Contraplano: crónicas de un arquitecto herético en el país del espejismo

En Yucatán hemos perfeccionado el arte de construir el futuro sobre un cementerio de verdades incómodas. Y le llamamos “progreso” y “desarrollo”.

Dicen que la arquitectura es el arte de la esperanza. En Yucatán se ha convertido en el arte de la amnesia selectiva. Hemos perfeccionado un ritual: primero le ponemos un nombre bonito a la destrucción, luego le aplicamos una capa de pintura ecológica y finalmente nos sorprendemos cuando la realidad (esa entidad tozuda y sin educación) nos reclama la factura. Lo digo con la serenidad de quien lleva veinticinco años viendo cómo se pudre el alma de esta península, no desde un púlpito, sino desde el banquillo de dibujo y desde la montura de mi bicicleta, que es el único observatorio desde el que aún se puede ver la verdad sin que te la tapen con una valla publicitaria.

Hace tres semanas, pedaleando por lo que fue el último corredor de selva baja entre Mérida y la costa, me encontré con el monumento perfecto para nuestro tiempo. Donde antes había un letrero oxidado, honesto en su fealdad burocrática “RESERVA ESTATAL. PROHIBIDA LA TALA. REFUGIO DE FAUNA”, ahora se alzaba una estructura de acero corten iluminada con LED que decía: “Aldea Oxlahuntiku. Complejo vertical residencial. Conectando con la esencia maya”. Detrás, el paisaje era un campo de batalla posapocalíptico. Troncos seccionados como huesos, montañas de cancab (tierra roja) y, al fondo, como burla final, la lona impresa en tamaño jumbo de lo que será un edificio de doce pisos con fachada de vidrio reflectante. Un espejo gigante para contemplar, día y noche, nuestra propia idiotez. La “esencia maya” aún está en los cimientos.

Me detuve, sudoroso, y un vigilante con uniforme de mercenario me miró con lástima. En su mirada leí el veredicto de la época: yo, con mi bicicleta y mi botella de agua rellenable, era el bicho raro; el que se había quedado anclado en un pasado donde los árboles valían más que el metro cuadrado. Respiré hondo. El aire olía a gasóleo y a dinero recién impreso. El primer Ma del día no lo dije. Lo escupí, mezclado con el polvo del sascab y la rabia.

Mi herejía había comenzado pronto y casi por pudor profesional. Mientras mis compañeros de generación abrazaban el “estilo contemporáneo posmoderno”, que aquí significa construir hornos solares con forma de casa, sellados herméticamente para luego gastar fortunas en combatir el calor que uno mismo atrapó, yo me volví un arqueólogo de lo obvio. Mi principio fundamental es tan sencillo que resulta subversivo; no destruyas lo que ya funciona mejor que cualquier cosa que puedas inventar.

Un chaká centenario no es un obstáculo para tu proyecto, es el mejor ingeniero bioclimático que nunca tendrás a sueldo. Regula la temperatura, filtra el aire, sostiene el suelo, da sombra y, de paso, te recuerda que tú eres un invitado en esta tierra, no su dueño. Pero esta idea, en el Yucatán del “desarrollo”, tiene el mismo estatus que proponer el canibalismo en un congreso de nutrición. La liturgia del progreso exige la limpieza del terreno. Es un bautizo de fuego donde el dios es el bulldozer y el espíritu santo es el humo del diésel quemando raíces.

El reglamento de construcciones, ese gran cómplice literario de la ficción legal, estipula con una cara de piedra que un 30% del terreno debe ser área verde. Lo que nadie te dice es que la genialidad criolla ha reducido ese concepto a su expresión mínima, casi metafísica. Un árbol puede ser una maceta. He visto proyectos “premium” donde el “pulmón verde” es una hilera de palmas de salón plantadas sobre una losa de concreto, con un goteo químico que las mantiene en un estado de coma vegetativo digno de estudio clínico. Es el greenwashing, la simulación ecológica como arte menor. Yo insisto en lo grotesco, un jardín real con tierra, lombrices, hojas que se caen y flores que atraen abejas, no inversores. Esto me ha ganado el título no oficial de “el arquitecto poeta (y, por tanto, imbécil)”.

En una oficina con aire acondicionado a 16 grados, el cliente, un empresario del centro del país recién llegado, me explicó su visión: “Quiero integrarme al entorno, que la casa fluya con la naturaleza, que sea sustentable”. Le presenté un diseño que giraba en torno a un gran ramón existente, con patios interiores que captaran brisas, con un estanque para reciclar aguas grises. Lo estudió y dijo:

—Me gusta la idea orgánica. Solo tengo una duda de funcionalidad… ¿cómo evitamos que los pájaros y toda esa cosa silvestre manchen la terraza y la alberca?”.

Callé. ¿Cómo explicarle que lo “silvestre” no es un accesorio de la experience, sino el contrato base de vivir aquí? Que la naturaleza no es un spa, es un vecino ruidoso, desordenado y lleno de vida. Él no quería un hábitat; quería un diorama. Un fondo de pantalla en 6K donde poder posar sin ser incomodado por la vida misma.

Mi herejía también es lingüística. No solo hablo en yucañol, ese idioma bastardamente perfecto que mezcla el páak del maya con la ironía del español yucateco, sino que diseño y construyo en yucañol. Es mi acto de soberanía técnica. Mientras la grey arquitectónica importa soluciones de Dubái o Miami, yo me he vuelto un traductor de la piedra, el viento y la sombra. Mis colegas veneran el vidrio reflectante. Lo venden como “tecnología de vanguardia”. Yo lo llamo la traición termodinámica, un material que toma el sol de Yucatán y, en lugar de rechazarlo, lo convierte en un juego de espejos que cocina la calle y obliga a encerrarse en una caja frigorífica. Es el símbolo perfecto de nuestra época: brillante por fuera, desesperado por dentro. En su lugar, propongo la celosía como la piel que respira, no es un elemento decorativo; es un sistema de climatización pasiva milenario. Cada abertura, cada sombra proyectada, es una palabra en una gramática del clima que estamos olvidando a golpe de split minisplit.

Y la obsesión de los nuevos arquitectos por los materiales importados mientras pisamos sobre la piedra caliza, ese mosaico geológico único, me parece un colonialismo estético de una tristeza infinita. No conocen el tzalam para la carpintería, que yo uso no por folclor, sino porque se adapta al calor como un guante. Pinto con cal, no con vinílica plastificada, porque transpira. Pongo mosaico de pasta artesanal, no por nostalgia, sino porque cada pieza cuenta la historia de un taller familiar. Mi arquitectura balbucea, tartamudea, suda. Tiene texturas que piden ser tocadas, no solo vistas. La arquitectura “de catálogo” es muda, lisa, fría al tacto y termodinámicamente sorda. Es el silencio del que ya no tiene nada que decir porque compró el discurso prefabricado.

Mi obsesión por la eficiencia, que aquí es equivalente a declararse enemigo público del desarrollo, me ha llevado a proponer sistemas de captación pluvial, que no es visto como sentido común, sino como una excentricidad de hippie con dinero. El paradigma es claro. El agua llega por una tubería mágica (de una fuente que se seca), y la mierda desaparece por otra (hacia un manto freático que envenenamos con alegría cívica). Pero mi crimen mayor es atacar el sagrado aire acondicionado. Cada unidad exterior es un pequeño sol privado, vomitando aire caliente a la vía pública para robar frío al interior privado. Es la termodinámica del egoísmo puro, mi confort a costa de incrementar el infierno urbano. Hago números: si una casa tipo tiene cuatro aires acondicionados y un desarrollo tiene cien casas, son cuatrocientos pequeños soles rugiendo en la noche, elevando la temperatura del barrio entero, lo que obliga a los vecinos a… poner más aires acondicionados. Es un círculo virtuoso de la estupidez, un bucle de retroalimentación climática que diseñamos, pagamos y luego lamentamos.

Y luego está la movilidad, la última frontera de la insensatez. Mi bicicleta no es un vehículo; es una declaración de guerra cultural. En una tierra donde el automóvil no es un medio de transporte, sino un escudo social, un caparazón metálico contra el calor, pedalear es un acto de exposición. Te expone al sol, al sudor, a la mirada de lástima o incomprensión. ¿Se le descompuso el carro, arqui?, me preguntan a veces. No, se me descompuso la paciencia para participar en el embotellamiento sagrado, en ese rito colectivo donde quemamos gasolina cara para movernos a cinco kilómetros por hora, cada uno en su celda móvil, a 20 grados, escuchando noticias sobre la crisis climática. Pedalear es trazar, con el sudor de la frente, un contraplano de movilidad. Es recordar que una ciudad donde es una locura andar en bici, es una ciudad que se ha equivocado de modelo en el habitar.

Así que aquí estoy. No tengo un portafolio de rascacielos fotogénicos. Tengo una colección de refugios de cordura. Casas que susurran en vez de gritar. Patios donde el aire huele a dama de noche y no a ozono de ionizador. Espacios donde la factura de la luz no es una extorsión mensual. Mi herencia no está en las revistas de diseño. Está en la sombra fresca de un árbol que no fue talado, en el susurro de una brisa canalizada por un vano bien orientado, en el agua de lluvia que riega un jardín en vez de inundar una calle. Es el lujo supremo de la inutilidad práctica de hacer cosas que no se monetizan, pero que hacen la vida vivible.

Al final, el registro histórico de esta encrucijada yucateca no lo escribirán los que cortaron las cintas inaugurales de “las aldeas” y los “Bosques Reales”. Lo escribiremos los que, desde la herejía obstinada y poco rentable, supimos decir Ma’ cuando todo el coro del progreso entonaba su Je’ele’ mercantil. No lo hicimos por virtud, sino por una incapacidad patológica. La de traicionar a la lógica del lugar, a la memoria de la piedra, al futuro del agua y al simple, anticuado y revolucionario principio de no construir jaulas de concreto, sino viviendas.

Desde mi bicicleta, mirando los espejismos de acero y vidrio que crecen donde antes cantaban los pájaros, solo me queda una certeza. En la gran cruzada, entre el delirio colectivo y la cordura solitaria, yo elegí plantar, regar y defender un jardín. Con todas sus hojas caídas, sus insectos molestos y su gloriosa, ineficiente y subversiva vida. No es mucho. Pero en el reino de los ciegos, el tuerto que se niega a cerrar su único ojo es, por definición, un revolucionario. O, como diría un viejo maestro albañil: “Chéen jump’eel báaxal, pero Jump’éel chan báaxal …”. Solo un juego, pero un pequeño juego.

Arquitecto y Maestría en Arquitectura por la Facultad de Arquitectura de la Universidad Autónoma de Yucatán. 2004 y 2010 Profesor de la Facultad de Arquitectura de la UADY de 2011 al 2017, de la Universidad Vizcaya de las América, del Centro Universitario de Valladolid (CUV) y la Universidad de Yucatán (UNY). Arquitecto responsable de los proyectos de Restauración de catorce edificios religiosos patrimoniales en el Estado de México derrumbados por el sismo de 2017. Asesor en dos proyectos sociales de vivienda en comunidades rurales sobre autoconstrucción asistida (en PLANCHAC 2015 Vivienda Popular como unidad doméstica sustentable; Medio ambiente y cultura) y Construcción de vivienda vernácula (en Tahdziú 2005). Y como Investigador asociado en el área de Seguridad en la construcción en los conjuntos de vivienda en serie del proyecto CONAVI – CONACYT clave 236282 y clave SISTPROY UADY 2015001. (2015 – 2016) Arquitecto copartícipe en la reconstrucción de viviendas destruidas por el sismo de 2017 en localidades de Chiapas, coordinando a estudiantes de Arquitectura participantes. Docente de las asignaturas de taller de materiales, Restauración, Taller de Proyectos y Teoría e historia de la arquitectura regional, Diseño Bioclimático, Así como de diversos cursos de materiales y sistemas constructivos, Técnicas de restauración y Autoconstrucción asistida de vivienda. Actualmente investigador sobre eficiencia en el uso de materiales entre los que destacan la madera, la tierra, la piedra y otros materiales naturales, así como la realización de proyectos arquitectónicos de vivienda.