La violencia coloniza los sueños
En la penumbra de un refugio improvisado, mientras el eco de los bombardeos se desvanece, una niña se aferra a los restos de una muñeca. No es solo un juguete; es su última conexión con el mundo de antes. Cuando cierra los ojos, su mente la lleva a una playa donde las olas susurran y su padre la espera. Soñar se ha vuelto su forma más pura de resistencia.
Los números duelen: más de 18,000 infancias palestinas muertos desde octubre de 2023, un millón traumatizados sin escuela, 17,000 separados de sus familias. Pero cada cifra esconde una historia interrumpida, un futuro que se desvanece entre escombros.
Cifras conservadoras dicen que la desnutrición ya mató a más de 100 niños este año. Otros 12,000 menores de cinco años luchan contra ella cada día. En los refugios viven 1.7 millones de desplazados —la mitad son menores— hacinados en condiciones que destrozan cualquier dignidad: baños compartidos, colchones para varias personas, agua sucia, enfermedades.
Lo extraordinario de esta tragedia no es solo la destrucción física. Es cómo la guerra ha invadido hasta los rincones más íntimos: los sueños. Ese refugio donde la mente siempre podía escapar ahora también está en disputa. La violencia intenta colonizar incluso el inconsciente de estas infancias.
Pero aquí encontramos una paradoja: las infancias siguen soñando. No solo sueñan con escapar del horror; sueñan con reconstruir. Con escuelas, comidas familiares, hermanos perdidos, casas que vuelvan a ser hogares. No se romantizan estos sueños; son expresiones de resistencia.
Soñar como acto político
Cada vez que un niño en Gaza imagina un futuro distinto, está afirmando que ese futuro sigue siendo posible. Se niega a aceptar que la violencia sea lo normal. Declara, con esa pureza que solo tiene la infancia, que la humanidad merece algo mejor.
El soñar representa esa capacidad humana de imaginar alternativas. Es resistencia que nace desde lo más hondo y se extiende hacia el futuro como una promesa.
Tenemos que proteger no solo los cuerpos de estas infancias, sino su capacidad de soñar. Esto va más allá de la ayuda básica —aunque sea urgente— para crear espacios donde la esperanza vuelva.
Los programas psicosociales, las escuelas en refugios, los espacios para jugar y crear arte no son lujos en tiempos de guerra; son necesidades para preservar lo que nos hace humanos. Cuando un niño dibuja una casa sin agujeros de bala o canta sin hablar de bombas, mantiene viva la posibilidad de otro mundo.
Los sueños de esta infancia son un recordatorio de que la esperanza no es un lujo, sino una fuerza que nos ha permitido sobrevivir como especie.
Mientras nosotros debatimos política y el poderoso estrategias militares, hay niños que cada noche libran la batalla más importante: mantener viva la esperanza en la humanidad.
En esos sueños fragmentarios, teñidos de trauma, pero obstinadamente esperanzadores, está el único futuro que vale la pena construir.
La niña sigue durmiendo, abrazando su muñeca rota. Sigue soñando con la playa. Y mientras sueñe, todos tenemos una razón para seguir luchando por un mundo donde esos sueños sean posibles. Mientras esto pasa y la empatía y el dolor nos consume, tendremos que decir con más fuerza: ¡Palestina libre!






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