosado es egresada de la Universidad Autónoma de Yucatán, de la licenciatura de Ciencias Antropológicas (UADY), tiene una maestría en Antropología Social en “El Colegió de Michoacán”. Profesora Investigadora de la UADY durante 33 años, donde realizó diversas investigaciones sobre la mujer y las relaciones de género, la cultura maya, la violencia y discriminación entre los jóvenes, entre otras temáticas. Pionera en la aplicación de la perspectiva de género en la docencia y en la investigación en Yucatán. Autora y coordinadora de diversos libros sobre los temas mencionados, así como de artículos científicos y de divulgación en revistas nacionales e internacionales. Durante la gestión de gobierno 2007-2012, fue directora general del Instituto para la Equidad de Género del gobierno de Yucatán (IEGY). Integrante del Sistema Nacional para la Prevención, Atención, Sanción y Erradicación de Violencia y del Sistema Nacional de Igualdad entre Mujeres y Hombres. (2007-20012). Siendo directora del IEGY desarrollo un programa editorial gracias al cual se editaron la Revista “Alas de Mariposas” y cincuenta libros de diversos autores y autoras entre ellos “La Siempreviva”, emblemático del Bicentenario del gobierno del estado. La maestra Georgina Rosado es autora de publicaciones muy relevantes destacando entre estas: 1) Mujer maya: Siglos tejiendo una identidad. 2) Amazonas: Mujeres líderes de la Costa Yucateca, 3) Género y poder entre los mayas rebeldes de Yucatán, 4) Violencia y discriminación de género entre jóvenes de educación media superior en Yucatán. 5) Mujeres en tierras mayas: Nuevas Miradas, 6) Deshaciendo Nudos y 7) Las Hijas de Eva. Las semillas de una revolución. Articulista del Por Esto! del 2000 a la fecha. Colaboradora de la sección Unicornio donde participa en la difusión y desarrollo del periodismo cultural y científico.