Cuento Procedimientos para levantarse de una caída de Carlos Rodríguez Vidal

De portada amarilla con llamativas letras rojas se exhibía discreto en el estante de libros usados del mercado ambulante, por el título inmediatamente llamó mi atención: Procedimientos para levantarse de una caída. Se notaba muy antiguo, algunas hojas se desprendían y todas habían perdido su blancura. Sin embargo lo compré, me pareció una excelente contribución a la empresa, era un método que no teníamos y quizá algún día nos sería útil.

En el autobús rumbo a la oficina revisé nuevamente la portada, ilustrada con el dibujo de un hombre de pie, vestido de traje sastre y corbata, sonriente y con el pulgar arriba; en la parte inferior con tres signos de admiración garantizaba: ¡¡¡La guía definitiva para levantarse de forma eficaz y con el orgullo intacto!!!. Me sentí más atrapado por la curiosidad. Comencé a hojearlo, algunas páginas se salieron del manual pero las alcancé al vuelo. Era indiscutible que el tratamiento del tema se había estudiado a profundidad, proponía movimientos corporales exactos para levantarse dependiendo de tal o cual fuera la caída: Caída de rodillas con las palmas de las manos contra el piso, Caída de nalgas, Caída de espaldas con golpe en el cráneo; la que a primera vista me pareció más dolorosa fue: Caída de frente sin poner las manos con impacto en la nariz. Eran más de 40 caídas diferentes, todas con los gráficos pertinentes explicando las maniobras a aplicar en las articulaciones para recuperar la verticalidad lo más rápido posible.

Como el procedimiento de apertura de la empresa indica que el ingreso a oficinas es a las nueve de la mañana y yo llegué diez minutos antes, me dispuse a leer la contraportada del peculiar documento: Según estudios científicos de 1974 en la Universidad de Oslo, Noruega; el ser humano pierde de 36 a 42 horas de su vida levantándose de caídas o tropiezos. Este manual propone, de forma fácil y amigable, ahorrar el mayor tiempo posible en esta engorrosa tarea, convirtiendo una exhibición bochornosa, en caso de haber testigos, en una manifestación de agilidad y destreza. Recomendamos ejercitarlo en casa, evidentemente no con caídas reales pero sí recreando las posiciones con sumo cuidado y mientras más se repitan los movimientos la efectividad aumentará. Practíquese y nótese la diferencia en el tiempo ahorrado, garantizado.

Ingresamos a la oficina, Kappa se acercó al cubículo y me preguntó por el libro, le expliqué de que versaba, intenté ser lo más escueto posible y no darle mucha importancia pero él comprendió mis intenciones inmediatamente. “Se lo vas a mostrar al Señor Alfa en su visita ¿cierto?” me preguntó con la sonrisa de quien descubre que han intentado engañarlo. Desenmascarado no tuve más remedio que decirle la verdad: “Sí, esa es mi intención, me parece un buen aporte para el trabajo eficiente del que siempre habla”. La visita del Señor Alfa era una festividad en la oficina, sólo se hacía una vez al año y era de todos conocido que quien le impresionara tenía resuelto su futuro en la empresa con aumentos de sueldo y ascensos garantizados.

La preparación para darle la bienvenida se llevó a cabo siguiendo estrictamente los protocolos indicados en el manual: Festejos y celebraciones, Tau y Zeta estaban subidas en las sillas pegando globos en las paredes a 1.73 metros sobre el piso y con 26.5 centímetros de distancia entre cada uno, regla en mano revisaban minuciosamente que ningún globo contraviniera lo estipulado. La comitiva encargada de comprar el postre había llegado con su encomienda, un pastel blanco de vainilla de una circunferencia de 32 centímetros, decorado con tres líneas azules, ideal para servir 24 rebanadas justo la cantidad de personas que ahí estábamos.

El día transcurrió dentro de la normalidad esperada, me preguntaba si alguien más tenía alguna propuesta o iniciativa para el Señor Alfa y estaba un poco disgustado por haber sido descubierto tan rápidamente. A estas alturas ya todos en la oficina sabían sobre mis propósitos con el libro.

Casi al mediodía la directora de la oficina, la Licenciada Delta, anunció: “Ya está en el elevador, todos a sus puestos”. El manual de conducta: Recepciones y ceremonias estipula que, a excepción de los altos rangos que siempre van adelante, la formación de menor a mayor estatura es la que prima en estos casos. Me disponía a ocupar mi lugar pero al salir de mi cubículo Omicron me interceptó con un reclamo: “No creas que te lucirás con el Señor Alfa tan fácilmente, todos queremos subir”, dicho esto le dio un manotazo al libro arrojándolo al suelo con las hojas esparciéndose por mi lugar; mientras me agachaba a recogerlas y ordenarlas el murmullo por los pasillos se percibía aún lejano, calculé que tenía tiempo para llegar a mi puesto. De rodillas en el piso observé que, infringiendo el manual Distribución de muebles de oficina en el espacio laboral, Omicron dejó su silla ligeramente afuera del cubículo, estuve a punto de corregir esta anomalía pero pensé que sería mejor que el Señor Alfa o algún alto cargo se percatara de ello y aplicara la sanción correspondiente a su falta. Llegué a tiempo a ocupar mi lugar en la fila de recibimientos.

El Señor Alfa apareció sonriente, saludando a todos y estrechando las manos. La Licenciada Delta también sonreía condescendiente al mismo tiempo que nos presentaba por nuestro nombre, yo al ser de los más altos de la oficina veía impaciente como se acercaba a paso lento con su conocida e impostada cordialidad. Llegó mi turno, “el señor Omega, uno de nuestros analistas” anunció la Licenciada, nos estrechamos las manos e intercambiamos sonrisas, discretamente exhibí el libro con la otra mano intentando llamar su atención, “¿qué llevas ahí?” preguntó con curiosidad; se lo entregué y le expliqué por qué un libro como ese me parecía importante para el ahorro de tiempo y una mayor eficiencia, el solo revisaba las hojas sueltas, si bien estaba muy maltrecho y desgastado, el contenido, sus dibujos y diagramas fueron suficientes para conseguir un gesto de aprobación: “Muy interesante, Delta me mandas su nombre y su expediente por favor”, la Licenciada asintió con la cabeza. Siguieron su recorrido, me quedé en mi lugar soportando la mirada rabiosa y condenatoria de mis compañeros. Orgulloso, les devolví una sonrisa y me encogí de hombros.

El manual Recepciones y ceremonias que estábamos aplicando en ese momento señalaba que antes de pasar a la degustación del postre seleccionado el rango más alto debía decir unas palabras. El Señor Alfa centró su discurso en su tema favorito: Procedimientos y más procedimientos, incluso en una parte de su alocución me puso de ejemplo: “Un colaborador comprometido con los procedimientos y la eficiencia en la empresa” fueron sus palabras, yo agradecí la mención haciendo una reverencia con la cabeza mientras mis compañeros mascullaban furiosos. Una vez terminó de hablar dimos los seis aplausos autorizados en el reglamento Reconocimientos públicos, apartado Expresiones acústicas y nos dispusimos a comer la rebanada de pastel.

Llegó la hora de la despedida, era el momento de la verdad, el único instante en que hasta el propio Señor Alfa rompe el protocolo y, en lugar de caminar directamente hacia la puerta, se va a despedir ex profeso con el más destacado de su visita. Honestamente no tenía dudas, yo era el elegido y así fue. Se acercó a mí y estrechándome nuevamente la mano me dijo: “Sigue así muchacho, nunca dejes de confiar en los procedimientos”, optimista y arrogante hacia mis colegas le respondí con firmeza: “Así lo haré Señor”.

Siguió su camino, pero al pasar por el cubículo de Omicron tropezó con la silla que se asomaba indebidamente y cayó de bruces impactando las rodillas y las manos en el piso figurando a un animal de cuatro patas. Se hizo un breve silencio que fue cortado por el grito de la Licenciada Delta: “¡El manual de caídas Omega!, ¡el manual de caídas!”. Con la voz de la Licenciada reaccioné, raudo y nervioso tomé el libro, mis manos temblaban y mi frente comenzaba a sudar. El Señor Alfa seguía ahí en la misma posición mirándome sin decir nada, esperando instrucciones para levantarse como un becerrito con hambre observa a su madre. Abrí el libro y súbitamente todos se abalanzaron como buitres a arrancarle las hojas, dejándome solo la portada ahora inservible y vacía.

Se acercaron entre empujones y codazos al Señor Alfa y comenzaron a gritarle indicaciones contradictorias e incompatibles: “¡Rodilla A se levanta y se apoya con la palma de la mano B!” decía uno mientras le mostraba el dibujo, “¡Girar por el costado B y posteriormente impulsar la cadera!” gritaba otro, “¡Levantar la cabeza y apoyarse con el codo A!” agregó un tercero y así todos los demás.

Rodeaban al Señor Alfa y él, confundido solo veía las instrucciones y hacía los movimientos que le indicaban clamorosamente sin lograr ponerse en pie. Yo intervine: “¡A ver, en orden, busquemos qué tipo de caída es y apliquemos la técnica correspondiente!”, pero fue inútil, nadie quería perder el crédito de ser quien levantara al Señor Alfa. El barullo que se hizo rompió todas las normas y procedimientos pero eso ya no parecía importar.

Han pasado cuatro horas, la anarquía de los gritos y las páginas revoloteando como colibríes frente a los ojos del Señor Alfa no han cesado. Hace un par de horas casi se logra erguir, ya había alzado una rodilla y las dos manos pero antes de levantar la otra rodilla alguien le gritó: “¡Muslo A contra el piso!” interrumpiendo las que parecían las instrucciones correctas y poco a poco entre indicaciones y alaridos fue regresando a su posición inicial. Incluso ha dado un par de cabriolas. La Licenciada Delta, en un momento de lucidez, se hizo un lugar entre la masa caótica y extendió su mano gritándole: “¡Tome mi mano yo le ayudo!”, pero el Señor Alfa fatigado, rasgando la alfombra con sus uñas solo respondió con el rostro enrojecido y mojado por las lágrimas: “¡El procedimiento, necesito el procedimiento!”, intentando morderle la mano para que se alejara de él.

Yo estoy en mi cubículo, escuchando a la distancia los saltos y gritos de la turba. Observo la portada del libro, al hombre risueño de traje y corbata con el pulgar arriba y el orgullo intacto.

Carlos Antonio Rodríguez Vidal
Carlos Antonio Rodríguez Vidal (Mérida, Yucatán; 1979) Egresado de la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación (ICSMAC). Ha publicado en la revista Camino Blanco (ICY, actual SECECULTA), en el periódico El Mundo al Día (Novedades). Ganador del concurso mensual de cuento breve organizado por el programa de radio Buenos días Madrid (Octubre 2018). Actualmente coordina la imagen y diseño de la compañía El Globo, Arte y Cultura A.C. de la cual es miembro fundador.