Cuento Teresa Dey

Oficio de fantasma

Maldigo del alto cielo, decía Violeta Parra, así maldigo yo esta cuarentena maldita, mi trabajo es en la calle, pasar inadvertido y averiguar sobre las vidas ajenas.  Soy un hombre a mediados de los cincuenta, estoy un poco pasado de peso, tengo problemas de hipertensión y no, por supuesto que no pienso dejar de fumar, ya para qué, dicen que con que hayas fumado diez años quedas marcado, por lo mismo, me niego a dejar los hábitos de fantasma pagado, que he venido nutriendo año con año.  ¿Y mis cubitas? He cambiado a Coca-Light, es verdad. 

Ya sé, soy un lugar común, parezco un personaje sacado de alguna de las páginas de Leonardo Padura. Pero ni modo, ese soy yo.  No soy Mario Conde, yo vivo en la nueva CDMX mejor conocida como detrius federal, mi departamento está ubicado en una de las unidades habitacionales del sur de la ciudad.  Vivo solo, soy mediocre, qué le vamos a hacer.   Por las noches, cuando regreso a casa, me es imposible conciliar el sueño si no me bebo mi cubita y leo un poco.  Y claro, leo novelas policiacas, me divierte ver cómo nos imaginan los escritores, como nos quieren retratar.  No somos ni tan brillantes ni tan sórdidos como nos describen.  Nuestro trabajo estriba en ser invisibles.  Leer esas series negras equivale a ver un espejo romántico del oficio de espectro.  A veces me pregunto por qué me metí en esto.  No todos somos ex policías asqueados de la corrupción, algunos de los que se dedican a esto son más corruptos, vaya si lo sabré yo.  Los casos que nos encargan no son únicamente de maridos o esposas infieles, eso es de risa.  A veces hay que conseguir pruebas contra verdaderos delincuentes.  Qué hacemos con esas evidencias, cada quién decide.  A veces se entregan al cliente, otras se pacta con el perseguido, todo tiene que ver con la ley de la oferta y la demanda.  La ética suele estar peleada con el bolsillo y algunas veces, los clientes son iguales o peores que sus antagonistas. 

Yo estudié psicología forense, desde muy chico me ha inquietado saber ¿qué es exactamente lo que hace a ciertos individuos delinquir y qué los hace equivocarse para dejar pistas de su hazaña?   Nada como la serie Mindhunter, en este país no hay esos recursos.  Y ya dije, soy mediocre o comodino tal vez.  Suelo tener trabajo, o más bien debo decir, solía.   Antes del Covid19.  Es ridículo morirse por una gripa que se complica.  Así que esperaba casi de rodillas algún encargo.   Se trata del caso de una señora, una madre preocupada que me pide que identifique a un tipo que según ella anda rondando a su hija de doce años.  Le expliqué que yo no era especialista en las investigaciones por internet.  Me dijo que ya había acudido a la policía cibernética y que no le hicieron caso.  Le advertí que había un grupo de hackers que podían hacer el trabajo mejor que yo, pero no quiso, alguien le habló de mí y le dijo que yo era confiable, discreto y sobre todo eficaz.  Terminé aceptando el encargo porque ofreció pagarme bien.  Me dio todos los datos con los que ella contaba y por qué deducía ella que el fulano era de peligro.   Yo no sé si esta mujer se la pasa en las redes sociales o en los videos morbosos, pero a mí me toca corroborar si esta mujer es paranoica o si ha percibido algo que podría ser de peligro.  Es evidente que un pedófilo no va a decirlo en su perfil de Facebook, pero para el instinto materno o para un ojo entrenado, claro que existen pistas.  Así que acepté, después de todo, chamba es chamba y si está bien remunerada, mejor.

Para empezar me inventé una personalidad, penetré por Facebook, busqué a su hija y analicé a sus amigos, así me fue fácil crear un perfil afín a los intereses de la chica, mandé solicitudes de amistad a casi todos sus contactos, comenzaron a llegar los “amigos en común”, luego ya mandé una solicitud de amistad a la chamaca.  Fui aceptado.  Revisé cada una de las publicaciones de su perfil y encontré uno que me pareció sospechoso, seguí esa línea y mi corazonada… El sujeto, muy colmilludo tenía bloqueado totalmente el ingreso a su cuenta, entonces dediqué un tiempo extra para armar el perfil de otra adolescente no-tan-ingenua con las hormonas bien alborotadas, fue casi una obra de arte.

 El tipo me solicitó amistad a mí.  Acepté.  Así puede ver sus exiguas publicaciones, es alguien que sabe manejar estos medios.  Fue entonces cuando me decidí a buscar a un amigo, él pertenece al grupo de Anonymous International.  Lo llamé desde mi teléfono fijo.  Aceptó y me envió un mensaje encriptado.  Le expliqué el caso, le interesó.  Me explicó que si el fulano pertenecía a alguna red de trata, seguramente usaría un enrutador de cebolla, es decir, esos que mandan la señal del IP a otro país, por lo que no iba a ser fácil ubicarlo.  Cualquiera puede acceder a este tipo de enrutadores, incluso me recomendó usarlo.  Me explicó que era de lo más sencillo, basta bajar un programa, instalarlo y echarlo andar, y para colmo, es gratuito y paff, tienes una nueva identidad que te ubica en otro lado del mundo. 

Me explicó que podía infectar la red del tipo, enviándole lo que aparentemente se vería como fotos atrevidas de la adolescente que me inventé con un virus.  Lo pensé, no era mala idea, pero en tiempos de covid, hablar de virus, incluso cibernéticos, da escalofríos.  Además lo que yo busco es encontrarlo, saber quién es y qué quiere, además saber si pertenece a alguna red de trata.  De qué me sirve infectar una máquina si lo que quiero es ubicarlo.  Se lo aclaro al hacker, le digo que necesito aprender a investigar vía remota. Se carcajea de lo lindo, me califica de viejito, precámbrico, pero me da algunos tips, busco en todas las redes sociales, es cierto, hay coincidencias, las fotos arrojan datos en común, allí hay una con ubicación encriptada, se la mando al programador…  Tenemos un dato, lo ubica en una de las colonias más elegantes de la ciudad…  Mientras, mi adolescente fogosa está harta de su familia durante la cuarentena, necesita otros aires.  La hago salir a hurtadillas hasta un departamento que está vacío, acepta grabar un video a distancia desnudándose.  Tocan a mi puerta.   Del otro lado de la puerta está un fulano que reconozco, lo he visto reflejado tras la cámara en alguno de los videos de Pornhub, parece que mi adolescente le gustó y mordió el anzuelo…  Se le va a aparecer un fantasma.

Teresa Dey
Teresa Dey nació en la Ciudad de México. Es licenciada en Creación Literaria por la UACM y maestra en Docencia Universitaria por la Universidad Simón Bolívar. Es profesora-investigadora en la Academia de Creación Literaria de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Es asesora de la Asociación de Escritores en Lenguas Indígenas, A.C. También integrante de la la Red Internacional de Investigadores y Creadores en Lenguas Indígenas. Ha sido colaboradora de varios suplementos y revistas culturales. Autora del libro Mujeres transgresoras, publicado por Editorial Punto de lectura. Es autora del volumen de cuentos El animal del deseo y otros cuentos publicado por Editorial Camelot y de la propuesta didáctica del Tractatus ludicorum para cuentistas. Tiene dos poemarios inéditos: Colgar un colibr y Canto al brote. Su obra ha sido publicada en diversas antologías de cuento y poesía.