Pensamiento y palabra en la génesis de los países de Latinoamérica

Vivimos, los que hablamos lengua castellana, llenos todos de Horacio y Virgilio, y parece que las fronteras de nuestro espíritu son las de nuestro lenguaje.

José Martí

La génesis y el desarrollo de las naciones de Latinoamérica durante sus dos siglos de existencia como países políticamente independientes, sobre todo desde la óptica del acontecer histórico, ha sido profusa y no rara vez solventemente examinada. El asunto que abordo en este texto es, en esencia, el de la existencia de un pensamiento americano y su papel en la historia de nuestros países, especialmente en los momentos genésicos.

Una conciencia latinoamericana

Recordemos de entrada, que Leopoldo Zea, en su ensayo América como conciencia (1953) al inquirir acerca de la identidad del pensamiento mexicano, planteado desde la óptica de la filosofía, señalaba que el sentido del pensador americano habría de ser “filosofar antes que inquietarse por si lo que hace es o no filosofía.” Esto es, que, a la manera de los filósofos clásicos, debemos empeñarnos en dar solución a los problemas que el mundo nos vaya planteando. Ellos, dice este autor: “Se plantearon problemas que les eran propios, sin que este serles propio fuese para ellos una limitación para que aspirasen a dar a sus soluciones un alcance universal y eterno.”

Sin embargo, él mismo se preguntaba: “¿Por qué entonces los americanos hablamos sobre la posibilidad y aun la necesidad de una filosofía que podamos considerar como propia?”

Y con una respuesta –que importa para este texto– el propio Zea nos dijo: “La universalidad debe ser una de las aspiraciones de nuestra cultura; pero partiendo siempre de nuestra realidad. (…) Los problemas deben ser nuestros, no sólo en la medida en que se nos dan como americanos, sino en la medida más universal en que se nos dan como hombres.” (Zea, 1972).

Realidad, pensamiento y palabra

A mi juicio, el problema del pensamiento en América Latina reviste un vínculo indisoluble con la realidad y con la lengua que le imprime un interés humano general. Si en algún espacio-tiempo la dualidad del binomio pensamiento/acontecer histórico se expresa en forma clara y tangible, con consecuencias en lo duradero y lo cotidiano, es en el universo sociocultural de Latinoamérica.

El vínculo realidad-pensamiento, manifiesto en el acontecer y las visiones de mundo, se advirtió en lo que hoy es Latinoamérica desde su raíz inmemorial. Para los pueblos originarios (Mesoamérica y el mundo austral de los incas en especial) el ritmo cíclico del cosmos convertía el saber oracular del pasado en una fuente de la profecía, pues como expresó un poeta indígena «Los que tienen el poder de contar los días, tienen el poder de hablarle a los dioses». (Fuentes, 1992)

Más tarde, a la vista de muchos conquistadores ibéricos, el descubrimiento de ese continente que habría de llamarse América significaría un Nuevo Mundo. Y según ha señalado Edmundo O’Gorman (1958), ese Nuevo Mundo será en sentido hondo una invención.

Pensamiento y realidad social, imaginarios y sucesos históricos se engarzan desde entonces en una urdimbre de fina textura y ambos se expresan en esa palingenesia de la gran aventura de la experiencia humana que es Latinoamérica.

Ante las circunstancias opresivas de la realidad social, de carácter estamental y corporativo que fueron las colonias americanas del imperio español, los criollos por una parte y los indígenas y mestizos por otra, desarrollaron un pensamiento propio, americano, cuyos tópicos acusan en modo acorde a sus visiones del mundo, la necesidad de hallar motivos de dignidad y significados para fundamentar sus identidades sociales. El sueño de la llamada “patria criolla” constituyó un germen de las naciones y la conciencia nacional en Hispanoamérica. A tal punto este patriotismo indiano fue relevante, que para Benedict Anderson (1983), quien entiende la nación como una “comunidad imaginada”, “los pioneros criollos” son en realidad los gestores del proceso fundacional de las naciones modernas. En México –según este autor– fue una novela El periquillo sarniento (1830), de Fernández de Lizardi, la obra que catalizó el sentimiento y conciencia nacional.

El pensamiento, agente del sueño y la realidad

En rigor, fue durante el horizonte del siglo XIX cuando la apoyatura mutua del binomio realidad y pensamiento se hará un asunto y tarea ingentes en la sobrevivencia y la posibilidad del futuro.

El correlato pensamiento-realidad, convertido en diseño y en construcción cotidiana del proyecto de sociedad, tomará cuerpo y carácter vital en Latinoamérica desde sus procesos independentistas. Para los pueblos y los intelectuales de América Latina durante el siglo XIX la ambivalencia acontecer histórico/visión de mundo se tornó en una tarea de sobrevivencia y viabilidad del porvenir. Esta conjunción, en cuyo núcleo se hallaba el sueño y la construcción del camino de la nueva sociedad, tomó tempranamente un significado de urgencia en el problema de la unidad latinoamericana. La idea de la unidad se les planteó como una necesidad vital de defensa y afirmación y de acceso al progreso y bienestar.

Pero poco tiempo después, disipadas las posibilidades históricas reales de la Gran Colombia (1819-1831) y de las Repúblicas Unidas de Centroamérica (1824-1839), principales experimentos en que se intentó el sueño bolivariano, tal cuestión devino y se expresó centralmente en la forja de las naciones como entidades políticas autónomas. Esta disyuntiva respondía a que los países latinoamericanos surgieron en una coyuntura del mundo en que se enraizaba en los hechos del mercado y la estructura económica internacional la era planetaria, cuyo origen Edgar Morin ubica en el descubrimiento de América (Morin & Kern, 1993, pág. 15).

Emancipación cultural y desarrollo

El pensamiento de los intelectuales latinoamericanos se orientará entonces preferentemente al problema de la edificación y el desbroce de las rutas de sus naciones. Pero levantar el edificio de la nación, lo que en el fondo era esculpirse el rostro, en un espacio donde el afuera y los adentros tenían fronteras borrosas, y donde el tiempo era un sitio nuevo a cada paso, constituía un trabajo colosal, que reclamaba en modo unánime (simultáneo y contiguo) la convergencia de pensamiento, lengua y acción.

Ante los desafíos de estas emergencias nacionales, el asunto de la unidad de Latinoamérica se encauzó en la forja de la identidad social, anteponiendo el sustrato cultural como una fuente de comunión interna y de resistencia exterior. Nacer y emprender el viaje en este desenlace o desembocadura de la corriente de la historia occidental en un momento periférico que era a la vez un espacio tardío, significaba la necesidad vital de construir el camino propio en un espacio ocupado o sometido al asedio de la ocupación, y alcanzar un tiempo que desde su inicio se les había adelantado y, en más de un sentido, expropiado.

Esta encrucijada del pensamiento y de la actuación en medio de las rugosidades y los guijarros de la senda, se entabló entre quienes se esforzaban en crear nuevas formas de organización social acordes a las exigencias de las naciones independientes o conservar las del ancien régime de la herencia colonial. Reformistas y conservadores postularon proyectos opuestos de sociedad, en los que pronto se hizo claro que junto a la prueba de viabilidad práctica del modelo socioeconómico previsto era asimismo imprescindible la emancipación mental de la población. Protagonizaron así en torno a dichos proyectos, no solamente las luchas política y económica sino también la sociocultural.

Los cantos de las sirenas

Con la consolidación de los procesos nacionales y el fortalecimiento del republicanismo –salvo los breves episodios monárquicos de México (1821-1823 y 1863-1867) y el más prolongado de Brasil (1822-1889)– en una dinámica cuyo tempo histórico tendió a escampar hacia la segunda mitad del siglo XIX, los intelectuales latinoamericanos se verán obnubilados por el desarrollo socio-económico de las potencias emergentes: Inglaterra y Francia de un lado; del otro, el norteamericano. Al respecto Alfonso Reyes (1936) decía: “Las sirenas de Europa y las de Norteamérica cantan a la vez para nosotros” (pág. 7).

En una mirada panorámica sobre la actitud preferente de los intelectuales hispanoamericanos decimonónicos en cuanto a ese deslumbramiento por aquellos cantos de sirenas del progreso, podría situarse con claridad a Domingo F. Sarmiento con el célebre dilema civilización y barbarie plasmado en su libro Facundo (1845)como el ejemplo arquetípico de la alucinación eurocéntrica y occidental.

En un rumbo opuesto pero coincidente con la expectativa centrífuga del Facundo, puede vislumbrarse al mexicano Lorenzo de Zavala –quien pese a pretender una actitud equilibrada y autocrítica, terminaría siendo promotor y dirigente de la República de Texas– y a los positivistas “científicos” del porfiriato, como las víctimas ejemplares de esa nordomanía de que hablara Rodó.

Acaso José Enrique Rodó y sobre todo José Martí ilustran en cambio, la mirada más rara de quienes advertían la necesidad de construir modelos propios, centrados en la capacidad de responder a las condiciones naturales de nuestros países:

Con un decreto de Hamilton no se le para la pechada al potro del llanero. Con una frase de Sieyès no se desestanca la sangre cuajada de la raza india. A lo que es, allí donde se gobierna, hay que atender para gobernar bien; y el buen gobernante en América no es el que sabe cómo se gobierna el alemán o el francés, sino el que sabe con qué elementos está hecho su país, y cómo puede ir guiándolos en junto, para llegar, por métodos e instituciones nacidas del país mismo, a aquel estado apetecible donde cada hombre se conoce y ejerce, y disfrutan todos de la abundancia que la Naturaleza puso para todos en el pueblo que fecundan con su trabajo y defienden con sus vidas (Nuestra América, Martí, 1891).

De este modo, ante la urgencia de diseñar y desbrozar en los hechos el camino de sus países, los intelectuales públicos del horizonte decimonónico de Latinoamérica, en una trabazón continua con los grupos populares –pese a que estos sectores fueron casi siempre vistos y tratados como masas inertes o dúctiles para sus intereses y proyectos– encarnaron esa fusión de pensamiento, verbo y acción; siendo a un tiempo dirigentes, pensadores y literatos, presidentes monárquicos y príncipes de la llamada república de las letras.

Si en la esfera política la presencia de los intelectuales latinoamericanos, su actuación, pensamiento y palabra, estuvo esencialmente involucrada en la construcción del estado y en sus esfuerzos ingentes de cohesión de las naciones y el fortalecimiento de las nacionalidades, en el terreno de la sociedad civil su presencia no fue menos profunda. Escenario central en que ocurría la transformación del súbdito colonial y la emergencia de la ciudadanía, en la sociedad civil se les advierte desde la órbita eminente del pensamiento –según diría Alfonso Reyes– como un auténtico personaje, en contrapunto permanente con los coros o grupos populares, incidiendo en la transformación de la vida social de las naciones hispanoamericanas.

La secularización y el heroísmo de la palabra

Carlos Monsiváis (2000, pág. 115) destaca que en el siglo XIX la gran reforma cultural que subyace a los proyectos políticos de sociedad y a la vida cotidiana es la secularización. Este proceso cultural tiene como soporte político principal el liberalismo y como trasfondo de actitud y postura estética el romanticismo. Ambos impulsan un sentido de rebeldía e independencia.

Así, dispuesta al servicio de la emancipación mental de los pueblos, traducida –bajo el influjo romántico– en una cultura y mentalidad nacional y después –con el modernismo– en una visión y sensibilidad continentales, la literatura cumplió la función esencial de ser puente y lluvia de fertilización hacia las masas. Y éstas, no obstante habitan una atmósfera donde la alfabetización era «comparativamente un privilegio», la acogieron con verdadero «respeto devocional» (Ibid).

De tal manera, cada una de las estaciones del siglo en cuestión, expresa en forma diferencial las aristas políticas y socioculturales del gran proceso que constituyó el sustrato histórico medular de nuestros países: la forja de las naciones, con sus cauces y bajorrelieves en la secularización de la vida social y la erección del Estado y la ciudadanía. El escenario decimonónico muestra, con énfasis, los desgarramientos iniciales por la disputa del tipo de proyecto de sociedad: el sinuoso trayecto de reelaboración del vínculo gobierno-sociedad civil que entrañó el momento formativo de las naciones y la edificación de un Estado con la transformación del súbdito colonial en ciudadano.

En la arena de esta centuria, especialmente en la sociedad civil, Monsiváis distingue el aporte de los intelectuales (militares, tribunos y literatos) y señala que “cada novelista… sirve al desarrollo nacionalista, a las discusiones doctrinarias, al deleite de saberse inmersos en una sociedad variada y compleja.” (2000, pág. 119). De tal manera, ante los múltiples obstáculos mentales e institucionales amparados por el tradicionalismo y el catolicismo, la literatura paso a paso incide en la conversión de lectores en “un espacio hurtado a las tradiciones oscurantistas” (Ibid.).

En este escenario, que se abre con las heroicas gestas insurgentes, los intelectuales aportaron sentido a las nuevas naciones articulando una especie de teología de la República que resume la doble independencia: la política respecto a la Corona española, y la espiritual ante el catolicismo, y que derivó en la formación de las sociedades y los Estados laicos (pág. 91).

El papel central del cambio cultural que se procesa con el laicismo lo desempeña entonces, según Monsiváis (2000, pág. 121), el romanticismo el cual incide en la apertura de los sentidos a la diversidad y a las nuevas ideas y procesos constructores de las repúblicas independientes. Señaladamente, el culto a la letra escrita se concentró en la poesía, pues ella encerraba más plenamente la potencialidad de dotar a las comunidades de sensaciones épicas. En la poesía se condensaban a decir de Salvador Díaz Mirón “El heroísmo del sentimiento,/el heroísmo del pensamiento,/el heroísmo de la expresión.” (Citado por Monsiváis, pág. 116)

Los poetas eran considerados demiurgos de la profecía, inventores y legisladores de las altas regiones del espíritu; en tanto que las masas, a través de la repetición declamatoria, se hacían partícipes de ese vislumbramiento que modificaba la percepción social. Por esta vía, hacia fines del siglo, Rubén Darío y los principales poetas modernistas, al excitar la imaginación de los latinoamericanos de casi todos los estratos sociales, contribuyeron a ensanchar su visión de mundo y a ofrecerles una posibilidad de superar la sordidez de la realidad histórica y de la cotidianeidad.

En tales circunstancias, tanto con el romanticismo como con la estética modernista, las literaturas respondieron a las tres exigencias que apunta Monsiváis (p. 115): el «ejercicio creativo del idioma”, “el afán de desenvolvimiento espiritual” y “la comunicación interna». Y a un tiempo, las tres se anudaban en torno a la necesidad de emancipación y desarrollo.

Pero la gran tarea de forja de las naciones, a cuyo logro se disponía el concurso de pensamiento, palabra y acción, sólo podía producirse, como en efecto ocurrió, a través de esfuerzos y visiones de mundo contradictorios, a menudo incluso opuestos, producto de la presencia múltiple de los distintos actores sociales involucrados en el espacio de dicho tiempo germinal. De esta suerte, la dinámica de afirmación nacional con sus variantes y matices singulares en cada palmo e instante de la geografía latinoamericana, fue en su forma y contenido esenciales, un trabajo cultural, y como tal, el sujeto eminente que lo porta y procesa no hubiera podido ser otro que la sociedad en su totalidad múltiple.

Constituida por ese conjunto heterogéneo de grupos que fueron los sujetos sociales, en particular por los intelectuales, a través de su itinerario espacial, ni la percepción de la magnitud del proyecto que demandaba un esfuerzo incluyente, ni la búsqueda del centro propio en la periferia y el acceso a la modernidad que se perseguía con demora, permitieron una adecuada comprensión del proceso y de sus desafíos estratégicos en cada palmo y momento de esta vasta aventura humana.

Con la rueca de Penélope

Es sobre esta sólida base cultural, filosófica y estética, que somos actualmente un racimo de pueblos empeñados en el viejo problema del desarrollo y en el sueño de la utopía del bienestar, empeñados con la vieja rueca de Penélope de entretejer la libertad y la justicia.

De esto, con un prisma nostálgico en el que trasiega en retrospectiva el resplandor firme de la cultura, José Emilio Pacheco (citado por Monsiváis) dijo: “Nuestras sociedades fracasaron, nuestros poetas no.”

Ante la complejidad de los problemas contemporáneos, que sitúan en un primer plano el asunto mismo de nuestra pervivencia como países independientes, pienso que, ante todo, como dijo Rubén Darío, la solución está en crear. Si la experiencia de nuestros países muestra que la cultura fue la tarea colosal en su génesis, en nuestros días, a dos siglos de su vida como Estados independientes, más que nunca, hay que apelar a esa función unificadora de la cultura a que aludía Alfonso Reyes (Última Tule, 1942), buscando orientarnos, con el esfuerzo de todos, a ese equilibrio que él señalara para superar los peligros de una cultura: “Los dos peligros de una nación, a que todos los demás se reducen, son la imperfecta respiración internacional y la imperfecta circulación interior de la propia savia.”

Mantener sana nuestra cultura requiere, entonces, de suficiente respiración exterior y circulación interior.

Izamal[1], Yucatán, octubre 30 de 2021.


[1] La versión inicial de este ensayo fue presentada en el Congreso de Filosofía, Izamal, Yucatán, 2015.

Fuentes

Anderson, Benedict. (2006). Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo.

Fuentes, C. (1992). El espejo enterrado.

Martí, José. (2002) Nuestra América. Universidad de Guadalajara.

Monsiváis, C. (2000). Aires de familia. Anagrama.

Morin, E. y Brigitte Kern, A. (2006). Tierra Patria. Editorial Nueva Visión.  

O’Gorman, E. (1995). La invención de América. Investigación acerca de la estructura histórica del nuevo mundo y del sentido de su devenir. Fondo de Cultura Económica. Impreso.

Reyes, A. (s.f.). Notas sobre la inteligencia americana. Universidad Nacional Autónoma de México. 

_____. “Última Tule”. Obras completas de Alfonso Reyes. Tomo XI. Fondo de Cultura Económica.  

Zea, L. (1972) América como conciencia. Universidad Nacional Autónoma de México. Recuperado de: https://ensayistas.org/filosofos/mexico/zea/bibliografia/acc/

Rubén Reyes Ramírez
investigador y profesor en humanidades, literatura y ciencias sociales. También es creador literario, especialmente en poesía y ensayo. Sus áreas de interés se centran en estudios y proyectos sobre el pensamiento y la realidad social, la cultura, la historia, la política, la educación y la literatura en México y Latinoamérica, con un enfoque filosófico y antropológico. Es doctor cum laude en Estudios Culturales por la Universidad de Sevilla, España y en Ciencias Literarias por la Universidad de La Habana, Cuba. Obtuvo licenciatura y maestría en Antropología Social en la Universidad Autónoma de Yucatán; Especialización en Ciencias y Técnicas de la Educación en la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha sido investigador en las Facultades de Antropología y Arquitectura (UADY). Fue director fundador de la Escuela de Humanidades de la Universidad Modelo, Mérida; docente y conferencista invitado en la UADY, la Bringhan Young University, Utah; University of Texas El Paso, y la Universidad de Los Andes, en Mérida, Venezuela. Entre sus obras de investigación están la tesis doctoral Los aportes del pensamiento en la construcción de la realidad social en los procesos formativos de la nación y la nacionalidad en México (2017); tesis doctoral Para una historia de la poesía en Yucatán (2004); Póopol Wuj, en coordinación con el MC Fidencio Briceño Chel, edición bilingüe maya yucateco-español (Conaculta-Universidad de los Andes, 2013); "Una capacitación basada en la investigación-acción: 25 años de experiencias con grupos de campesinos e indígenas de México". (coautoría con Irene Duch y Francoise Garibay) en Garibay, F. y Séguier, M. (coords.), Pedagogía y prácticas emancipadoras, Actualidades de Paulo Freire, ed. español-francés (IPN- Unesco, 2012); Un mejicano, El pecado de Adán, edición crítica de la novela publicada en 1838 por Pedro Almeida (Instituto de Cultura de Yucatán, 2011); co-editor de Arquitectura de las palabras, Voces merideñas, voces meridanas, Antología poética de las Méridas americanas (Universidad de Los Andes, 2008). Sus obras poéticas incluyen Elocuencias del rayo (Textofilia, 2015); Extranjeros del alba, (Vaso Roto, 2014); Memorial de la piedra, Sudario insomne del silencio (Instituto de Cultura de Yucatán, 2011); Crónica del relámpago (Ayuntamiento de Mérida–Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba, 2009). Fuente: www.unimodelo.academia.edu