Queridos lectámbulos:
Nuestra edición de octubre propone la triada: Ciencia, educación y política, dado que no puede ignorarse la influencia de esta última en el desarrollo educativo y científico de un país, y en los últimos días, en México, se ha hecho más que evidente.
El pasado mes de septiembre, los maestros y algunos alumnos regresaron a las aulas de manera presencial en medio de críticas, reclamos, advertencias y temor. Las escuelas, cerradas por más de año y medio, tuvieron que adecuarse a la llegada de los niños y jóvenes en aproximadamente quince días. En muchos casos, estos no fueron suficientes. La instrucción de las autoridades educativas fue poner en marcha un modelo mixto o híbrido que dividiera a los estudiantes que eligieron, junto con sus tutores, asistir a la escuela, con el fin de cuidar la sana distancia en aulas. Esta situación llevó a los maestros a organizarse por días para atender a los dos grupos presenciales y a los que seguían a distancia; además de implantar un protocolo de salud para detectar síntomas en alumnos y padres de familia que ingresaran al plantel.
Lo cierto es que si ya la pandemia, en sus momentos más álgidos, había puesto al descubierto las carencias del sistema educativo ampliando la brecha social existente entre los niños mexicanos, regresar a las aulas fue encontrarse con la realidad: escuelas sin internet, sin energía eléctrica, sin agua y sin recursos para solventar los insumos más mínimos. Sin embargo, los docentes fueron instados a ejercer su vocación, a resolver la situación con lo que tuvieran al alcance y, desde luego, con su mejor actitud.
Por su puesto, las escuelas privadas invirtieron grandes recursos para adquirir e instalar el equipo necesario para sanitizar espacios, llevar a cabo rigurosos protocolos de acceso y transmitir las clases a los alumnos en línea y a los presenciales de manera simultánea. Algunas escuelas públicas, ubicadas en zonas urbanas de cierto privilegio, pidieron colaboración, e incluso mensualidades, a los padres de familia para instalar varios módems que permitiera acercarse al servicio educativo privado.
Sin embargo, las escuelas rurales, continuaron con las mismas dificultades. La estrategia continua siendo la misma del curso anterior, con el envío de tareas a través de Whats App, mientras los alumnos presenciales, en los pocos días que asisten, han tenido que resentir la ausencia de los maestros infectados por Covid- 19; así como los docentes, la crítica social, que piensa, una vez más que no quieren trabajar.
Pero, por lo contrario, los maestros continúan intentando resolver las carencias del sistema, trasladándose a sus escuelas donde no hay condiciones para el trabajo educativo, pagando datos móviles para atender a lo largo de todo el día a los alumnos que están en casa, para cumplir con el compromiso vocacional que adquirieron al asumirse docentes, y todo esto, con posibilidad—porque ya ocurrió— que todos los alumnos, presentes, intermitentes y ausentes, sean promovidos al término del curso escolar.
Definitivamente, las consecuencias de las decisiones, ensayo-error, de la políticas educativas ante un hecho insólito como esta pandemia, las veremos más adelante. Los daños emocionales y de formación en miles de niños y adolescentes, incluso universitarios, serán algo que resentiremos en un futuro no muy lejano como sociedad.
Si algo dejó claro esta pandemia, es que requerimos indudablemente de fortalecer el sistema educativo en México, como en muchos países de América Latina, apoyar la ciencia y la investigación, así como el intercambio de conocimiento y colaboración internacional. Es fundamental motivar y facilitar a los jóvenes su educación básica, pero también la profesional y las especializaciones científicas, tecnológicas y humanísticas, pues son la base para la competitividad económica y la resolución de problemas que surjan en los años por venir.
Verónica García Rodríguez
Octubre, 2021
Mérida, Yucatán, México.










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