Mi vida está maldita desde el día que llegué a este mundo.
Esta piel de café con leche nos condenó al exilio: a mis hermanas, de su amada Habana
—frondosa, viva y desolada—; a mí, de todo amor que pude haber tenido. Hemos intentado llenar los recuerdos, pero son tan ácidos que parece que su único camino es el olvido: desintegrarse entre las hojas de la ceiba, donde descansan nuestros muertos.
¡Santa Caridad del Cobre, protege el alma de mi madre; llévala al Eggun!
—Shhh… van a despertar a la abuela. Niñas, no hagan ruido.
—Deja de chingar a las niñas, que estoy despierta desde hace horas.
—Pero, Monchita, tú deberías estar durmiendo, no estés de chismosa.
—Duérmeme cuando me hayas parido.
—Pensé que me dirías que cuando te mantenga —se escapó una ligera sonrisa del rostro de doña Emilia—.
—¡Oh, que la chingada! No necesito nada de ti. Me puedo ir a la calle si quiero.
Total, mi vida siempre ha sido un desmadre.
—Vocabulario, Monchi, cuídalo frente a mis nietas. Tienes que darles ejemplo; recuerda que tu lengua es peligrosa, y más frente a niñas.
—¡Qué bueno! Nacieron morenitas y con ojos cafés. No como esta piel maldita… ni estos ojos horrendos.
—Monchita, ¿de qué hablas? Siempre te he dicho que eres envidiosa. A nadie le diste tus ojos verdes.
—Por estos ojos mataron a mi madre… por don Ernesto.
—Monchita, vas a asustar a las niñas. Deja de decir tonterías.
—A ver, niñas, ¿quieren escuchar una historia? Pues, aunque no quieran… la van a escuchar.
Monchita, mi querida pasita. Nunca olvidaré su piel arrugada, llena de pecas y moretones, ni su pelo crespo, como algodón de azúcar cubierto de polvo y tristeza. Cargaba su dolor en cada paso, desde su llegada a Veracruz hasta que pisó las calurosas calles de Mérida. En su mirada siempre había una ausencia, o tal vez solo el cansancio de quien ha vivido una vida llena de penares.
Algunos fines de semana, su casa se convertía en mi refugio. Entre el olor del plátano frito chispeando en la cocina y el dulzor de su famoso ceviche de camarón, servido con sus manos temblorosas, se diluyen las líneas de mi memoria.
Con los años, vi su lento descenso por la espiral de los recuerdos que la consumían.
Siempre parecía hablarles a sus muertos, pidiéndoles protección para almas que hacía mucho habían trascendido, para quienes la habían abandonado al llegar al Eggun.
A pesar de todo, muchas veces me sentí reflejada en las historias de la Monchi.
Ambas estábamos perdidas, condenadas a no pertenecer a ningún lugar.
Nací mulata: demasiado blanca para ser negra, pero con las nalgas firmes y los labios hinchados que enloquecían a los hombres al verme pasar.
Más de un cabrón rozó mi cuerpo sin que yo se lo pidiera. Siempre fui buen material para despertar sus más sucios instintos; me despojaban de mi esencia para hacerme bocado, uno que al final terminaban por escupir.
Por eso creo que mi padre me odiaba: olía lo insano de mi cuerpo, como un perro que detecta al estorbo de la manada. Eso soy: un despojo al que la melanina traicionó.
La mente de Monchita era como una polilla golpeándose contra las paredes de su cráneo, soltando pequeñas partículas de memoria que estallaban cada vez que su lengua quedaba suelta y algún oído le prestaba cinco minutos de atención.
La mantenían casi siempre recostada en su cama individual, con su bata transparente cubierta de flores, tan delgada que dejaba ver sus senos ya secos, los mismos que alguna vez ofreció para alimentar a sus hijos con la bendición de Yemayá.
Su vida era complicada: demasiado religiosa con sus rosarios, pero incapaz de soltar a sus muertos, aquellos que sus antepasados enterraron hace años bajo las raíces de una ceiba, en alguna parte de su nunca conocida Cuba.
A veces creaba mundos ficticios: sonidos y olores que no podía recordar la hacían desbordar en llanto.
Un, dos, tres, golpe. Un, dos, tres, golpe… El vaivén de las olas se convirtió en mi arrullo. No tuve la voz de la amá para consolarme, solo dos hermanas que me refugiaron del odio ciego de don Ernesto, ese viejo pendejo que mató a mi madre. Tan pendejo que, además, me dio la vida.
Cuando salí de mi amá, me convertí en su condena.
Don Ernesto solo necesitó verme para desprender su cuerpo grasiento del petate e ir por la hoz con la que derramó la sangre de la guardiana de su semilla. Mi madre pagó el haber parido a una chamaca pálida frente al fogón. Pero lo juro por la Cachita: mi amá no conoció más varón que a don Ernesto, nunca tuvo roce de las manos del patrón. La necedad, sin embargo, es una cruel compañera.
¿Cómo puede uno dejar de sufrir cuando su propia sangre te desprecia y derrama la vida del único ser que pudo amarte?
No es que mis hermanas no me amaran, pero eran negras, y veía el asco que les producía tener que cuidarme: a mí, el ser que les quitó a su madre. Sabía que nunca podría entender su dolor. Ellas lo perdieron todo; yo nunca tuve nada.
Me criaron con leche de vaca bronca, el tiempo justo para emprender el viaje, escondiéndome del odio de don Ernesto y robando lo necesario para sobrevivir. Consiguieron mantenerme con vida —con todo y mis cagaleras, pasando hambres—. Se convirtieron en mis orishas, enviadas por la Santísima Caridad.
Cruzamos el mar rumbo al puerto de Veracruz, donde empezó una nueva vida. Allí conseguí tener un nombre; allí me convertí en Ramona.
—Pero cómo les contaba, niñas… no puedo dejarles nada más que mi historia, para que no repitan el maldito error.
—Monchi, ven, ya está la comida.
—Ah, cómo jodes, Emilia. Estoy hablando con las niñas, vete de una vez… jala, jala
—Monchita, no les vayas a contar nada. Es una historia muy triste para unas niñas de su edad.
—No me digas lo que puedo o no decir. Niñas, voy a ir al grano: por mi culpa mataron a mi madre. Soy la asesina de mamá Jonita.
—¡Mamá! —la voz de Emilia tembló—. Mira, mejor vete a dormir… yo dejo a las niñas viendo tele.
Desde ese día pasaron meses antes de volver a casa de la abuela. Siempre había un pretexto para no llevarnos.Mi madre nos divorció de todo: de la abuela, del olor a Flan de leche; de los rezos a Oshun. Nos borró del mapa de Monchita.
Nunca más la escuché hablar. Los sonidos que escapaban de su boca eran apenas quejidos, palabras masticadas por una aparente pérdida de sentido, o eso nos dijo doña Emilia, según lo que le contó el doctor.
Ese día, cuando nos contó su pesar, fue la última vez que la vi despierta, con hambre de recuerdos. Durante mi última visita a casa de la abuela la vi de nuevo, pero ya no era la misma, era apenas la carcasa de la gran Monchita. Durante mi breve paso evité como fuera, llegar al fondo de la casa; mirar hacia el cuarto de la izquierda era doloroso. Hasta ir al baño se volvía un acto de valentía. Entonces entendí que una niña nunca es lo bastante fuerte para mirar de frente a la decadencia.
Me obligaron a despedirme de ella, a darle un beso, porque quizá sería la última vez que la vería con vida. Qué frase tan rebuscada, pensé. Ese bulto ya no era mi Monchita. La vi inmóvil, como un cuadro realista arrumbado en un rincón; apenas la sombra de una mujer de avanzada edad, recostada de lado, intentando ocupar el mínimo espacio, como si buscara regresar a la matriz que alguna vez habitó.
Hoy sus palabras aún resuenan en mi mente: demasiado blanca para ser negra.










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