Queridos lectámbulos:
Cada cuatro años ocurre algo extraordinario: el mundo parece detenerse por un instante para mirar cómo rueda un balón. Lo que comenzó en 1930 como un torneo entre apenas trece selecciones reunidas en Uruguay, impulsado por el sueño del francés Jules Rimet de crear una competencia internacional de futbol, se transformó con el tiempo en uno de los mayores acontecimientos de la humanidad. Ningún otro evento deportivo logra congregar tantas miradas, despertar tantas emociones ni movilizar tantos recursos económicos. El Mundial es mucho más que futbol: es una fiesta de identidades, pasiones y sueños colectivos; un escenario donde los pueblos celebran sus triunfos, lloran sus derrotas y, por unas semanas, sienten que forman parte de una misma historia. Sin embargo, detrás de los estadios llenos, los himnos y las banderas, también se reflejan las contradicciones, conflictos y desigualdades.
En los próximos días dará inicio el Mundial de Futbol más grande de la historia. Por primera vez, tres países compartirán la sede de la máxima fiesta futbolística: México, Estados Unidos y Canadá. Millones de personas estarán pendientes de cada partido, de cada gol y de cada emoción que se viva en los estadios. Durante unas semanas, el balón volverá a convertirse en el centro de atención del planeta. Sin embargo, detrás de la celebración, las banderas y los espectáculos de inauguración, existe una realidad mucho más compleja que merece ser observada.
Resulta imposible ignorar que este Mundial se celebra en medio de profundas tensiones políticas, económicas y sociales entre los propios países anfitriones. Mientras los anuncios publicitarios presentan una Norteamérica integrada, moderna y multicultural, la realidad muestra otra cara. Particularmente en Estados Unidos, miles de migrantes viven bajo la amenaza constante de las redadas y deportaciones impulsadas por el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE). Familias separadas, trabajadores perseguidos y comunidades enteras que viven con miedo forman parte del paisaje cotidiano de un país que, paradójicamente, se prepara para recibir a millones de visitantes de todo el mundo.
La persecución contra los migrantes latinoamericanos, especialmente mexicanos, ha alimentado discursos de odio que parecían superados. El resurgimiento de grupos supremacistas y expresiones de nacionalismo extremo recuerda que los fantasmas del racismo nunca desaparecieron del todo; simplemente permanecían agazapados, esperando el momento propicio para volver a manifestarse. Resulta paradójico que mientras se celebra un torneo que presume la diversidad cultural y la unión de los pueblos, miles de personas sean perseguidas precisamente por su origen, su lengua o el color de su piel.
Por otro lado, tampoco puede ignorarse el contexto internacional. Mientras el mundo se prepara para la fiesta deportiva, continúan los conflictos armados que han dejado miles de víctimas en Palestina, la Franja de Gaza y, recientemente, Irán. En medio de estas tensiones, la selección iraní logró clasificar al torneo y participará bajo condiciones especiales. La complejidad geopolítica actual ha provocado que México se convierta en una alternativa de acogida para la concentración y estancia del equipo persa durante parte de la competencia. La situación refleja una verdad incómoda: el deporte jamás ha estado separado de la política.
A lo largo de la historia, los mundiales han servido para mucho más que coronar campeones. Han sido escenarios de disputas ideológicas, escaparates de poder económico y herramientas de legitimación política. Quienes sostienen que el deporte y la política no deben mezclarse olvidan que ambos han estado unidos desde hace décadas.
Y es que el futbol, aunque se presente como un juego, es también una de las industrias más rentables de la economía contemporánea. Genera miles de millones de dólares a través de la publicidad, los derechos de transmisión, el patrocinio de marcas, el turismo y la venta de mercancías oficiales. La FIFA se ha convertido en una de las organizaciones deportivas más poderosas del planeta, capaz de influir en gobiernos, modificar legislaciones y transformar ciudades enteras en función de un evento que dura apenas unas semanas.
Sin embargo, la gran pregunta es: ¿para quién es realmente esta fiesta?
Hace tiempo que asistir a un Mundial dejó de ser una posibilidad para la mayoría de las personas. El costo de los boletos, los viajes, el hospedaje y la alimentación convierten la experiencia en un privilegio reservado para quienes cuentan con recursos económicos importantes. Incluso para los mexicanos que tendrán partidos en su propio país, acudir a un estadio resulta prácticamente inalcanzable.
Y si entrar al estadio ya era difícil, ahora también lo será mirar los partidos desde casa. Los derechos exclusivos de transmisión y los nuevos modelos de suscripción han convertido algo tan popular como el futbol en un producto cada vez más restringido. Lo que durante décadas fue una experiencia compartida por millones de familias frente al televisor, hoy depende de plataformas digitales, paquetes premium y servicios de pago que excluyen a buena parte de la población.
Octavio Paz señalaba que ciertas expresiones colectivas funcionan como máscaras de una realidad más profunda. Quizá el futbol, en algunos momentos, desempeña precisamente ese papel. Para millones de mexicanos representa identidad, orgullo y pertenencia. Y no hay nada malo en ello. El problema surge cuando el deporte se convierte en el único espacio donde las personas pueden soñar.
Porque habría que preguntarse qué tan vacía puede sentirse una sociedad cuando un partido de futbol parece ofrecer más esperanza que las instituciones encargadas de garantizar educación, empleo, seguridad o bienestar. ¿Qué nos dice de nosotros mismos que la posibilidad de ver un partido en una pantalla gigante en el Zócalo se convierta para muchos en el máximo acercamiento posible a una fiesta que ocurre en su propio país?
En estados como Yucatán, y en muchas regiones alejadas de las grandes ciudades, el Mundial será observado desde la distancia. No habrá estadios nuevos, ni derrama económica significativa, ni oportunidades de participación directa. Habrá emoción, sí. Habrá orgullo, sin duda. Pero también quedará la sensación de que los beneficios reales se concentran, como siempre, en los mismos sectores.
Los estadios estarán llenos. Los hoteles estarán llenos. Los restaurantes estarán llenos. Y, sobre todo, estarán llenos los bolsillos de los inversionistas, las cadenas comerciales, los patrocinadores y los grandes consorcios mediáticos que han convertido el deporte en una maquinaria global de ganancias.
Mientras tanto, otras realidades continuarán desarrollándose fuera del foco mediático. El sufrimiento de los pueblos en guerra seguirá existiendo. La crisis migratoria continuará. El bloqueo energético y genocidio lento, silencioso de Estados Unidos a Cuba continuará mientras en la cancha rueda el balón.
Sin embargo, tampoco sería justo despreciar el poder simbólico del futbol y el esfuerzo de quienes se reúnen alrededor de él manera honesta y desinteresada.
Porque, a decir verdad, a pesar de todos los intereses económicos que lo rodean, el deporte sigue siendo capaz de producir algo extraordinario: la posibilidad de encontrarnos con los otros. Durante noventa minutos desaparecen idiomas, religiones, ideologías y fronteras. Un gol puede provocar la misma alegría en un barrio popular de Ciudad de México que en una pequeña comunidad de África o Asia. Esa capacidad de generar emociones compartidas sigue siendo profundamente humana.
Quizá la verdadera tarea no sea renunciar al futbol, sino aprender a mirarlo con conciencia crítica. Disfrutar la belleza del juego sin olvidar las realidades que lo rodean. Celebrar la creatividad de los jugadores sin dejar de cuestionar las injusticias del sistema que los convierte en mercancías. Emocionarnos con la competencia sin perder de vista a quienes permanecen fuera de los reflectores.
Al final, el Mundial también es una metáfora de nuestro tiempo: un planeta conectado por la tecnología, dividido por las fronteras, atravesado por conflictos y desigualdades, pero todavía capaz de reunirse alrededor de un sueño compartido.
Por eso, esta edición de junio la revista Lectámbulos se titula Mundial 2020: Entre Estadios y Fronteras, porque cuando el árbitro marque el inicio del primer partido, el mundo volverá a mirar hacia la cancha. Pero la historia humana seguirá ocurriendo fuera de ella. Y quizá la verdadera victoria no consista en levantar una copa, sino en construir un mundo donde la dignidad, la paz y la justicia no sean privilegios de unos cuantos.










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