Divagaciones: tributo al verano

Foto: Taryn Elliott

Hay un verano como cada persona que existe en el mundo, así como hay personas que son de invierno y nunca serían de su contrario.

Karmen Tamayo

El verano es más que una estación, es un concepto en sí mismo, un estilo de vida aspiracional. Es curioso cómo cada año el anhelo es replicar esos aromas de la infancia a tiempo soleado y largo, agua y sal, dulces, y noches superlativas.

A medida que crezco siento que el verano es mi estación. Mientras otros se quejan del calor y de la piel pegajosa, yo saboreo la luz y esa sensación liviana de llevar pocas prendas. Los planes se multiplican como las horas del día y, aunque se trabaje, el relajo del ambiente destensa cualquier crisis, sea de una pandemia o económica.

Si pudiera condensar el verano en un sabor, sería el maridaje entre vino blanco, marisco y helado de pistacho. El olor siempre será la brisa marina y la bergamota de mi perfume. El color infinito del azul del mar de un día soleado y el verde de los pinares que lo acechan. El tacto que produce el roce de la arena de playa en mi piel.

No hay verano sin tobillera, toneladas de libros en la playa (siempre en la playa) y sin podcast de misterio en el coche.

Mi móvil apenas suena, todos están sumergidos en la ensoñación de su propio verano. Unos trabajando y atados a un aire acondicionado, otros maldiciendo el asfalto de su ciudad y encierro forzado, y los últimos atiborrando los mismos destinos año tras año.

La promesa de septiembre en el mejor de los casos es esperanzadora y llena de objetivos que parecen muy factibles de cumplir en agosto. En el peor, piensas en si te llegará la nómina a final de mes y en la vuelta a las rutinas que hace que el estómago se pellizque.

Sin duda creo que el bálsamo generalizado suele ser porque se pausan de forma subjetiva las cosas. Hay un acuerdo tácito en bajar los ritmos de producción del capitalismo que relajan la presión. Esto también lleva al daño colateral —como siempre— a los más desfavorecidos, se acrecientan las desigualdades haciendo más penosa esta época del año para los colectivos en riesgo de.

¿Qué sería de un tributo si no hago una reinterpretación personal de lo que es considerado el verano?

Foto: Pilar Tamayo

Hay un verano como cada persona que existe en el mundo, así como hay personas que son de invierno y nunca serían de su contrario.

Sin duda el mío es de lo más clásico, mediterráneamente hablando, pero no le quita una pizca de encanto saber que al menos hay dos meses al año en el que el agua salada será un escenario más a visitar, en que las comidas serán frías y ligeras en la mayoría de los casos y en que los pies vuelan libres sin la presión de un zapato cerrado. Porque para mí eso es el lujo. Y así como cada uno tiene una definición de éxito, mi definición de lujo es poder vivir todo lo anterior, ya que ha habido muchos años en los que eso no ha sido posible.

Mientras otros cogían aviones, yo tenía que trabajar hasta los fines de semana. Mientras se servían paellas en mesas de amigos a través de su Instagram, yo comía sin ventilador cualquier cosa sencilla porque no llegaba a fin de mes. Si iba a la playa, iba con bocadillo, agua y sombrilla porque, como mucho, me podría comprar un café o el billete de vuelta a casa en un tren de cercanías.

Muchos veranos sudando sola y aburrida sin saber qué hacer, sin tener dinero ni para una cerveza en la calle. Y sí, puede haber buenos veranos sin dinero, pero nunca será igual de bueno que uno en el que lo tienes y puedes gastarlo. Así que, para mí, conquistar mi definición de verano, está directamente relacionado con la mejoría que aporta una buena nómina.

Por eso decidí que mi verano sería como los de mi infancia, que no iba a correr a Tailandia, ni a Ibiza o al destino de moda. Buscaría un pueblo de casas blancas y plazas con terrazas. Comería en manteles de cuadros rojos y llenaría los cuencos de gazpacho, las tardes de siestas a la fresca y las noches de ponerme guapa para pasear y cenar fuera.

Quiero descubrir calas nuevas que –literalmente— están a hora y media de mi casa. Quiero ver cómo van los comercios que se mantienen abiertos y los que ponen nuevos. Me encanta soñar con esas casas y sus maravillosas vistas que no puedo comprar (por ahora) e ir a tiro hecho a las heladerías que son un sueño.

Cada vez que una amiga me dice, “No haremos nada este verano. Nos quedaremos en Barcelona”, me pregunto qué será aquello que hace fuera y que aquí no puede hacer teniendo en cuenta en dónde vivimos. Millones de turistas vienen aquí todos los años. Qué defecto no valorar lo de uno y embellecer parajes ajenos.

El verano me enseñó que la felicidad está en el aquí y el ahora, cuando no tenía dinero y me comía un bocadillo mojada en la playa. Ahora sé disfrutar y valorar todo, cuando se tiene y cuando no.

Así que te invito a dejar Instagram y buscarte tu verano y conquistarlo, tengas lo que tengas y seas de donde seas (créeme, crecí en Burgos y parte de mi verano fue en paraje castellano con lo que conlleva). Perdemos valores y derechos a marchas forzadas. Que nadie te impida revindicar cómo quieres vivir, ni te sientas mal si no puedes hacerlo de otra manera… y menos en verano.

John Steinbeck dijo: ¿De qué serviría la calidez del verano sin el frío del invierno para darle dulzura? Los contrastes son los que nos hacen poder elegir y valorar las cosas. La vida está hecha de pares y contrarios como el blanco y el negro, o el cero y el uno, pero gracias a los intermedios todo es más relativo.

Que tu verano no sea el escape de un invierno lleno de angustia o deberes, sino el culmen (como si de un postre se tratara) de un buen año.

Porque los años empiezan en septiembre, pero eso es otra divagación.

Karmen Tamayo
Barcelonesa de adopción y milenial con alma de generación X. Comunicadora y oradora nata, aunque la comunicación audiovisual le sirvió para saber lo que no quería ser. La declaración de la renta siempre le sale a pagar, y eso que abona muchos impuestos debido a sus comisiones como consultora de ventas en cosmética selectiva. Se desarrolló en el lujo trabando en Dior y conoció la farmacia con Nuxe, así que sabe mucho de tratamientos faciales como sobre la verdad de los diablos que huelen a J´adore. Sus conocimientos en marketing, publicidad y atención al cliente hacen que sea la consumidora más exigente que te puedes encontrar. Aficionada al mar y a que le echen las cartas. Retoma su actividad en la escritura después de que su último artículo fuera escrito desde la cafetería de la universidad.