Las marcas

Esa luna redonda y roja me fue encomendada para compararla con otra. Se trataba de un ejercicio marcado dentro de la asignatura La expresión oral y escrita en el proceso de enseñanza y aprendizaje, en mis años de estudiante en la Escuela Normal Superior de Yucatán. Había que señalar cuál de aquellas lunas era la más afortunada. Y a mí el ejercicio me salió mal.

Gracias a este trabajo leí a Rulfo por primera vez. Quedé fascinado con el relato del padre que lleva en hombros al hijo moribundo. Sigo fantaseando con poner el cuento en escena alguna vez, como ya hice con Macario.  Y, en mi cabeza, esa luna rulfiana no podía ser más afortunada que la otra, pues era testigo de la tragedia de un padre incapaz de salvar la vida de su hijo. Luna que alumbra muerte es de poca fortuna.

La otra, la luna de Carlos Fuentes en Aura, coronaba la promesa de un abrazo. El vaticinio de una gloria circular, una profecía que —aun causada por una suerte de hechizo— une a ambos protagonistas en un encuentro deseado:

Hundirás tu cabeza, tus ojos abiertos, en el pelo plateado de Consuelo, la mujer que volverá a abrazarte cuando la luna pase, tea tapada por las nubes, los oculte a ambos, se lleve en el aire, por algún tiempo, la memoria de la juventud, la memoria encarnada.

Lo que más me entusiasmó de la lectura de Aura, fue esa narración en segunda persona. Quise escribir copiando ese efecto desde ese momento. Mi relato La cuna del miedo, está escrito en segunda persona y en presente. Por esa obsesión que nació el día que tuve que leer ambas narraciones para poder responder a la pregunta ¿Qué luna es más afortunada?

Como ya dije, mi respuesta fue incorrecta. Según el criterio del profesor, una luna afortunada es una luna llena, un plato, la de Rulfo en este caso. La luna de Fuentes, según el profesor, se antoja pobre, raquítica. O sea que se trataba de una comparación geométrica, científica. A mí ese ejercicio me marcó. Me hizo leer, releer y equivocarme, a pesar de todo. Y recuerdo con cierto placer el hecho de haberme equivocado y el debate que eso produjo. Sigo pensando que afortunada, no era el adjetivo a usar para dicho ejercicio. Porque si comparo desde la geometría, la subjetividad de la fortuna no pinta nada. La fortuna es poesía, el diámetro es ciencia. ¿O era, quizá, la intención del profesor hacer poesía con la geometría? Aún me lo pregunto después de veinte años.

Antes de estudiar la carrera, el profesor que marcó mi vida preparatoriana fue mi maestro de inglés. Cambió mi forma de ver la asignatura (la que odiaba en la secundaria, precisamente por la maestra) y la pedagogía en sí misma. El teacher usaba música en clase. Y podría decir que la música me salvó durante esos años convulsos de crecimiento y descubrimiento personal. El teacher y yo tuvimos una relación muy bonita de alumno-profesor. Llegamos a ser amigos. De hecho, cuando yo estaba ya en proceso de elegir mi carrera, fue él quien me sugirió formarme para ser maestro de inglés en la ENSY. Creo, ahora que pienso con perspectiva, que mi decisión de hacer el examen de admisión, se debió más a la admiración que sentía por él (creo que llegué a estar enamorado incluso) que a mi deseo de enseñar inglés.

Odiaba el inglés en la secundaria. Más bien, me frustraba que, estando tan interesado en la asignatura, las clases fueran tan aburridas. La misma maestra había enseñado a mis padres cuando ellos fueron adolescentes. Enseñaba con fórmulas casi matemáticas algo que se aprende hablando y escuchando. Y, siendo poseedora de un tesoro que yo quería para mí, se convirtió en mi adversaria. Casi todo el alumnado se burlaba de ella por su baja estatura. Algo terriblemente cruel y que me reprocho a día de hoy. No por ser yo quien subía el borrador en lo alto de la pizarra antes de que ella entrara, sino por quedarme callado cuando preguntaba —seria y harta de esa broma durante años—, quién había sido.

La oposición a la autoridad, confrontar las normas y a quien las dicta, era el pan de cada día en la secundaria. Mi yo del futuro recordaría esto durante sus prácticas docentes. Pero mi yo secundarista quería pasárselo bien. Y no por ello dejé de ser un alumno brillante. Seguí la tradición de estar en el cuadro de honor y representar a la escuela en los concursos académicos, de creación literaria y declamación. Esas maestras eran mis aliadas, las que me caían bien. Al fin y al cabo, era eso lo que me gustaba: leer, escribir y declamar.

De mis años de primaria, recuerdo las casas de muchas maestras a las que acudí para prepararme con tareas extra para los concursos. En una de esas casas hacían yogurt. Eso me fascinó. No sabía que fuera posible hacer yogurt en casa. No recuerdo si me dieron a probar, o solamente lo deseé.

Estuve en dos escuelas primarias distintas. Y la transición de una a otra trajo consecuencias de adaptación. Esas cosas que no se suelen tener en cuenta en el desarrollo de un niño, por lo menos a principios de los noventa. Yo llevaba unos shorts azules en mis primeros días del cuarto grado. No sé por qué. Quizá no tenía aún el uniforme. Ese año bailamos Jesusita de Chihuahua para un festival escolar. Aún tengo la melodía en la cabeza, y algunos pasos básicos. El escenario me gustaba.

De esa escuela, recuerdo al intendente, Don Audo, un hombre apacible y buena gente al que una vez vi con un alacrán en la mano. El bicho se paseaba por la extremidad del hombre como si no fuera peligroso. Don Audo me mostró el alacrán de cerca y me dijo que le había quitado el veneno, por eso no le hacía nada. Y que los alacranes tienen debajo del cuerpo dos filamentos blancos que contienen el veneno, y si se los quitas, se vuelven inofensivos, domésticos.

Mucho antes del alacrán, mi profesor de segundo de primaria se vino a mi casa a vivir una temporada. Yo tenía siete años. Recuerdo que una vez, sobre sus cosas personales dejó unas donitas Bimbo a medio terminar, aquellas glaseadas. Me comí todo lo que quedaba en el paquete. Jamás se habló del tema, aunque supongo que él se daría cuenta de que habían desaparecido misteriosamente. En mi cabeza inocente, si no me habían visto, no había sido yo.

Al kínder entré con dos años y medio de edad. Y estuve enamorado una maestra. En casa decía que ella era mi novia.

Me pregunto si estas personas, maestras y maestros que marcaron mi vida, aún se acuerdan de mí.

Ricardo Mena Rosado
Actor, escritor y pedagogo teatral mexicano residente en España. Licenciado en Arte Dramático con Especialidad en Interpretación Textual por la ESAD Sevilla (España) y Licenciado en Educación Secundaria con Especialidad en Inglés por la ENSY de Mérida (México). Su carrera como actor de cine y televisión comienza con las producciones de Diffferent Entertainment, bajo la dirección de David Sainz: Malviviendo, Flaman y el largometraje Obra 67. Como actor teatral, ha participado en Festival Temporada Alta (Girona), Festival Terrassa Noves Tendències (Terrassa), Festival Delle Colline Torinesi (Torino), Festival Grec (Barcelona), Unifestival y Emergentes (Sevilla). Teatro escrito y dirigido por él como Czech dream, La planta bastarda, Macario. Muerto de hambre, El comportamiento de los tejidos y Acullá. Más allá de aquí se estrena en espacios intervenidos que generan interacción con el público. También, escribe y dirige Los bastardos de Matria Llorona (Premio Ubú a Mejor Texto Dramático 2011, Sevilla) y Monstruo (Ciclo Estrénate, Universidad de Sevilla 2013). Coescribe Porn is on con Marina Rodríguez, y es dramaturgista y ayudante de dirección de Ofelia vegetariana (La Turba Teatro) y Romeo o Julieta dormida (Teatro en el Mar). Bajo el sello Ekkyklema Teatro diseña e imparte talleres de sensibilidad y creación teatral a diferentes colectivos en España y México. A raíz de estos talleres ha escrito y dirigido Embolsados, El comportamiento de los tejidos y Al mar le cabe cualquier monstruo.