Los primeros meses los pasé en una casa antigua, desde el primer momento me convertí en lo más importante de la espaciosa sala; pasaron algunos años hasta que en una tarde llegaron dos personas me levantaron con cuidado y me depositaron en otra vivienda; está era más pequeña, sin embargo, el rey era yo, solo había una mesa, cuatro sillas y mi reluciente color caoba con doce cajones, cada uno con una aldaba de hierro forjado. Me encanta recordar que cuando la gente visitaba a mis jóvenes dueños siempre me halagaban.
Me volvieron a cambiar de lugar a una nueva morada aquí he pasado muchos años, el tiempo transcurrió, hubo momentos en que no me limpiaban, mis cajones se fueron llenando de cosas importantes, así como de basura. Mi dueña de vez en cuando escombra cada cajón en ocasiones llora, lo siento por la humedad que cae como roció, en otras suspira y estás se acomodan dulcemente en mis cajones para reposar. Ha habido ocasiones en que abre bruscamente las gavetas revuelve todo después cierra y se marcha; así llegaron los gatos que me arañaban, las termitas me quisieron invadir, pero ella siempre con prontitud me ha atendido.
Aquí estoy, ya soy viejo he sobrevivido a varios cambios, me han cubierto risas, la muerte paso junto a mí y ni siquiera me miró. Los momentos que más disfruto es cuando ella limpia cada lugar que tengo con un líquido especial hasta tener nuevamente mi brillo que domina el espacio, los cuadros, el diván y las otras cosas que ella tiene me miran con envidia, les cuento que es diferente a la limpieza de esa muchacha pasa con rapidez su trapo solamente en los lugares a la vista, en ocasiones me golpea yo estático sin poder hacer nada.
Ella dice que en cada uno de mis doce cajones guarda recuerdos de su vida, por ejemplo, del primer cajón al noveno hay música de distintos géneros. Es lindo escuchar que mi gaveta se abre, oír el ruido del cartucho del CD, se escucha el equipo de sonido y canta (lo cual no hace muy bien, pero eso si con mucho sentimiento) en otras ocasiones oigo sus pasos de baile.
Los últimos tres cajones son los mejores, están hasta abajo pero ese detalle no los hace menos importantes ahí tiene fotos, recuerdos, pero… cuando abre el que contiene cartas suspira, el tenerlas dentro mi sean convertido en parte muy mía.
Una tarde cuando las nubes cruzan ante el sol y el silencio cae, el tiempo se mueve ante los acordes del tic, tac, tic, tac todo se trastoca, apareció ella podía escuchar su respiración y después el silencio; su resuello se agitó, sentí el calor de su cuerpo sus manos se movían con rapidez, el silencio quedó como un esqueleto, poco a poco se intensifico el ruido, revolvía cada uno de ellos revisaba, cerraba bruscamente diría con desesperación, percibo que alguna preocupación del presente la embarga, se deslizan sus dedos en los recovecos de mis cajones sin localizar parte de su pasado: sus cartas, escucho sus improperios y finalmente derrotada llora hasta que el silencio reina de nuevo.
Yo quería consolarla, pero no puedo hablar, si ella tan solo supiera que después de escuchar su voz, en múltiples ocasiones con ese acento que tiene el pasado que renace con ternura, atento como Aladino a el sonido del papel que se doblaba en dos, de sus pasos al acercarse para abrir mi visera izquierda, para depositar un sobre que perpetúan vocales y consonantes de su aventura de haber sido madre.
Me rodean las horas sin tiempo, aquí estoy una leve música se confunde con el silencio que se irrumpe con su risa ¡Es él! Ahora es un adulto, pero por siete años fue el príncipe de la casa, porque el rey ¡Soy yo! incluso cuando aprendió a caminar se apoyaba de mí, me llegó a pintar, guardaba sus cochecitos en los cajones, le encantaba abrir y cerrar cada uno de ellos; ahora cuando llega a la casa, siempre abre una de mis gavetas como si buscará algo, pero después las cierra…sé que es por acariciarme, él sabe que es mi reino.
Escucho voces, risas encuentros que conforman historia de instantes. Cuando regresa el silencio, ella regresa a mí y vuelve abrir mi cajón izquierdo ahí están estoicas tres cartas las acaricia como si fuera su vientre, instantes que regresan furtivamente; está sola el sosiego la invade, la miro mientras un mosco revolotea, los perros ladran y el gato ronronea.
NOTA: texto publicado en el compendio Espejistas Literarios vol. III. Presentado en FILEY 2025.










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