Cuento La muerte y la ceguera de Roberto Azcorra Cámara

Buscan, sus pasos golpean las rocas con fiereza. El grupo se ha internado en la construcción que unos cuantos saben descifrar, se detiene y aguarda en absoluto silencio. Es la décima tercera luna nueva. Las armas chocan contra los muros y pareciera que todo se estremece. Chac Kin atrapa la brisa, el miedo está impregnado sobre el musgo de las paredes. El olor arenoso del perseguido recorre de un lado a otro el ancho del sendero, un aroma que no lo sorprende porque antes que él estuvieron otros. En la noche, Chac Kin, jefe de la brigada murciélago, distingue claramente un murmullo, un rezo, un canto, tal vez a dioses lejanos y bárbaros. Quiere pensar en el prófugo, en su rendición. Es el último de los aborrecibles mencionados en las Escrituras. Chac Kin duerme, quiere atraparlo primero en sueños.

Casi no has dormido. Elevaste plegarias al Clemente, al Misericordioso, el que es más Grande, el Creador de lo visible y lo invisible, del mar y la costa, del fuego y el frío.

Recordaste el trayecto en la tempestad, la figura imponente del Mansa, capitán de los barcos, luchando con el río que los lanzó de nuevo al océano y luego a los arrecifes. Has sobrevivido gracias al Todopoderoso, a la naturaleza que te ha alimentado y sanado tus heridas. Muchos murieron en el naufragio, algunos llegaron a la playa. Estás seguro que fuiste el único que logró adentrarse a la selva. Así fue como encontraste a los dioses alados; palacios rojos, blancos y muros azules que mostraban una dinastía al parecer abandonada a su suerte; a los hombres ataviados con pieles y cascos de cráneos de animales que te recordaron a los viejos cuentos de los abuelos. Los viste a lo lejos, era un pequeño grupo de siete, parecían custodiar una edificación gigantesca en medio de esa ciudad despoblada.

En la décima tercera luna nueva de las flores y frutos, comenzó la persecución. Ignorabas cómo supieron de tu presencia. La madrugada cobijó tu entrada al laberinto. Primero buscaste la pared con las manos y después con el cuerpo. La vista era tu mayor peligro, los caminos y paredes fueron construidos para el extravío del invasor, porque nadie habrá de ver al dios del trueno y la vida. Esos pasillos eran tu salida al mar, a la libertad. Esa noche soñaste en tu perseguidor, en su rostro sin ojos.

El trino desconocido de las aves y los pasos que crujieron en la hojarasca de la selva te despertaron, esperaste no haber gritado mientras soñabas en tu posible muerte. El viento acercó el sonido de tu perseguidor y el oleaje acariciando las murallas del laberinto. Es la segunda o tercera noche en las entrañas de esa trampa de roca.

 Respiraste pausadamente. El lodo y el musgo te sirvieron para cubrir tu cuero obscuro y famélico con la esperanza de pasar desapercibido. La escolta atravesó el centro del laberinto siguiendo ese olor tuyo de terror. La marcha del grupo retumbó a una o dos cámaras de ti. Supiste en ese momento que era el final, tu camino sería el silencio eterno.

Chac Kin sabe esperar, extraña los rostros infinitos e indescifrables de la ciudad sagrada; la lealtad de una mujer arrancada de sus manos por los sacerdotes; las veredas terrosas en dirección contraria al océano, testigo de otras muertes. También siente en cada cerrar de párpados el dolor del sacrificio y el orgullo de su misión divina, la oscuridad que es su hogar, la certeza de las profecías que pasarán sobre su cuerpo. Nadie cruzará por este laberinto para profanar al dios. Chac Kin sabe la prontitud de su fin y agradece haber cumplido todo ese tiempo un servicio al dios de todas las cosas.

Escucha los murmullos del perseguido cuando el grupo lo apresa. Entiende que también ha llegado su final cuando escucha la invocación y el sucesor desenfunda dos pedernales de jade.

Roberto Azcorra Cámara
Nació en Ticul, Yucatán, en 1975. En 1999 ganó el Premio Nacional de Cuento “Carmen Báez”. Ha obtenido en dos ocasiones la beca estatal para jóvenes creadores (1998 y 2002). Es coautor de la antología de literatura yucateca contemporánea Litoral del Relámpago (2002). Parte de su narrativa está antologada en Nuevas voces en el laberinto (2005) y La Otredad (2006). Una versión de “Sadoth en la guerra” fue publicada ese mismo año por una editorial española. Es miembro del Centro Yucateco de Escritores y del Consejo Editorial de la revista literaria Navegaciones Zur. Reside en Mérida, Yucatán.