Despierto. Sueño en la realidad de mis quebrantos y lo contemplo justo ante mí, con esas prendas de vestir esparcidas por su cuerpo de sidéreo amar. No es consciente de mi presencia pero deseo tanto despertarlo, que no pienso más que en cómo serán sus primera palabras. Se dirigirá a mí con el mismo amor que pregono desde que lo inventé. .
Esa estatua evanescente es mi principal obra. Mis fantasías, mis delirios son suyos. Y cuando despierte, podré mostrarle al resto de sus hermanos, que, como yo, aguardan su llegada pese a que, para su suerte, descansa clavado desde la prudencia, y benevolencia, desde sus dobles corazones. Abiertos para mí.
Él se dirige a mí como un soñador, sin nombre, a pesar de que le he dado un nombre secreto que grabo en forma de firma, entre sus dedos de mármol y marfil edificado. Lo nombro como Asíntion, el consorte de mis hijos. Mis bestias, que lo reclamaron, desde muy pequeños, nada más leído su cuento favorito de hadas incorruptas.
El amante ingrato










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