Carlos Montemayor, un intelectual comprometido

El escritor Carlos Montemayor fue un destacado intelectual mexicano cuya obra abarcó diversos campos del pensamiento, desempeñándose como historiador, ensayista, poeta, cuentista, traductor y estudioso de las lenguas originarias, como lo constata el trabajo que realizó en las comunidades mayas de Yucatán. Siendo que desde joven estableció relación con grupos agraristas y socialistas, lo que le despertó un profundo interés de comprender las raíces de los movimientos sociales, primero de su natal entidad, y después de todo México. En especial, la lucha encabezada por Arturo Gámiz, quien fuera figura central del asalto al Cuartel Madera del 23 de septiembre de 1965, en Chihuahua, dejó en él una huella que se refleja en sus obras sobre la guerrilla mexicana como son las novelas “Las armas del alba” (2003), “Guerra en el paraíso” (1991), “Las mujeres del alba” (2010) y “Los informes secretos” (1999), entre otras.

Además, el movimiento de 1968 impactó en su quehacer intelectual y profundizó su permanente lucha por la verdad histórica, pues vivió ese acontecimiento como estudiante de la Facultad de Derecho de la UNAM, quedando marcado por la tergiversación y la manipulación mediática del poder gubernamental sobre los hechos de la masacre del 2 de octubre del 68, así como los informes oficiales sobre los sucesos relacionados con el asalto al Cuartel Madera, en ambos casos, se despertó en él una especie de herida que únicamente podía curarse comprometiéndose con el esclarecimiento de los hechos y la reivindicación de la memoria de quienes dieron su vida buscando un mejor mañana para millones de mexicanos. Al respecto, escribió “Rehacer los hechos” (2000), donde analiza documentos en busca de la verdad del 68, y “Elegía de Tlatelolco” (1996), una serie de poemas que entrecruzan la memoria del origen y la tragedia e injusticia de la infamia.

La obra intelectual de Carlos Montemayor es basta y muy reveladora. Sus novelas, crónicas y ensayos acerca de diversos movimientos sociales son referentes para analizar el contexto y la actualidad en torno a fenómenos como las guerrillas y los levantamientos indígenas. Sus libros: “Chiapas, la rebelión indígena de México” (1998); “La guerrilla recurrente” (1999); y “Rehacer la historia” (2000) son fundamentales.

Montemayor logró sistematizar y dejar constancia de los movimientos armados socialistas de los sesenta y setenta que no figuran en la historia oficial. Su obra más renombrada, “Guerra en el paraíso” (1991), aporta mucho al conocimiento público sobre la Guerra Sucia mexicana. En esta novela recreó la represión militar contra la guerrilla de Lucio Cabañas en Guerrero durante los años setenta. También, otras partes de su literatura reflejan su compromiso con la verdad, en cuentos como “Las llaves de Urgell” (1971), “Premiá” (1983), “Diana” (1990), y en ensayos como “Los dioses perdidos” (1979) y “El oficio literario” (1985), abordan de manera puntual la vida y problemáticas indígenas.

En su libro “La violencia de Estado en México. Antes y después de 1968” (2010), utilizó la perspectiva histórica para examinar las causas de los movimientos armados, proponiendo varias hipótesis cardinales. “Violencia de Estado en México” es un estudio revelador, siendo continuidad en buena medida de los análisis que ya había realizado y publicado en el 2000 bajo el nombre de “Rehacer la historia”, ensayo que se basa en los documentos personales del general Marcelino García Barragán, uno de los principales culpables intelectuales y materiales de la masacre de 1968. La inclusión de otras fuentes, sobre todo informes desclasificados por el gobierno de Estados Unidos, permitió a Montemayor abrir nuevas rutas de interpretación referentes a la “supuesta” vinculación orgánica entre el movimiento estudiantil del 68 y la guerrilla posterior a él, lo cual, logra desmentir en su mayoría. En su análisis sigue la ruta de la conjura comunista internacional que el gobierno mexicano encabezado por Gustavo Díaz Ordaz convirtió en la explicación oficial del surgimiento del movimiento del 68, y, por tanto, la utilizó como justificante de la actuación genocida de su gobierno el 2 de octubre en la plaza de Tlatelolco. Los documentos permiten a Montemayor demostrar que ni siquiera la CIA confiaba en la versión de la conjura internacional de Cuba y la URSS sobre México.

De igual forma, parte del contenido de “Violencia de Estado” se presentó a la Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos en 2009, y se utilizó por la Comisión de Mediación entre el Ejército Popular Revolucionario (EPR) y el gobierno federal, disuelta el 21 de abril de 2009 por la negativa del entonces ejecutivo de resolver el caso de los dos eperristas desaparecidos hace ya 20 años. El libro plantea que la violencia de Estado no es sólo tortura, masacres y desaparición forzada, sino un entramado de complejos mecanismos como la impunidad en la procuración e impartición de la justicia, la legislación que criminaliza a activistas sociales y la negación de la pobreza. En otras palabras, la violencia de Estado también es la permanencia del analfabetismo, de la carencia de servicios de salud, del desempleo, de la falta de vivienda y de la desnutrición, todas estas son formas de violencia legal, institucionalizada.

Montemayor puntualiza que estas situaciones se recrudecen cuando el escenario son las poblaciones indígenas, debido al rezago histórico que presentan desde la conquista. Por ello, hizo hincapié en la legitimidad de la lucha del EZLN, tanto en sus artículos en La Jornada como en su libro “Chiapas, la rebelión indígena de México”. Con su trabajo denostó la calificación de “terroristas” que la derecha endilgó tanto a zapatistas como a militantes de otras guerrillas como los del EPR, al demostrar que su organización y aparición en la vida política-social de nuestro país responde a la necesidad de sobrevivir y no por actos criminales.

Su agudo análisis lo lleva a otra hipótesis: la violencia institucionalizada provoca violencia popular. Esta es la razón de la recurrencia de la guerrilla como fenómeno de lucha en el país. La llamó “guerrilla recurrente” porque no ha dejado de estar presente durante todo este tiempo. Siempre alegó que la violencia del pueblo manifestada en rebeliones es precedida de una violencia originada por el Estado, por graves insuficiencias sociales y políticas, de tal manera, que nunca dejó de recomendar que estos estallidos deban ser analizados como movimientos sociales y no como meros asuntos policiacos o militares. Es decir, si no se toman en cuenta las causas sociales que generan estos movimientos, nunca se podrán solucionar, y por tanto la guerrilla seguirá siendo recurrente. Es necesario comprender que la guerrilla es siempre un fenómeno social.

Los planteamientos de Montemayor sobre los movimientos armados en México han influido en varias generaciones de investigadores y periodistas. Un claro ejemplo, es su papel clave en la elaboración del libro “México armado 1942-1981” (2016), como lo ha reconocido la periodista Laura Castellanos, autora de la obra, en la que se narra el proceso de radicalización de una treintena de guerrillas en los años sesenta y setenta, antecesoras de la decena de guerrillas activas en la actualidad, como el EZLN y el EPR, y sus escisiones.

Las aportaciones de Montemayor también son vitales para conocer las espirales de la contrainsurgencia. En “La violencia de Estado en México” presenta un escenario repetido a lo largo de la historia moderna, tanto en las movilizaciones ferrocarrileras de los cincuenta, como en las estudiantiles del 68, en la irrupción de los grupos guerrilleros diversos, así como en el movimiento popular de Atenco o el de Oaxaca en el 2006. El escenario referido es que cuando un grupo social inconforme radical o no, irrumpen la esfera social y política, el discurso del Estado descalifica sus razones, niega la violencia institucionalizada, y reprime en nombre de la “paz social”. Por lo tanto, Montemayor fue puntual al decir: “La inconformidad social no inicia la violencia; por el contrario, surge para que esa violencia cese”.

Hoy en día, falta mucho por esclarecer de la Guerra Sucia, la contrainsurgencia y la guerrilla mexicana, pero las aportaciones de Montemayor hacen de ese camino algo menos oscuro. El mismo Montemayor se expresó con entusiasmo en el 2002 al escribir en el prologo del libro “En las profundidades del MAR” (2003), de Fernando Pineda Ochoa, lo siguiente: “Estamos en el momento que empieza a surgir a la luz la memoria de estos movimientos. Esa memoria debe formar parte de nuestra conciencia actual, porque su historia empieza a revelarse para decimos lo que somos, lo que a través de nuestras luchas hemos querido ser, y deseamos aún llegar a ser”.

Montemayor dejó claves históricas para comprender nuestro posible futuro. Su muerte no significa el olvido de sus ideas; sino por el contrario, la consolidación de su ideario como una poderosa arma de análisis social que necesariamente respalda las mejores causas del pueblo de México.

Imagen tomada de: https://letralia.com/

Licenciado en Ciencias Antropológicas con Especialidad en Historia por la Universidad Autónoma de Yucatán. Es editor de "Disyuntivas. Cuaderno de Pensamiento y Cultura". Colaborador de Por Esto!, La Jornada Maya, Novedades de Yucatán y diversos medios impresos y digitales. Coautor del libro "Héctor Victoria Aguilar. Esbozo para una biografía" (SEGEY. 2015), coeditor del libro "Migración cubana y educación en Yucatán. Actores, procesos y aportaciones" (SEGEY, 2015), autor de "En voz íntima" (Disyuntivas ediciones, 2017). Miembro de la Asociación Mexicana de Estudios de la Caribe (AMEC) y del equipo de promoción de Archipiélago. Revista cultural de Nuestra América (UNAM-UNESCO), miembro de la Asociación de Historiadores Latinoamericanos y del Caribe (ADHILAC). Fue coordinador académico de la Casa de la Historia de la Educación de Yucatán de 2010 a 2019. Actualmente es Coordinador de la Cátedra Libre de Pensamiento Latinoamericano «Ernesto Che Guevara».