Madre y Muerte: Historia de un mismo nombre. Obra gabadora del V Concurso Nacional de Dramaturgia «Altair Tejeda de Tamez» 2015

¿A dónde van los desparecidos? Busca en el agua y en los matorrales.
¿Y por qué es que se desaparecen?
Porque no todos somos iguales.
¿Y cuándo vuelve el desaparecido? Cada vez que los trae el pensamiento.
¿Cómo se le habla al desaparecido? Con la emoción apretando por dentro

Rubén Blades

DRAMATIS PERSONAE

Actriz 1 (Madre de mediana edad): Las fotografías de su mirada antes de ir a la escuela dejan profundas raíces en mi alma. La luna era la protección que amantaba los parques antes y después de sus juegos de infancia. ¿Dónde está mi corazón? ¿En mis lágrimas, en el recuerdo de sus ojos, en la cocina que sigue oliendo a leche tibia y vientre abultado? La casa ha perdido los diamantes que la cimentaban. No nos educaron para el entierro de los hijos y las hijas, al menos conmigo no lo hicieron. No nos educaron para el hedor de la pérdida, no nos educaron para seguir luchando, al menos conmigo no lo hicieron. Me pregunto ¿a dónde se van? Quiero ir a buscarla.

Actriz 2 (la Muerte, muy vieja o muy joven): Dicen que soy el triste naufragio: ladrona, inmortal e injusta. Sepulcro y ataúd, pálida trampa de la vida, consecuencia de ser parte de ella. Así como el mar nos separa de la tierra, puedo ser el dulce sueño del que duerme solo, indefenso. Pero no, no lo soy, soy el fin, el designio ante el padecimiento, la asimilación cruel de aquel que no sufre pero inesperadamente se marcha. Soy muchas cosas, pero también temor y olvido. Yo les robo a los vivos el tacto, la sonrisa, la mirada, todo lo que yo nunca supe. Soy memoria y costumbre. Vienen a mí, esperan que se los devuelva. Pero la muerte no devuelve nada.

Actriz 3 (La Noche, mujer madura): Desnuda y con frío, guardo el secreto inhóspito de las tinieblas, de los amantes tristes, de la vulnerable aurora y de los vagabundos que duermen porque no encuentran la luz de la mañana. Soy tiniebla para los videntes e invidentes. El miedo encerrado en un callejón. Tanto silencio solo es respirable cuando las fiestas y las estrellas desconocen la negra ceguera que puede causar mi figura. Poetas celadores de la oscura noche, han suavizado mis peligros.

Actriz 4 (Árbol de espinas en forma de cruz, mujer joven): Tengo fe de crecer fuera de estas tierras áridas, para dejar de ser una rareza por mis hojas diminutas. Permanezco inmóvil por la vergüenza de ser un árbol sin flor ni fruto,

de mí solo brotan espinas. De la raíz al tronco solo espinas, que llegan hasta mis ramas como una enfermedad. A veces parece que es el odio que contamina todo el cuerpo. Los enamorados, los niños y sus padres no me ven con adoración, sino como una enfermedad, con esa mirada desaprobatoria con la que se le ve a la gente por usar bastón una mañana. Tengo fe de estar en un jardín, algún día, algún día.

Actriz 5 (Lago, mujer de mediana edad): De poca profundidad, mi azul es un espejo de agua donde se reflejan los niños felices de los cuentos de hadas. Nací del vulcanismo, de los cráteres, de la formación de barras y aun así, con este cuerpo de agua dulce, también puedo ser estanque y pantano, bosque húmedo de corazón seco. Separado del mar mi alma es de belleza conmovedora, cuando hay luna. Sinónimo de tranquilidad, paseos y descansos. Pero cuando las especies invasoras llegan a mí, me siento vulnerable y puedo hacerles daño.

Actriz 6 (Sepulturera, mujer muy vieja): No soy más vieja que la noche, pero en la oscuridad del entierro soy el rito y la decoración con una pala, para dejar debajo de la tierra al muerto en su último refugio. Dejarlo en la quietud del descanso, en el silencio del adiós. Veladora de este cementerio, están a mi cuidado las criptas, que pueden ser flores o árboles a punto de morir. No puedo dejar que se abran las tumbas, porque este es el punto de encuentro con tus amados. Pero a mí ¿quién me visita? Ni el viento, ni las madres que aman.

Un gran reloj en el espacio escénico que marcará el tiempo real de la representación. Las actrices, durante el texto, se dispersarán entre el espacio (por todo el lugar, incluyendo el público) para perderse en sus pensamientos y encontrarse en ellos al mismo tiempo. Lo importante es que todas, estén siempre en escena.


I. MUERTE

—Ahora estamos todos reunidos.

—Doce de la noche, en punto. Pueden mirar el reloj que está aquí a mi lado. Si no confían en nosotras entonces miren los suyos.

—O pueden usar sus teléfonos celulares.

—Es hora de cerrar las cortinas, impedir el acceso. Esperemos que nadie nos moleste. Si ya consultaron la hora apaguen sus teléfonos.

—Que nadie irrumpa en este recinto porque es sagrado.

—Ahora que ya no lo son ni las iglesias, los cementerios, los velatorios, las escuelas, los hospicios o los hospitales; que este teatro sea el último recinto para poder hablar en paz de todo lo que no está en calma.

MADRE: Quiero hablarles de mi hija.

—No, no eres la única que tiene voz.

—Pero decidimos que hoy, la voz que se va a escuchar es la de ella.

—Soy una madre.

—Nosotras también lo somos.

—Pero no queremos por ningún motivo dejar a un lado su historia, que es como la de todas nosotras.

—Primero queremos preguntarte, cuando pasó… ¿dónde estabas? MADRE: Estaba viendo la televisión.

—¿Entonces no la escuchabas, no estabas pendiente de ella?

MADRE: Estaba como pensaba que estaban todos, viviendo una vida que pensé no podría cambiar.

—No te echamos la culpa.

—No sabías que pasaría.

—¡Pero debió saberlo!, tomar precauciones. Todas lo hacemos.

—Lo hacemos después de que nos pasa o después de que escuchamos que le pasa a alguien.

—No somos jueces para decir que ella tuvo la culpa. Solo queremos que nos cuente su historia.

—Decidimos que seríamos una misma persona porque somos un mismo dolor, un mismo llanto (pausa)… y una misma lucha.

—Puedes usar nuestros cuerpos para contar cómo fue tu historia.

—Sí, cuéntala.

MADRE: Pero si es la misma, ha sido contada desde el principio de los años.

—Queremos escuchar la tuya ahora. Así que dinos, quién será quien.

—Empecemos por el principio. MADRE: Tú eres la muerte.

—¿Y nosotras?

MADRE: Ustedes tienen que ver lo que pasa, ver sin poder hacer nada, solo mostrarse impotentes, si quieren pueden ser indiferentes como lo son algunas (pausa), también tienen que interpretar el personaje que les correspondeDijimos que este es el lugar para decir las cosas como son, como fueron.

—Entonces vamos a decirlas.

MADRE: Estaba viendo la televisión. Ella jugaba, le gustaba estar en la cocina. A veces comía galletas y esperaba a que el gato entrara para jugar con él.

—¿De quién era el gato?

MADRE: De nadie, de todos. Sólo entraba a la casa por comida. Mi hija le daba pequeñas migas, no las comía pero jugueteaba con ellas.

—¿No pensaste que fue una trampa?

MADRE: No, no vivía en una serie televisiva sobre crímenes y extorsiones. Era solo un gato y no tuvo nada que ver con lo que pasó.

—¿Qué estabas viendo?

MADRE: Veía un documental sobre animales. Evito ver las noticias, no era la hora de la telenovela. Veía la televisión porque ya había hecho todas las labores de la casa. Esperaba que dieran las ocho, faltaba muy poco tiempo.

—¿Qué pasa a las ocho?

MADRE: Es la hora de la cena, de la leche tibia, de la plática, de conocer un poco más cómo era Ella, porque a esa hora me platicaba cómo le fue durante el día.

—¿Y entonces?

MADRE: Salí a la calle porque escuché gritos. El grito de una niña.

—Pero eso es peligroso.

—Imprudente.

MADRE: Pero por un momento pensé que podía haber sido la mía aunque era la hija de otra, ¿cómo hacer caso omiso si sabes que puede haber una madre que sufre?

—¿Y no pensaste que era la tuya?

MADRE: Ella estaba dentro de la casa, protegida por el calor de las paredes, en cambio esa niña…

—¿Qué fue de la niña? MADRE: No era una niña.

MUERTE: Era yo, anunciando mi llegada, la forma de presentarme siempre es como la de una buena amiga.

MADRE: Quisiera decir que no vi nada. La calle estaba desierta. Ningún alma. Pero vi a la Muerte.

MUERTE: Siempre que aparezco hay un frío glaciar, algo premonitorio que sólo pueden entender aquellos que me guardan en su corazón.

MADRE: Yo quiero sacarte de él. MUERTE: ¿Realmente me viste?

MADRE: Te reconocí, reconocí ese frío del que tanto se habla, ese hueco en la boca del estómago.

—¿Y qué hiciste?

MADRE: Entré a la casa, fui a la cocina para abrazar a mi hija, para protegerla de ese grito, para decirle que conmigo iba a estar bien, que no iba a pasarle nada y…

—No la encontraste.

—¿Cómo se la llevó?

MADRE: La puerta de atrás. Está en la cocina. Se supone que siempre está cerrada.

—Eso pensamos todas.

—¿Pero verificaste que la estuviera?

—¿Cómo te atreves?

—Dijimos que no somos jueces ¿Cómo te atreves a culparla? ¿Eres como uno

de ellos?

—Tendrías que explicarle al público quiénes son ellos.

—Ellos, los hombres.

—Ve sus rostros de indignación, dirán de nosotras que somos unas feministas radicales y que merecemos lo que nos pasa.

—Cuando pasan estas cosas es a la madre a quien culpan. Estoy hasta la madre. Cuando pasan estas cosas piensan que nunca debimos de haber parido. Porque se supone que somos nosotras las que tenemos la obligación de cuidarlas.

MUERTE: Cuando pasan estas cosas ningún hombre o ninguna mujer puede evitarlo. Cuando pasan estas cosas es mejor tener la cabeza alta y abrazarse mutuamente.

MADRE: Grité, no pensé en nada, tenía un presentimiento.

—Debiste haber llamado a alguien.

MADRE: Abrí la puerta de la cocina y salí corriendo a la calle. Todo gélido, vacío, solitario.

—Como lo son algunas navidades.

—Cuando no sabes dónde están tus hijos.

—O la pequeña que alguna vez arrullaste en brazos. MADRE: En la calle estaba él.

—¿Quién?

MADRE: El hombre que siempre está borracho en la esquina.

MUERTE: Ese hombre que ha estado muerto desde hace siglos, al que no le importan las balas, al que no le importa la muerte.

—En todas partes hay uno.

—Uno que lo ve todo y no cuenta nada.

—Uno que cuando pasas a su lado te pide dinero o un poco de comida y le da igual si no le das nada.

MADRE: Me encontré con él y le pregunté si no había visto a una niña de 10 años.

—¿Cómo puedes confiar en la palabra de alguien así? MADRE: ¿Qué más podía hacer?

—No te atrevas a decir que llamar a las autoridades, tú y yo lo hicimos. No te atrevas a sugerirle que hizo mal confiando en ese hombre. A veces esos hombres son de más ayuda que todos los cuerpos policiacos.

MUERTE: La desesperación es un látigo al que están acostumbradas, un látigo al que les gusta aferrarse. Importa el dolor, porque importa no dejar de sentir, creen que el dolor es una llama que las mantiene vivas.

MADRE: Ese hombre me miró con compasión. Pude ver en sus ojos una infinita tristeza a pesar de que no entendía mis palabras. Me pidió aguardiente. MUERTE: Cuando se trata de la Muerte todos entienden lo que pasa, cuando se trata de la Muerte todo argumento es sinónimo de algo.

—Imagino que no le habrás dado nada. MADRE: Lo seguí mirando.

MUERTE: Como si mirar a alguien con la intensidad necesaria generara respuestas, a veces solo produce lástima.

MADRE: Me dijo que le preguntara a La Noche.

—¿Que le preguntaras a La Noche?

—¿Qué quiere decir eso?

—¿Que tenías que gritar a la nada dónde estaba tu hija?

—¿Que tendrías que parecer posesa gritando a los cuatro vientos desesperada si habían visto a una niña de 10 años?

MADRE: No tenía elección. Si te quitan a una hija lo normal es gritar. Si te quitan a una hija no importa quién juzga tus gritos. Solo importa recuperarla.

—Entonces ¿qué hiciste? MADRE: Le pregunté a La Noche.

—Vaya pendejada.

II. LA NOCHE

—Estamos aquí para escuchar una historia.

—Así que si se lo preguntó a La Noche se lo preguntó a La Noche.

—Si La Noche hablara imagina todas las muertes que nos contaría.

—Nos lo cuenta, aunque no la oigas.

—Pendejadas.

—Vamos a imaginar que le preguntaste a La Noche ¿Qué te dijo?

MADRE: Que ella podía hacerme saber dónde estaba. Que ella ha visto por siempre todo.

—Al principio eran las tinieblas…

—Siguen siendo tinieblas, no importa la tenue luz, siguen siendo tinieblas.

—¿A quién le toca?

LA NOCHE: Yo soy La Noche.

—Estás un poco vieja, dicen que La Noche es joven

—También dicen que La Noche envejece a los que no le temen. O los atrapa para siempre por caminar temerarios y sin miedo.

—Nunca había oído eso.

—Pues eso dicen.

LA NOCHE: Es mejor que hable, es mejor que sepas que tengo ojos y miro hacia todas partes. ¿Qué parte de mi mirada quieres?

MADRE: Es una niña de 10 años, tiene el rostro marcado por pequeños recuerdos, no tiene aún muchos instantes. Es una niña que aún no sabe qué es un beso de amor o una desilusión que la obligue a doblegar el alma. Es una niña que apenas camina sin tropezarse. Quiero que la mires a ella.

NOCHE: La vi, la veo y parece que la sigo mirando. MADRE: ¿Dónde se encuentra?

NOCHE: ¿Por qué quieres saberlo?

—Porque es su hija con un carajo, nosotras queremos saber dónde están las nuestras, queremos saber qué pasó con ellas.

—Tienes que controlarte.

—Tiene que decirle.

—Se lo va a decir.

—¿Y por qué no se lo dice de una puta vez?

—Porque quiere decirle algo antes. LA NOCHE: Quiero decirte algo antes.

MADRE: No puedo esperar, tengo que saber.

LA NOCHE: Podrías ir en su búsqueda, podrías caminar largas horas hasta perderte, pero no lograrás nada. Yo vi que se la llevó la Muerte y ante eso, no puedes hacer gran cosa.

MADRE: Tengo que hacer algo.

LA NOCHE: No se puede luchar contra la Muerte cuando la tienes frente a ti, o cuando te lleva de la mano.

MADRE: ¿Entonces ella está muerta?

LA NOCHE: Sí. ¿Qué más puedes hacer?

MADRE: Quiero ver por última vez su rostro. Saber en dónde está enterrada. LA NOCHE: ¿Por qué?

—Porque es una madre, carajo, una madre.

—¿Te quieres ir?

—No le puede hacer eso.

—Si cerramos las puertas para que nadie nos interrumpa, no es justo que tú lo hagas.

—Pero…

—Si no eres capaz de soportarlo entonces debes irte.

—¿Y quién ocupará mi lugar?

—Siempre habrá otras. Todos los días somos muchas más.

—Quiero quedarme. Saber cómo fue.

—¿Aunque sea solo una historia?

—Pero no un engaño.

LA NOCHE: Deberás acostarte todo el día a partir de mañana. Llorar, no dormir, ver en las risas de otras niñas las rosas que no florecerán jamás. Deberías ir a buscar a las autoridades, que sean ellos quienes arriesguen pies, torsos, cabezas y manos para encontrarla, no tú. Deberías hacer un altar y rezar para que los muertos estén muertos y no sufran.

MADRE: Nunca podría hacer eso. Quiero verla una vez más. Las imágenes en mi cabeza no bastan. La quiero ver… una vez más y saber dónde podré visitarla.

LA NOCHE: Entonces tendrás que hacerme un favor. MADRE: No hay tiempo.

LA NOCHE: Ahora hay más tiempo que nunca. Si quieres recuperar su cadáver solo te pido a cambio una cosa.

MADRE: No tengo dinero, no tengo mucho de nada.

LA NOCHE: ¿Y quién quiere dinero? ¿Por qué La Noche se complacería con dinero? ¿No has visto la luna? La Noche se complace con cosas como esas.

MADRE: ¿Entonces qué quieres?

LA NOCHE: Quiero que me cantes una canción.

—¿Una canción?

LA NOCHE: No cualquier canción. Una canción de cuna, una nana, como le cantabas a Ella. Estoy en todos los lugares y a veces me detenía en tu puerta solo para escucharte, para oír ese afecto que a tu niña le llenaba la barriga y le hacía crecer el corazón.

MADRE: No puedo, se me quiebra la voz.

LA NOCHE: Te diré entonces que tendrás que caminar hacia el sur, los barrios bajos de esta ciudad, lo inhóspito de lo inhóspito. Después de las casas abandonadas, después del ladrido de perros, después de muchas cosas indescriptibles y obscenas; escucharás solo el silencio. Después del silencio verás un Árbol con espinas en forma de cruz. Ahí te dirán dónde se encuentra. MADRE: ¿Estás segura?

LA NOCHE: Sí.

—Si está tan segura por qué no le dice dónde está y punto. MADRE: Entonces iré.

LA NOCHE: ¿Te podría decir dónde se encuentra ella? No. Es un camino largo. Puedes quedarte a llorar. Hay frío, las lágrimas te darán calor.

MADRE: No, voy a ir.

NOCHE: Te dije lo que querías saber. Ahora si te vas a ir, antes, canta.

La madre canta una canción de cuna para La Noche.


III. ÁRBOL CON ESPINAS EN FORMA DE CRUZ

—Y es así como una voz se apaga.

—O se fortalece como para salir a protestar.

—Aunque algunas personas te miren con desconfianza.

—Porque si alguien te ve protestando ¿entonces qué pensaría de ti?

—Pensaría que eres uno de ellos.

—O que eres una persona honrada.

—Nadie es honrado, todos tenemos algo de qué arrepentirnos.

—Pero hay de grados a grados.

—Parece que quieres echar culpas y vociferar contra alguien.

—El esposo de la Madre trabaja para los que se llevaron a su hija.

—El esposo de la Madre, no la Madre.

—Eso no lo sabes, son sólo rumores.

—Estamos regresando a lo mismo.

—Censuraron el texto, la dramaturgia decía que el esposo era uno de ellos.

—Mejor continuemos con lo que venimos a contar. El público no tienen que saber lo que sucede en los ensayos.

—No hicimos que el público saliera de su encierro, que arriesgara su libertad o su vida, al salir de casa a altas horas de la noche para venir a escuchar nuestras quejas.

—No vendemos quejas, no queremos hacer que desperdicien el poco dinero que tienen pagando su entrada para escuchar quejas.

—Venimos a ofrecerles un poco de teatro, un cuento en voz alta, una despedida, una súplica, una misa para aquellos que todavía creen que los podemos encontrar.

—El esposo de la Madre…

—No hay que dejar de creer.

—Estás haciendo propaganda política. Sí hay que dejar de creer, para que los demás dejen de decir que sigamos creyendo y entonces hagan algo y dejen la comodidad de sus escritorios para ayudarnos.

—Tenemos que continuar.

—La historia se quedó en que la Madre guiada por La Noche fue en busca de su hija.

—Corrió muchos riesgos.

—Como ninguna de nosotras lo haría.

—Yo he hecho todo.

—Todas nosotras lo hemos hecho. Pero estamos hablando de la vida de esta mujer.

—Pero es una mujer igual a nosotras.

—La mujer, es decir, la Madre, tuvo que seguir un camino pedregoso, había muchas casas abandonadas, un constante sonido de grillos, perros, gritos amordazados por la rabia, liberados por la ira.

—No era como caminar de la mano de un niño con el sol alrededor del parque.

—Ni esa sensación que tienes cuando se sientan todos juntos a la mesa, para cenar o desayunar.

—Era otra puta cosa.

—Una cosa que le asustaba porque sabía que podía morir sin saber qué había sido de su hija, sin poder decirle unas últimas palabras.

—Yo no sé si ustedes sientan nostalgia o remordimiento por no haberse despedido de alguien.

—Si creen que debieron de haberle dicho algo a esa persona que ya se fue, porque presentían su final, una cosa nimia pero que ustedes sabían que hubiera sido importante decirla, entonces saben de qué estamos hablando.

—No sé si creen que una palabra en la boca de una madre pueda hacerlos felices.

—Ella lo creía y por eso tenía miedo de morir y no verla.

—Le preocupaban los perros que estaban por doquier.

—Era una Madre de mediana edad pero parecía envejecida buscando a la Muerte.

—Tenía miedo que los perros mordieran sus partes.

—Que la dejaran hecha un despojo como lo han hecho con muchas.

—A nadie se le culpa por no salir de casa.

—A ella cualquiera la culparía de atentar contra el orden público, por no superar una pérdida.

—Atentar contra el orden, porque ella no debería de hacer esa labor, hay personas capacitadas para eso.

—Fue entonces que logró cruzar todos esos baldíos otrora pavimentados.

—Fue entonces que logró pensar que había un atisbo de esperanza para que así no se le helara la sangre.

—Fue entonces que por primera vez se le ocurrió pensar cómo sería ese ser llamado Árbol con espinas en forma de cruz y si en verdad la ayudaría.

—¿Quién te ayuda en estos tiempos?

—Seguramente dirán “son muchos los que te ayudan”, pero no, no es verdad.

—Y ya lejos del griterío solo reinó el silencio.

—Como dijo La Noche.

—Aparentemente intacta el silencio la invadió y llegó a sentir una punzada en el estómago, parecida a la que sintió cuando supo que su pequeña hija no estaba.

ÁRBOL CON ESPINAS EN FORMA DE CRUZ: Una mujer que quiere estar muerta aparece ante mí a estas horas de la noche.

MADRE: No quiero morir sin antes volver a ver a mi hija.

ÁRBOL CON ESPINAS EN FORMA DE CRUZ: Es más seguro que lo último que veas sea una pistola apuntándote a la cabeza.

MADRE: Quiero que me ayude a encontrar a mi hija.

ÁRBOL CON ESPINAS EN FORMA DE CRUZ: ¿No ve que en este lugar no hay nadie? Su hija ya se fue con ellos o con los otros o seguro ya la mataron.

MADRE: Si ya la mataron quiero ver su cuerpo.

ÁRBOL CON ESPINAS EN FORMA DE CRUZ: Es usted una Madre.

MADRE: No me diga que me ciega la esperanza. Piense que alguien haría lo mismo por usted si fuera uno de sus hijos al que se llevaron.

ÁRBOL CON ESPINAS EN FORMA DE CRUZ: Yo no tengo hijos. Para qué exponerlos a esta soledad.

MADRE: Cuando los tienes no dejas de quererlos.

ÁRBOL CON ESPINAS EN FORMA DE CRUZ: No necesariamente ¿Qué quieres de mí?

—Un poco de compasión, ¡hijo de puta!

—Deberías guardar silencio, por respeto al público.

—¿Respeto?

MADRE: Primero quiero que las voces se callen, que dejen de golpear mi cabeza.

ÁRBOL CON ESPINAS EN FORMA DE CRUZ: No soy médico.

MADRE: Lo sé, sé que es usted. Pero si me da la información que necesito esas voces van a callar.

ÁRBOL CON ESPINAS EN FORMA DE CRUZ: Si sabes qué soy, no entiendo por qué viniste conmigo.

MADRE: Me dijeron que usted me ayudaría.

ÁRBOL CON ESPINAS EN FORMA DE CRUZ: ¿Te dijeron a cambio de qué? MADRE: No.

ÁRBOL CON ESPINAS EN FORMA DE CRUZ: Porque nada es a cambio de nada.

—¡Hijo de puta! Habría que castrar al muy cerdo. MADRE: Qué es lo que quiere.

ÁRBOL CON ESPINAS EN FORMA DE CRUZ: Estás desesperada, pero no eres ingenua. Sabes qué quiero.

MADRE: Solo dígame dónde está.

ÁRBOL CON ESPINAS EN FORMA DE CRUZ: Nada es a cambio de nada.

—¡Eso es ser un verdadero maricón! MADRE: ¿Pero me dirá dónde está?

ÁRBOL CON ESPINAS EN FORMA DE CRUZ: Te diré todo lo que sé, nada más.

MADRE: Pero…

ÁRBOL CON ESPINAS EN FORMA DE CRUZ: Es la única forma en la que podrías lograr algo.

MADRE: ¿Qué hago?

ÁRBOL CON ESPINAS EN FORMA DE CRUZ: Desnúdate. Acércate a mí. Tócame.

—No lo tenías qué hacer.

—A veces hay cosas que no se piensan y se hacen. MADRE: Solo quería un abrazo…

ÁRBOL CON ESPINAS EN FORMA DE CRUZ: Solo quiero que me abraces.

—Pero tuviste que haber pensado en las espinas.

—A veces hay cosas que no se piensan.

—Y en eso se te va la vida.

—Las cicatrices no sanan.

—El trayecto se vuelve más lejano.

—Como si ya no tuvieras nada.

MADRE: Tenía la posibilidad de encontrarla. No importaba sentirme sucia. ÁRBOL CON ESPINAS EN FORMA DE CRUZ: Piénsalo como una posibilidad de encontrarla. Solo es un abrazo.

MADRE: Por qué lo necesitas.

ÁRBOL CON ESPINAS EN FORMA DE CRUZ: Todos pasan junto a mí, de lejos parezco como cualquier otro. Pero cuando ya me ven de cerca, cuando ya

me conocen, ven que mi tronco tiene espinas, espinas en forma de cruz. Entonces se van. Tienen miedo de tocarme. Impongo miedo, esa es mi apariencia. Estas espinas han hecho un daño irreparable a mucha gente, para qué negarlo. Y estoy cansado. No solo por lo que he hecho sino por lo que soy. No he recibido calidez humana. Tú eres una Madre y el calor que acumula tu alma es todo lo que quiero.

MADRE: ¿Y después cómo voy a poder continuar?

ÁRBOL CON ESPINAS EN FORMA DE CRUZ: Llevarás entonces otro dolor a cuestas.

—Eso es lo que siempre pasa.

—No estamos obligadas a cargar de más.

—Si no queremos no. También podemos olvidar y punto.

ÁRBOL CON ESPINAS EN FORMA DE CRUZ: Esto que te pido no se lo había pedido a nadie, necesito un poco de calidez, en especial hoy, hoy es un día importante.

MADRE: ¿Por qué?

ÁRBOL CON ESPINAS EN FORMA DE CRUZ: Hoy voy a morir, por eso quiero sentir esa calidez de la que me han hablado y de la que he hecho caso omiso. A cambio te diré lo que quieres saber. Solo quiero un abrazo sincero.

MADRE: Primero dime dónde está

ÁRBOL CON ESPINAS EN FORMA DE CRUZ: No. Después no vas a cumplir. MADRE: Si no cumplo me matas.

ÁRBOL CON ESPINAS EN FORMA DE CRUZ: ¿Cómo sé que no estás muerta? (La madre abraza al Árbol con espinas en forma de cruz, es un abrazo lleno de dolor. Cuando se separan la Madre está ensangrentada, no puede ponerse de pie). Tienes que ir al Lago, del otro lado del Lago se encuentran ellos, la tienen, no te puedo decir si está viva.

MADRE: Está viva. Lo siento.

ÁRBOL CON ESPINAS EN FORMA DE CRUZ: No esperes mucho, piensa que al menos la volverás a ver, aunque esté muerta.

—Te desangraste por tan poca información, por un simple indicio.

—Como si abortaras el alma.

—Pero tienes que seguir caminando. MADRE: No sé si pueda continuar.

—Tienes que… vamos al Lago.


IV. LAGO

—Desaparecidos y desaparecidas. Así les llaman. LAGO: No es una palabra que humedezca.

—Así le dicen a todos. Es una palabra que te seca, como si de pronto ya no fueras nada.

LAGO: Me secaré un día y sentiré todas sus penas. Ahora no me las puedo imaginar. Sería como si en el velorio te dijera “sé lo que sientes”, pero no lo sé, no podría saberlo, entonces para qué decirlo. No voy a decir que me duele lo que les pasa.

MADRE: Sin lástima, dime dónde está. LAGO: Haré lo mejor posible.

—Ni se te ocurra interrumpir la historia con tus vulgaridades.

—Dijiste que te querías quedar, entonces tiene que ser sin reprocharle nada a nadie.

—Nada de nombres, nada de denuncias, sólo sigan el texto.

—Texto mutilado. No me mires así.

—Sólo queremos que dejes seguir la historia al pie de la letra.

MADRE: Siento como si estuviera en una persecución en la que no encuentro un lugar donde esconderme. Me veo muy mal, no sé si tenga la suficiente sangre para nadar y cruzar el Lago. Sé que del otro lado estará Ella.

—¿Cómo lo sabe?

—Conocemos los rincones en donde se ocultan los sentimientos. Solo que a veces preferimos cerrar los ojos. Pero si algo pasa sabemos en donde fijar la mirada. Tenemos intuiciones.

—Somos madres.

—¿Cómo es posible que esto esté sucediendo aquí?

—Sucede en todas las ciudades, en todos los países.

—Y aunque a algunos les cueste creerlo, sucede incluso aquí, en este lugar.

MADRE: Quiero creer que estoy a punto de llegar, pero mis pies no han tocado siquiera el agua.

—Hay que dejar de creer, para que los demás dejen de decir que sigamos creyendo y entonces hagan algo.

MADRE: Veo el lago, el agua en la que se refleja la luna, como si hubiera un poco de luz, como si mirara a través del espejo…como si esto fuera una pesadilla que termina en un lago. Convertir la pesadilla en sueño como si le contara un cuento a mi pequeña niña, como si yo y ella fuéramos los personajes de los dibujos que hacía en la escuela, en los dibujos muchas veces estaba mamá. Todo esto es un invento de nuestra cabeza, no está pasando. Esto no puede estar sucediendo.

—¿Cómo cruzaste el Lago?

—Conozco a muchas que no hubieran llegado hasta donde tú llegaste, si no pudiste cruzar el Lago, no importa.

—Podemos inventar una historia en la que todo saldrá bien, para poder recobrar la esperanza.

—No así se recupera la esperanza, dejémonos de mentiras, digamos las cosas como son, no hay que darle falsas esperanzas a nadie.

—Así que si no cruzaste el Lago, no lo cruzaste y punto, que alguien más cuente una historia, pero que esté completa.

MADRE: Sí pude cruzarlo, pero me costó mucho. Al principio se mostró como si no le importara mi hija, luego dijo que solo quedaba resignarme.

—Lo dice porque no ha sufrido.

MADRE: Me dijo que no podía dejar pasar a nadie, porque del otro lado está el gran invernadero de la Muerte. Y la Muerte no acepta visitas. Ella te visita a ti no tú a ella.

—No sabía que existiera tal lugar.

—No existe, es un cuento. Nos estamos olvidando que esta representación sirve para poder hablar de nuestras hijas e hijos pero nunca hemos dicho sus nombres, no sabemos dónde están, no es para contarnos cuentos como si fuéramos unas niñas aterrorizadas.

—No somos unas niñas, somos unas mujeres aterrorizadas.

—Yo a veces pienso qué habrá pasado con ella, luego empiezo a pensar cosas malas y entonces dejo de pensar.

—Continuemos con la representación.

MADRE: No tenía muchas fuerzas para cruzar el Lago. Hubiera sido capaz de beberme toda el agua para poder cruzarlo.

—Cuando se trata de nuestros hijos hacemos lo imposible.

—Aunque a veces no sirva de mucho.

LAGO: No te comportes como una idiota, no vas a poder cruzar bebiendo el agua como si fueras un caballo. Ya te dije, nadie pasa.

—¿Y cuál fue la solución?

—Conozco a personas así. Te dicen que regreses a casa, que no hay nada que hacer, te dicen que busques en otro lugar, que te des la media vuelta y no los molestes, con gente como esa nos enfrentamos todos los días.

MADRE: Sí puedo pasar. Todos son corrompibles. Dime qué quieres. LAGO: Tú no me puedes ofrecer nada.

MADRE: Haré lo que sea.

LAGO: ¿Y eso qué significa para mí? ¿Qué quiero? Esa es la pregunta. Me mantengo inmóvil, siempre vigilando este lugar, hasta ahora no había llegado nadie aquí, tienes agallas y también mucha fe. Me aburro en esta soledad. Si te dejo pasar sin signos de lucha, la muerte se la cobrará conmigo, ella no perdona. Hace siglos o milenios que no veo a nadie sufrir, así que eso es lo que quiero: tu sufrimiento para intentar entenderlo.

MADRE: No tienes idea de mi sufrimiento. Si pudieras ver a través de mi alma te regocijarías de placer por todo lo que sufro.

LAGO: Pero te mantienes fiera, como si quisieras continuar y por tu bien no lo hagas, no sigas adelante.

MADRE: Lo tengo que hacer. Dime ¿qué quieres que haga?

LAGO: Tendrás que darme tus ojos, tu mirada. Todo lo que te define a partir de ahora estará en un solo gesto. Si estás dispuesta a desprenderte de ellos a fuerza de llanto, te conduciré al gran invernadero donde reside la Muerte, cuidando flores y árboles; cada uno de ellos es una vida humana.

—…

—…

—…

—No sé si pueda seguir con esto.

—Tenemos que seguir, porque ella que es una Madre sufre al contarlo.

—Tienes que seguir, tenemos que seguir.

La madre queda ciega por el llanto


V. SEPULTURERA

Afuera del teatro se escucha a lo lejos, apenas audible, consignas de una manifestación por los desaparecidos…

MADRE: Tenía una venda en los ojos, eran tinieblas a causa de tanta agua, pero había una luz que me guiaba, era la imagen de Ella corriendo hacia la casa antes que cayera la lluvia.

—Cómo podías saber dónde estabas.

MADRE: Estaba en el invernadero de la muerte, era un edificio derruido, si alguien lo hubiera visto no se hubiera atrevido a entrar.

SEPULTURERA: Mientes.

—No te salgas de la partitura dramática, tenemos que continuar.

—Yo sí hubiera entrado, si a mi hijo lo puedo encontrar ahí no dudaría en entrar.

SEPULTURERA: Es claro que miente, está inventando todo, si estaba ciega no podía saber nada de nada.

—¿Puedes interpretar al personaje o tenemos que reestructurar todo? Hemos dejado que te quejes e interrumpas toda la noche, pero una cosa es que todas estemos heridas y otra no cumplir con lo que habíamos pactado: mostrar nuestro dolor para exhibir lo que en este país pasa. Pueden decir que somos informativas, que ya todos lo saben pero no nos importa.

—Afuera hay muchas personas que están siendo informativas, se quejan y con eso dejan un documento de todo lo que pasa.

—Desde aquí se escuchan sus consignas.

—No pueden estar en paz.

—Nosotras queríamos paz para nuestras hijas y ahora no la tenemos nosotras.

—Nuestra manifestación sucede aquí y ahora. Así que mejor continuamos. MADRE: Pude haber inventado la forma arquitectónica en la que habita el jardín de la muerte, pude haberles descrito paisajes, formas, colores, ornamentos, pero no veía nada, lo único que veía entre las tinieblas era un edificio derruido que era mi casa, esa casa antes llena de alegría, donde vivía con los mismos problemas de siempre, los que tenemos todos. Y si mi hija se encontraba ahí entonces la única imagen que podía tener en la cabeza era esa, decidí olvidarme de la casa derruida y del olor de la cocina durante las mañanas.

—Como los manifestantes de afuera no debemos callar. Tu historia es la de una Madre.

—Tu historia puede ayudarme a saber dónde está mi hijo.

MADRE: ¿Aquí está la muerte que se ha llevado a mi hijita? Es una niña de 10 años, tiene el rostro marcado por pequeños recuerdos, no tiene aún muchos instantes. Es una niña que aún no sabe qué es un beso de amor o una desilusión que la obligue a doblegar el alma. Es una niña que apenas camina sin tropezarse.

SEPULTURERA: La muerte no ha llegado, está muy ocupada. ¿Cómo encontraste este lugar?

MADRE: A fuerza de dolor y llanto. El mapa estaba en mi corazón. La Noche, El árbol con espinas en forma de cruz y el Lago me han ayudado. ¿Dónde puedo encontrarla?

SEPULTURERA: No lo sé. Y ellos no te han ayudado, se han aprovechado de ti, veo que estás con la voz quebrada, el cuerpo ensangrentado y ciega, ¿quién te ayuda cegándote?

—Muchos te ciegan y no ayudan, otros ayudan y te ciegan.

—Así ha sido siempre. MADRE: ¿Quién eres tú?

SEPULTURERA: Soy una madre.

—Debes de continuar estoica interpretando al personaje, que no te domine el llanto.

SEPULTURERA: Soy la que cuida este lugar. Podrías llamarme Sepulturera. “Esta noche se han marchitado muchos árboles y flores; no tardará en venir la Muerte a trasplantarlos. Ya sabrás que cada persona tiene su propio árbol de la

vida o su flor, según su naturaleza. Parecen plantas corrientes, pero en ellas palpita un corazón; el corazón de un niño o una niña puede también latir. Atiende, tal vez reconozcas el latido de tu hija, pero, ¿qué me darás si te digo lo que debes hacer después?”.

MADRE: No tengo ojos, no creo tener nada que necesites.

SEPULTURERA: Sí tienes…“puedes cederme tu larga cabellera negra; bien sabes que es hermosa, y me gusta. A cambio te daré yo la mía, que es blanca, pero también te servirá”.

MADRE: ¿Qué importa una cabellera de plata?, ¿qué importa parecer una anciana?, ¿qué importa parecer que he envejecido miles de años?, si podré al menos tocarla, sentir su rostro como cuando la despertaba con una caricia.

SEPULTURERA: Escuchen, afuera las cosas se han puesto violentas.

—Las vuelven a callar.

—La misma paliza.

—La misma indiferencia.

—La falta de sangre.

—El miedo manifestándose con macanas, gases lacrimógenos y balas de goma.

—Hay que seguir, ¿cómo eran las flores y los árboles?

—Porque estamos seguros que rebosaban de vida, de la vida de los nuestros. MADRE: “Crecían árboles y flores en maravillosa mezcolanza. Había preciosos jacintos bajo campanas de cristal, y grandes peonías fuertes como árboles; y había también plantas acuáticas, algunas lozanas, otras enfermizas. Serpientes de agua las rodeaban, y cangrejos negros se agarraban a sus tallos. Crecían soberbias palmeras, robles y plátanos, y no faltaba el perejil ni tampoco el tomillo; cada árbol y cada flor tenía su nombre, cada uno era una vida humana; la persona vivía aún: éste en la China, éste en Groenlandia o en cualquier otra parte del mundo. Había grandes árboles plantados en macetas tan pequeñas y angostas, que parecían a punto de estallar; en cambio, se veían míseras florecillas emergiendo de una tierra grasa, cubierta de musgo todo alrededor”.

—Todo parece de otro mundo.

—El teatro es otro mundo.

MADRE: Entonces puede reconocer el latido de un corazón pequeño, era el latido de mi niña.

—A veces pensamos que todas las niñas son nuestra niña.

—O que todos los niños son nuestros niños.

—O que todos los jóvenes son nuestros jóvenes.

—Nos ciega una falsa esperanza.

MADRE: Yo sabía que no era eso, porque sabía perfectamente que esa pequeña flor era mi niña.

—¿Estabas segura?

MADRE: Había otra flor a su lado, igual de marchita, latía con la misma delicadeza.

—Entonces no estabas segura.

—Cualquiera de las dos podía ser.

—¿Y qué hiciste?

MADRE: Quise correr hacia ellas, abrazarlas, bañarme en su aroma, postrarme ante su belleza, pero la Sepulturera no lo permitió.

SEPULTURERA: No te muevas. Ahora todo es silencio, la manifestación terminó. Esa flor puede morir o vivir, está en un estado lamentable pero se puede arreglar. Aunque eso solo es decisión de la Muerte.

MADRE: ¿Qué hago entonces?

SEPULTURERA: “Quédate aquí, y cuando la Muerte llegue, pues la estoy esperando de un momento a otro, no dejes que arranque la flor; amenázala con hacer tú lo mismo con otras y entonces tendrá miedo. Es responsable de ellas, ante el universo y el infinito; sin su permiso no debe arrancarse ninguna”.

MADRE: Haré lo que dices.

SEPULTURERA: Entrégame entonces tu cabellera.

Se las intercambian.

MADRE: ¿Y ahora? SEPULTURERA: Una última cosa.

—Hay que pasar a la última escena. MADRE: Déjenla hablar.

—Ya habló mucho, si todas dijéramos lo que tenemos que decir no acabaríamos nunca.

—No debemos salirnos del guion.

—Tampoco deberíamos ser tan rígidas. MADRE: ¿Qué otra cosa quieres?

SEPULTURERA: Ya no hablo como personaje, sino como hablaría cualquiera de ustedes. No quiero quedarme aquí para siempre.

—Cuando termine la función todas nos podremos ir. SEPULTURERA: No me refiero a eso.

MADRE: Lo sé. El problema es que es muy probable que a causa del dolor te quedes en un invernadero como este. Pero por eso estoy aquí, para visitarte cada vez que lo necesites, tendrás todo mi apoyo. Te hablo no como personaje, sino como persona.

Aparece la MUERTE.


VI. MADRE y MUERTE

MUERTE: ¿Cómo encontraste el camino hasta aquí? ¿Cómo pudiste llegar antes que yo?

MADRE: ¡Soy una madre!

—¿Qué hizo la muerte?

MADRE. No se inmutó, siguió con su labor, iba por una de esas dos flores marchitas y quise detenerla.

—¿Cómo detienes a la muerte?

—Eso ya no está a nuestro alcance.

—Pero en el teatro todo es posible.

—No siempre.

MADRE: Quise tomarla de las manos para que no pudiera hacer nada con ellas, pero un frio glacial, un frío más frío que el hielo del ártico hizo que enseguida retirara las manos.

—Contra la muerte no se puede hacer nada.

—MUERTE: Contra mí no podrás hacer nada.

—MADRE: Dios sí puede.

—¿Dónde está Dios entonces que permite todo esto?

—No vinimos a cuestionar las creencias de nadie.

—Dioses, el infinito, el universo, el tiempo, el espacio, el arte, la nada, no importa cómo lo llames o en qué creas, solo sabes que hay algo que destroza el alma y te quita la vida.

MUERTE: Hay alguien más que decide quién vive y quién muere, desconozco cómo hace para saber cuándo eso pasa. “¡Yo hago solo su voluntad! Soy su jardinera. Tomo todos sus árboles y flores y los trasplanto a otro jardín, a una tierra desconocida; y tú no sabes cómo es y lo que en el jardín ocurre, ni yo puedo decírtelo”.

—Nadie puede decirnos lo que hay en ese otro jardín, pero sí pueden decirnos en dónde están los restos de nuestros difuntos.

MADRE: Yo estaba frente aquellas dos flores marchitas, mi hija aún no estaba muerta pero la muerte iba tras ella, así que hice lo que la Sepulturera dijo, amenacé a la muerte.

—¿Qué pensabas conseguir con eso?

—Obvio, que no matar a las flores, nadie debería ver cómo matan a sus hijos, ni los hijos deberían ver cómo matan a sus padres.

MADRE: Si te acercas un poco más, entonces arrancaré estas dos flores sin importarme nada y serás tú la quien tendrá que rendir cuentas, no sé a quién, pero lo tendrás que hacer.

MUERTE: La ceguera habla por ti. ¿Crees que una de ellas es tu hija? MADRE: Una de ellas lo es.

MUERTE: Entonces no serás capaz de matarla.

MADRE: No tienes ni idea de lo que es capaz de hacer el amor de una madre. MUERTE: He estado aquí desde que nació la vida, porque yo nací con ella. He visto cómo hijos e hijas matan a sus madres y padres, como madres y padres matan a sus hijos e hijas, cómo los hermanos se matan entre sí, cómo los desconocidos y los conocidos son capaces de atestar el último golpe. Así que sé todo de lo que son ustedes capaces. Los conozco porque son mi memoria.

MADRE: Entonces no dudes por ningún momento la desesperación que me invade.

—No eras capaz de hacerlo.

—Ella lo sabía.

—Tu amenaza era falsa.

—Era fácil darse cuenta de eso.

MADRE: No, estuve a punto de matar esas dos flores marchitas y después suicidarme. Cuando crees que has perdido todo, empiezas a soñar con momentos idílicos y llenos de esperanza. Empiezas a creer que si matas a tu hija y estás tú también muerta entonces podrán reunirse.

—Eso es perder la razón.

—Rendirse por completo.

—Por eso estamos aquí, para que nadie se rinda.

—Estamos aquí para hacer teatro.

—Es fácil decir “tienes que seguir adelante”, es fácil decirlo. Palabras huecas, oídos sordos. Se necesita más que el simple consuelo. Se necesita que te importen otras cosas.

—Y no siempre la gente está dispuesta a hacer algo para que las cosas te vuelvan a importar.

MUERTE: Dices que eres desdichada, que tu alma está rota, que la paz nunca más volverá a tu corazón. Y aun así ¿quieres hacerle lo mismo a otra Madre?

MADRE: ¿A otra Madre? ¿Dónde está esa otra Madre?

MUERTE: No ha podido llegar tan lejos como tú, no sé si quiera o si lo ha intentado. Pero que la ceguera no hable por ti. Aquí tienes tus ojos, he sacado del lago todas las lágrimas que salieron de ellos ¡brillaban tanto! Sabía que esos ojos sólo podían ser de una madre, por eso los traje conmigo. Tómalos, son más claros que antes. Mira luego el profundo pozo que está a tu lado. Te diré los nombres de las dos flores que querías arrancar.

MADRE: Sé el nombre de al menos una de ellas porque es mi hija.

—Pero no sabes cuál.

—Tienes que saber la verdad. Sólo eso te ayudará a seguir.

MUERTE: Una de esas dos flores es tu hija, la otra flor es la hija de otra Madre. Una de esas dos flores está a punto de morir, no te diré cuál, pero si fuera la hija de la otra Madre la que sobreviviera tú le hubieras arrancado la vida. Quiero que veas el porvenir de las dos, todo el curso de su vida. Quiero que veas lo que estuviste a punto de destruir.

MADRE: Dime cuáles son los nombres de esas flores, con eso sabré cuál es mi hija. Cuando te lleves la flor que ha de morir sabré entonces si hay esperanza. MUERTE: Quiero que veas la vida de las dos, porque a pesar de que sus historias son diferentes, ambas tienen el mismo nombre.

La Madre no aparta la mirada de la oscuridad del pozo…


VII. HISTORIA DE UN MISMO NOMBRE

Tocan a la puerta

—Debemos terminar.

—Ya vienen por nosotras.

—Entonces todo se habrá consumado.

—No, porque regresaremos otra vez a este mismo lugar.

MADRE: Desde que empezó esta pesadilla no he mirado más que la oscuridad del abismo.

—Nosotras pensamos igual.

—Un mismo nombre.

—Pero destinos diferentes.

MUERTE: La primera flor tendrá un destino tan oscuro como la noche en eclipse, su sonido será llanto de lobos y gritos de hombres que no tienen derecho al perdón ni a la esperanza. Crecerá pero no por mucho tiempo, su corazón se irá apagando y parecerá que le han robado el alma. Pero crecerá lo suficiente como para robar otras almas, lacerar otros corazones. Primero será oprimida, luego será el opresor porque así la habrán educado. No conocerá la paz, esa palabra será tan lejana como el oriente, tan distante como su primera sonrisa. El odio la hará querer vivir, pero al igual que ella habrá alguien con un dolor semejante que terminará por matarla. Estará irreconocible para cualquiera de sus hermanos, los demás se compadecerán de ella si escuchan o leen su historia, pero no querrán que sea amiga de cualquiera de sus hijas. Tendrá miedo de cualquier persona que lleve algún uniforme, ya sea de policía, militar, funcionario o clérigo. Su cuerpo aprenderá a resistir los abusos pero no podrá huir del hábitat de sus cicatrices. Eso pasará con esta flor si su destino es vivir.

MADRE: ¿Es el destino de mi hija?

MUERTE: No te lo diré. Es el destino de la primera flor, nada más eso te puedo decir.

—Merece saberlo.

—Yo no quiero que alguien me diga que así va a terminar mi hija. Me negaría a creerlo.

—Por eso es mejor que no le diga.

—No hay que ser cobardes, a veces es mejor saber.

—Lo dices porque no estás en su lugar.

—Mi hija también está desaparecida.

—Pero la muerte no está frente a ti diciéndote lo que va a ser de ella.

—Imagino que tú sí querías saber.

MADRE: Quería saber pero también tenía mucho miedo de que pudiera terminar así. Empecé a dudar, nadie se merece ese destino.

—Pero muchas niñas lo tienen, podría nombrar los países en donde habitan, como éste.

MUERTE: No puedes rescatarla porque ese es el destino que tendrá esta flor si es que queda con vida. Su vida ya está trazada.

—Una vez encontraron una niña muerta cerca de casa, pensé que era mi hija, fui a la procuraduría para ver si ya la habían identificado. Rogaba con todo mi ser que no fuera ella, pero había pasado tanto tiempo, la sentía tan indefensa, que también rogué para que por fin descansara, que estuviera muerta.

—Las cosas no son tan fáciles de entender si no les ha pasado nada de lo que aquí se cuenta.

—Y aún si les pasara, no sería fácil. MADRE: ¿Y la otra niña?

MUERTE: La otra flor tendrá el destino contrario, aquí no hay matices sólo contrastes. Pintará un arcoíris y tendrá nuevos recuerdos. Los besos de amor no terminará de contarlos y la gente hablará de ella, dirán que mantiene la esperanza gracias a su trabajo. Cargará un dolor a cuestas como todos los humanos, pero sabrá cómo huir del rencor, cómo contener la ira, pero no dejará de guardar el resentimiento que es común cuando se vive una vida. Pero a cambio de eso conocerá arquitecturas que son vedadas a muchas personas. Tendrá hijos que correrán por la ciudad intentando escapar de la neurosis y la histeria, la van a querer y en ocasiones la van a contradecir. La

ilumina el sol, como escenografía un departamento, los actores tienen larga vida y se despiden de ella, el final de sus días es porque nunca pudo olvidar a los que se fueron y muere de tristeza después de muchos años. Eso pasará con esta flor si su destino es vivir.

MADRE: Si la primera flor es mi hija llévatela, no quiero que sufra.

MUERTE: Estás aquí por tu hija, porque pensabas que estaba viva, ¿ahora no la quieres si su destino es sufrir?

—¿Quién quiere ver sufrir a su hija? MADRE: Quiero que sea feliz.

MUERTE: Será lo que tenga que ser. Me llevaré una flor en unas horas. No quiero decirte cuál ni tampoco si es tu hija.

—No es justo.

—No tiene que ver con lo justo.

—Tiene que ver con lo que quiera ella. No con lo que quieres tú.

—Respetable público, estamos a punto de terminar. Esperamos que no les gusten los finales felices.

MADRE. No sé si lo quiera contar. No sé si quiera contar lo que hice.

—No lo hiciste tú, fue tu personaje.

MADRE: No dejo de convencerme que fui yo. Que dije lo que hubiera dicho si esto en verdad hubiera pasado.

—Entonces dijiste, que…

MUERTE: Me voy, tengo cosas que hacer, regresaré por la flor pronto, no puedes hacer nada.

MADRE: Espera, quiero saber… MUERTE: ¿En verdad quieres saber?

—¿Querías saber?

MADRE: No. No quiero saber, prefiero salir de aquí y olvidar todo el dolor. MUERTE: Tu cuerpo está muriendo y las raíces se van secando.

MADRE: Creo que porque soy una cobarde. He traicionado todo lo que creo al renunciar a saber.

—No estamos aquí para juzgar a nadie.

—El público es quien juzga.

—Para eso está aquí, para escuchar y tener una opinión.

MADRE: La muerte se fue, dejé que se fuera. Quise acércame a esas dos flores para intentar reconocer a mi hija, las dos parecían ser la misma, tenían el mismo nombre. Quise tocarlas como despedida. Lo hice, y me dispararon.

Afuera del teatro se escuchan disparos


EPÍLOGO

¿CÓMO SE LE HABLA AL DESAPARECIDO?

Tocan a la puerta

MADRE: Una bala en la cabeza.

—¿Te dispararon?

—¿Cómo sobreviviste? MADRE: Estoy muerta.

—No puedes estar muerta porque estás aquí.

—Eso no quiere decir nada.

—El público nos ve, esa es una prueba de que estamos vivas. No hay que perder la cordura, no hay que dejarse llevar por la emoción, somos madres pero también somos actrices.

—Seguimos vivas.

—No me cansaré de repetirlo.

—Lo repetiré hasta el cansancio para que nazca una flor.

MADRE: Creo que nadie puede ver el invernadero de la Muerte, creo que por eso me mataron. Fui muy lejos en su búsqueda, eso, parece que no está permitido. No encuentro ninguna otra explicación para estar muerta que haber visto el invernadero de la Muerte.

—Es el teatro, la convención, se rompen los esquemas.

—Es gracias al teatro.

Tocan a la puerta

—Nos tenemos que ir.

—Si esperan un final se van a decepcionar porque para estas historias no hay finales.

—Historias como estas continúan, continúan para siempre.

  • “El pasado 17 de octubre de 2014 el cadáver de Margarita Santizo fue velado en la calle Bucareli de la Ciudad de México, frente a la Secretaría de Gobernación. Así se cumplía la última voluntad de la difunta, que había buscado sin éxito a su hijo desaparecido”.
  • “La escena sirve de alegoría para un país donde la política amenaza con transformarse en un rito funerario”.

—Yo puedo quedarme aquí.

—O salir a las calles a seguir buscando.

—Aunque sea a gritos.

—Porque ¿cómo se le habla al desaparecido?

—Cada quien tendrá su propia forma de hacerlo.

—O una en común.

—Cumplimos con exponerles los hechos.

—La historia de una Madre.

—Nos tenemos que ir. Vamos a una manifestación.

—Una manifestación se puede dar en diversas partes, incluso en un teatro.

—No nos den las gracias, no pueden agradecernos nada, no les hemos dejado nada como para que nos agradezcan.

—No aplaudan, lo que necesitamos es un minuto de silencio.

—O dos.

—Ese par de minutos es la mejor ofrenda que pueden dejar aquí y ahora.

—Desde esas butacas.

—Y no es a nosotras, háganlo por respeto a los desaparecidos de este país.

—Después de que nos vayamos inicien ese o esos minutos de silencio. Les pedimos con todo el corazón que lo hagan.

—Por ustedes.

—Por sus hijos.

—Por sus hijas.

—Por sus hermanos.

—Por sus hermanas.

—Y por sus padres.

MADRE: Después pueden salir e ir a donde quieran.

Las actrices salen del lugar de la representación. Con la ayuda del gran reloj se podrá llevar la cuenta de los segundos silentes.
NOTA: Los parlamentos entrecomillados en las partes V y VI pertenecen al cuento Historia de una madre de Hans Christian Andersen. Los dos parlamentos entrecomillados en la

Director del Grupo “2012 TEATRO”. Estudió la Maestría en Dirección de Escena (ESAY) y la Licenciatura en Literatura Latinoamericana (UADY). Cursó el II Diplomado Nacional de Estudios de la Dramaturgia (INBA-CONACULTA) y el Diplomado Nacional de Dramaturgia de la Zona Sur (CONACULTA-ICY). Premio Estatal de la Juventud en el área artística 2007 y Medalla al periodismo cultural “Oswaldo Baqueiro López 2017”. Finalista del Premio Nacional de Dramaturgia Joven Gerardo Mancebo del Castillo en 2005, 2009 y 2013. En el año 2010 fue ganador del II Concurso Regional de Creación Literaria Dante en el área de teatro. Obtuvo el primer lugar en la categoría B (lectores de hasta 12 años) en el Premio Estatal de Literatura Infantil “Elvia Rodríguez Cicerol 2011”. Premio Regional de Poesía “José Díaz Bolio 2014”. Primer lugar en el V concurso Nacional de Dramaturgia Altaír Tejeda de Tamez 2015. Ha publicado media decena de libros, su obra ha sido incluida en diversas antologías, revistas y suplementos culturales a nivel nacional.