Llegué a Brasil en 2018 con la maleta henchida de sueños e imágenes que, durante años, absorbí de la televisión. Tenía la idea de un país cálido, en el que la vida era pura alegría y pasión, llena de color, justo como sus fastuosos carnavales y alabadas telenovelas que llegan a todas partes y seducen a millones.
Pensé que Brasil sería un paraíso, un lugar tranquilo y bello, como las artistas Paola Oliveira y Camila Pitanga, y donde la alegría se sentía por todos lados. Pero en cuanto pisé esa tierra, tan grande y llena de contradicciones, me topé con una realidad diferente, despiadada.
No tuve que ir muy lejos para sentir lo rápido que latía un país marcado por la violencia, que echaba por tierra la tranquilidad soñada.
Según datos recientes, Brasil registra más de 40 mil asesinatos al año y varias de sus ciudades figuran entre las más peligrosas del mundo.
En Río de Janeiro, la capital, las balas no siempre callan; repiquetean como avisos de auxilio en barrios en el que la justicia es difícil de encontrar. En la icónica playa Copacabana, que hace suspirar a muchos en postales, amigos sugerían que no exhibiera mi móvil y callara el acento portuñol para evitar asaltos.
La violencia no solo se avista en la calle, en la que la sombra de la fatalidad te sigue a cada paso, sino también tiene el pulso diario en noticias, llenando los momentos más dramáticos de los informativos de televisión.
Desgraciadamente, las caras de angustia de quienes cuentan estas tragedias colisionan con la música alegre de otros programas. El miedo a un episodio violento está por todas partes, se cuela hasta en las casas más alejadas, haciendo imposible ignorar el oscuro escenario.
Y aun así, por extraño que parezca, de todo esto nace y crece sin parar la telenovela brasileña, un fenómeno cultural que va más allá de sus divisorias.
Sus historias, llenas de emoción, pasión, amor y traición, embelesan a millones. Causa un efecto casi hipnótico: los televidentes se meten de lleno en esas historias para escapar de la realidad, pero también para encontrarse con relatos que, aunque muestren ambientes de ensueño, muchas veces reflejan hechos complicados de su propia sociedad.
La luminosidad de los candelabros en salones lujosos, los vestidos de seda con hilos de oro, las miradas profundas y los cambios de guion que nadie espera, todo eso crea un mundo en el que las emociones le estallan al espectador como si fuera un fuego.
Por sí sola, la telenovela es como un espejo que distorsiona, mostrando la esperanza y la desesperación, las ganas de cambiar y la pena por lo que se fue.
Brasil, ahí, se arropa elegante, trágico y misterioso, convirtiéndose en un personaje más, tan complicado y atrapante como el país mismo. En ese juego de luces y sombras, me detengo ahora, extranjero y testigo, comprendiendo que la gigante nación no es la calma que soñé a través del cristal televisivo, sino un mar de contrastes, en el cual la violencia y la belleza se abrazan en una danza inquietante, y las telenovelas hacen de puente, contando con pasión las historias que tal vez aquel país, tan lejos de la ficción, aún se atreve a vivir










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