Desde la trinchera docente

Este texto lo escribo desde la trinchera del profesorado mexicano. Desde la esquina de los que todos los días sacamos el agua que se está colando, para que el barco de la educación no se nos hunda en el océano pandémico. Los profesores y las profesoras de este país compartimos oficio, pero, sin duda, no siempre compartimos los mismos recursos. Todos y todas trabajamos para sacar el agua que amenaza con hundirnos el barco, pero no todos contamos con las mismas herramientas: hay quienes tenemos el privilegio de tener cubetas, otros, mucho más, solamente cuentan con sus manos. No hay rincón de este país que no esté marcado por la desigualdad y la trinchera docente no es la excepción.

Escribo con la intención de compartir algunas reflexiones con quien, el día de hoy, se encuentra formando personas adultas, a través de –o “a pesar de”- plataformas educativas. Aquella máxima del “aprender a aprender” hoy cobra sentido más que nunca. Nos toca aprender a hacer lo de siempre, de una forma innovadora.

Echamos de menos estar juntos y juntas en el mismo espacio, mirarnos completos, comunicarnos a través del lenguaje corporal, compartir recesos y hablar sin necesidad de activar micrófonos. La distancia nos presenta el reto de aprender a construir cercanía de formas no habituales.

Es posible que tengamos mucho tiempo trabajando en el área de la educación y estemos habituados a trabajar siempre de la misma manera. Tal vez haciendo algunos cambios o implementando algunas innovaciones, pero sin salirnos de nuestro “espacio de confort”. La pandemia ha venido a modificar eso de una forma que podríamos calificar de brutal y arbitraria. De un día para otro, nos vimos obligados a ser especialistas en el uso de herramientas que hasta ayer tal vez nos parecían tan ajenas a nuestra cotidianeidad. Lo que ayer era opcional, hoy se ha vuelto obligatorio.

Hoy tenemos que desempolvar el “aprender a aprender” para abrazar esta nueva normalidad educativa que, tal parece, estará con nosotros varios meses más. Nos toca ser flexibles, pacientes y entusiastas, para responder a nuestro compromiso con la profesión docente.

Lo primero que debemos recordar, es que la educación en línea no existe para ser un reemplazo de la educación presencial. Pretender que la formación en línea sea como agregarle una pantalla a la formación presencial, es caminar con paso firme hacia la frustración.

La educación en línea tiene encuadres, dinámicas, recursos y ritmos propios. La educación en línea, va más allá de ser una mera técnica, espacio o recurso distinto. La educación en línea tiene una lógica propia.

El reto no está solamente en lograr que el estudiantado adquiera los conocimientos y desarrolle las habilidades que indica nuestro programa educativo. Lo emocional también nos plantea un reto. Echamos de menos estar juntos y juntas en el mismo espacio, mirarnos completos, comunicarnos a través del lenguaje corporal, compartir recesos y hablar sin necesidad de activar micrófonos. La distancia nos presenta el reto de aprender a construir cercanía de formas no habituales.

La intimidad de nuestros y nuestras estudiantes también importa. El solicitarles o incluso, convertir en requisito obligatorio el tener las cámaras encendidas, puede resultar complicado para estudiantes que no cuentan con las condiciones adecuadas en casa, para presentarse ante la cámara.

El derecho a la intimidad, también es un tema que debe de ser puesto sobre la mesa, a propósito de esta nueva modalidad educativa. La educación en línea no es sinónimo de educación 24/7. Es importante que los horarios de docentes y estudiantes se respeten. Enviar correos o mensajes en días y horarios no laborales, nos deja la sensación de estar siendo invadidos e invadidas en nuestros espacios de descanso y, es importante recordar que los espacios de descanso son tan necesarios como los espacios laborales. En un mundo en el que la productividad se ha sobrevalorado al punto de llevarnos a la autoexplotación, los momentos de ocio y esparcimiento, se han vuelto placeres culposos que se disfrutan de manera breve y disimulada.

La intimidad de nuestros y nuestras estudiantes también importa. El solicitarles o incluso, convertir en requisito obligatorio el tener las cámaras encendidas, puede resultar complicado para estudiantes que no cuentan con las condiciones adecuadas en casa, para presentarse ante la cámara. No todas las personas tenemos la posibilidad de adecuar algún rincón de nuestra vivienda para estudiar o trabajar en línea. En los hogares mexicanos el hacinamiento es una realidad. Es común la escena del estudiante trabajando sentado en la cama o conectándose en algún espacio público, a falta de internet en casa.

Una buena alternativa siempre será el dejar videos en línea, a disposición de aquellos y aquellas estudiantes que no pueden estar presentes en las clases sincrónicas. Unas palabras de aliento tampoco estarán de más, tomando en cuenta que muchos y muchas estudiantes se encuentran sobreviviendo a crisis tanto económicas como de salud, derivadas de la pandemia. La distancia es tan sólo uno de los obstáculos a los que el estudiantado se enfrenta para continuar con su formación académica. Además de emociones tales como el miedo, la tristeza o la frustración que todas las personas podemos estar experimentando en este momento debido a la contingencia. Si en condiciones regulares se recomienda ser pacientes con nuestros y nuestras estudiantes, en estos momentos, esa recomendación cobra mucho mayor sentido.

Los y las profesoras transmitimos conocimientos y facilitamos el desarrollo de ciertas habilidades, pero también modelamos actitudes. Eso es parte de la educación emocional. La paciencia, el compromiso, la disciplina y la responsabilidad se modelan, no se explican.

El “aprender a aprender” se trata de tener la suficiente humildad para reconocer que siempre hay conocimientos nuevos que podemos adquirir o que siempre podemos perfeccionar aquello que ya sabemos hacer. También implica tener motivación para descubrir “qué sigue” en materia de aprendizaje; el ser capaces de colaborar con otros para crear nuestros propios entornos de aprendizaje significativo; el ser conscientes de nuestras propias necesidades y estilos de aprendizaje, para convertirnos en estudiantes con un buen nivel de autonomía y también se trata de tener paciencia con nuestros propios procesos y ritmos, al momento de aprender.

En tiempos de pandemia, la educación emocional que damos a nuestros estudiantes, a través del modelaje de actitudes, es una realidad que debe asumirse, de la misma manera en la que se aborda y se gestiona el uso de las tecnologías para continuar con las rutas académicas. Este es un momento histórico, en el que la educación sobrevive a una enorme adversidad. Tal vez es nuestra oportunidad de modelar a nuestros estudiantes la resiliencia, como forma de estar en el mundo y como decisión consciente de aprovechar todos los aprendizajes disfrazados de adversidad, que la vida nos vaya presentando.

Psicóloga, sexóloga y antropóloga social. “Yucachanilla” porque nació en la ciudad blanca: Mérida, Yucatán y ahora radica en la ciudad que capturó el sol: Mexicali, Baja California. Se dedica a la docencia a nivel superior, a la investigación en torno a los temas de sexualidad, género y reinserción social y al trabajo comunitario con poblaciones vulnerables.