Estos poemas son parte del libro De la pira a la tinta, publicado bajo el sello editorial Río de Oro Editores en su colección Cierva blanca que preside el periodista y poeta y escritor cubano Rafael José Rodríguez Pérez.
Luz escrutadora
Cotidiano en lo remoto
con el alma soterrada en la palabra
insisto en el ayer de las trampas.
Trato de ser verosímil
hasta en mi epitafio
siguiendo el crepúsculo
de la sangre que derraman
los muchos desde entonces
los muchos que soy
en el aplastante manantial de los sucesos.
Ahora me tildan la razón
en la demencia más legal
apostando mis órganos
al fuego de la verdad
y encuentro el filo de la navaja bajo mis pasos
cuando solo me daban una tribuna en el zodiaco
la voz sonámbula del miedo al espectro.
Entonces un escalofrío cifró la travesía
a través de mi dermis
instalándose en el regazo
hasta encontrar la piedra
que cubre mi luz escrutadora
de transcurrir en el tiempo.
Mi luz de cincelar el futuro
de los días que no arriban
en las bravatas horas de la esperanza.
Qué vehemencia edifica mi sombra
oculta mi voz del fuego de su sonrisa alta
agrupando consignas
que maceran el anhelo.
Digo todo, aunque sea al vano
soy de la estirpe de los que desafían
porque sé que en la página extrema
su abismal signo en la obscuridad
lo aclama desde ese desacierto
que cubre mi luz escrutadora.
El silencio
El silencio es una lágrima
después de un tango.
Una pulsación laberíntica de los ojos
en el desván de los sueños.
Un antes.
Un próximo.
Una gota que corre
detrás del mutis de las puertas
anclado al regazo de las despedidas.
Y es el ruido sordo
de la voz en el paisaje.
Duele cuando se hace presencia.
Como cerrar un libro
y saber que hay páginas que no has leído.
El silencio es fino como el delito más insoportable.
Y la palabra no es el puente sino el pretexto.
El silencio es un archipiélago
Sin aves un cuenco del alma.
Un mar sin olas para golpear la memoria.
Cómplice de las teclas
soporta la furia del sonido.
En él vuelo repongo el plural del Yo
haciéndome su compañero.
En este punto
hay un espacio
pálido.
Un diciembre
sin utilidad
creyendo en Zeus
explotando la metralla
buscando caravanas
de pecados.
Nosotros los de mañana
ayer remoto
aldaba dispersa
evocando escudos
para desnudarnos
con despedidas
con espejos
al amparo del tiempo
y las desigualdades.
En este punto
hay un espacio
pálido.
¡Ah, inmensidad!
Como una sucesión de instantes recogidos por la eternidad
nos trae la vida sus venturosos momentos.
Un crisol de dicha que me permite ella
compartir con su energía.
Va la nobleza de su alma apaciguando
mis desafueros y torpezas
construyendo(me) ensoñaciones
delirios realidades océanos
en los que me sumerjo como un pez.
Donde el silencio ciega mis demonios
crece un puente de ternuras
y desaparecen mis pérdidas.
Mis pérdidas que voy dejando
a cada atisbo
cuando mis párpados se cruzan
con sus párpados
y el miedo de adolescente
desaparece empozado en mi susurro.
¡Ah, inmensidad!
Receta
Un poema necesita halo
verduras de la memoria
especias de observación
sales de desamor
fervores traicionados
polvos de oficio
y
en todo caso
un poema necesita
de sí mismo.
Modo de preparación (en elaboración)
Esa opción impostergable
Había decidido escoltar su soledad acompañada.
Diástole y sístole del corazón
se procuraban la iniciativa
cuando su mirada indulgente
se cruzó con la mía en quebranto.
No hubo cómplices.
No hubo inocentes.
El tiempo y la vida…
—»¡Ay, la vida!”
fueron energías adicionales
sumándose al equinoccio
de nuestra primavera.
Cuando la tristura asoma sus fauces
la razón se aproxima al deseo,
el deseo se sumerge en el ansia
el ansia se escurre
por los remiendos del alma
el alma se forja
en las brasas que van quedando
y uno cree que las cenizas son los espasmos de la vida…
—»¡Ay, la vida!”
cubriendo la anchura de la felicidad.
Y es de valientes, -dicen-
saltar del espacio infértil
de los lamentos cansinos
para hallar el alma elevada
de la semilla que nos sostiene.
Se disuelve la negrura del rio
y una pulcra luminosidad señorea
atisbo de fragmentos crujen
y sonidos de esperanza
saltan a la plaza de los anhelos.
De entre la hojarasca
un ápice eleva su clorofila
hasta las afinadas melodías del viento.
Substancias del amor
Crisol de la esperanza
Trino del reloj
Costura de la vida…
—»¡Ay, la vida!”
¡Esa opción impostergable!










Responder