México, estoy con ganas de hacerte el amor, retribuir el que tú me has dado tan pronto como llegué a la vida. A vuelo de pájara veo que el sol te ilumina, te procura el día; haz que al encumbrar el astro dios, brille tu escudo en la luz de la aurora, para despertar a las olas de jade con su inmarcesible marea, a la enramada de ríos cantar a cántaros, al territorio del cactus donde se acunan los magueyes y una que otra biznaga.
Tu superficie es el maíz
Haz que se despabile el águila que aquel día devoró a la serpiente. Despierto estás, México, nunca duermes, vigilas, no te cansas. Lo sé por el antiguo rugido de tus cráteres, su furia al reventar de tu seno ríos de lava para formar pedregales; volcanes ahora adormilados, cubiertos por la sábana de nieve blanca.
Si yo conozco el cielo es por tu cielo
Por los cuatro vientos ondean banderolas de papel picado, sólo tú sabrás qué quiero; si acaso estarán al tanto la flor de cempasúchil, la piñata, la calaverita de azúcar, la matraca, la diana, el canario de la feria que con su pico decide mi suerte, los papalotes, el canto del gallo.
Ándale, niña, sal del rincón, con la canasta de la colación
Quiero invitarte a beber cacao caliente en olla de barro; irnos de fiesta a comer chiles en nogada, mezcla de texturas, colores, aromas; citarte en una cantina y bebernos un tequila con limón, sal y sangrita; vagar por allí y oler el cilantro, la vainilla, el epazote. Voy a soltar mi imaginación cuando mi pie desnudo recorra la arena de tus dos mares, tan distintos. Déjame meter las manos en una canasta de semillas de frijol, déjame abrazar el tronco del ahuehuete y del aguacate, acariciar el lomo del jaguar, las plumas del quetzal, tuyos, todos.
Tú tienes lo que busco, lo que deseo, lo que amo, tú lo tienes
Desde siempre me regalaste las notas de tu música, la marimba, la Marcha Dragona, el bolero que enamora, guitarras de tres en tres. Huapangos, La Bamba, trompetas y tambores; por eso quiero bailar un danzón contigo, México, un sábado en el parque, y terminarlo con el paso justo, cerrado, en un elegante pracatán.
Voy por tu cuerpo como por el mundo
Llegará el tiempo en que salga la luna de plata abrazada a la noche estrellada. Será el momento de acoplarme a ti, como me lo enseñó el enterrador del Panteón: en una caja de madera, sin herrajes, ladrillos o tapias, a tres metros bajo tierra mojada. Yo añadí: que sea tocado, una y cien veces, Dios nunca muere. Así, poco a poco, silenciosamente, sin miedo, mi carne se transfigura, se vuelve tierra en tu tierra, de donde he nacido, y se cumplirá mi deseo de dormir sueños, México, de soñar en la magia de tus espejos.










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